miércoles, 6 de mayo de 2009

EL REFUGIO DEL LAGO

Siento haber tardado tanto en escirbir algo, pero tengo un dedo lesionado por intento de matar un afortunado mosquito que después de ver como mi pulgar se estrellaba kármicamente contra la pared, se puso a reír agarrándose el estómago mosquito.
Lo que presento aquí pertenece a la página 256 del libro Madame Mamita que lo estoy arreglando por (ya me olividé las veces)
En este episodio tomo whisky en una cafetería bar llamado "El refugio del lago" frente al lago Epuyen y escribo lo siguente:
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Escrito en “El refugio del lago”, por la tarde del 12 de marzo

Es muy árido y hace un frío que pela. El paisaje es arcaico, paleozoico, tan lejano, tan Jack London, tan Conrad.
Si a los 15 años o 16 hubiese llegado al sur no hubiese salido a otros países porque el mundo de mi imaginación estaba aquí, en el sur, un mundo aun más inconmensurable que aquel que ubicaba al otro lado del atlántico. En ese entonces, a los 15 o 16 o 17 años, mi idea de la existencia estaba ligada con lo salvaje, los ríos, los bosques silvestres, las lagunas perdidas, los carpinchos, las nutrias, los zorros, pumas, jabalíes, los hielos como fantasmas que se incrustan en el agua y el José que veía andando por una cornisa de hielo en un futuro que nunca se iba a dar, era un José con gorro de piel de zorrino remando la canoa en un torrente, con un rifle y una caña de pescar, o un José montado en el tobiano, siempre tenía que ser tobiano, acomodando la pierna en el basto del recado, prendiendo un cigarrillo negro, de los duros, los monterrey de entonces, y mirando a la lejanía con la misma cara de libertad que ahora pienso tendría Güiraldes arriba de un caballo, probablemente saino, porque él recibió el mismo impacto de los horizontes y se nota cuando insiste y repite esa visión en sus novelas y sus poemas.
Y si yo hubiese (dale con el hubiese) encontrado entonces este tipo de gente como el que hay por el Bolsón me hubiese convertido en uno de ellos, tendría una cabaña de madera de ciprés, mesa de pino, una cocina vieja, un gran colchón en el suelo con muchos cojines, una chica descendiente de irlandeses, pelo negro, o pelo rojo, ojos vivos, falda larga rozando los pies descalzos manchados de tierra, fumaríamos marihuana de la buena que crece en estos parajes, tendría una huerta con tomates, lechugas, hinojo, rúcula, rabanitos, muchos rabanitos y sería feliz.
¡Qué risa compadre! Y te lo digo ahora en español clásico; Gilipollas ¿¡qué es eso de feliz!? ¡Míralo al bucólico! Ve ahora mismo al Bolsón y fíjate bien en todos esos country hippies que enseñan una cara de felicidad a los turistas ocasionales que les compran sus cosas en la feria y después cuando llegan a sus casas, tal vez cabañas, tal vez unos departamentos baratos de los que deben meses de alquiler, y los ves sucumbiendo en depresiones tan hondas, o con ataques de rabietas, de celos, de orgullos, o heridas hechas por los chismes, o sucumbiendo peligrosamente en el hastío que es el peor de todos los males porque se parece a la muerte.
No, (le respondo a la mente) ¡no te hago caso y punto! No le hago ni puto caso a la mente. Eso lo aprendí en una sesión de ayahuasca cuando vi la mente a treinta centímetros delante de mí hablando sola, los pensamientos sonaban como esas trompetas de lata que venden en las jugueterías. Y partir de esa fecha crucial en mi historia aprendí a desconfiar de la mente.
Y ahí vamos mi mente y yo o el Yo mente con el otro yo caminado por la carretera ancha que atraviesa los campos de rosa mosqueta, miramos las hojas plateadas de los álamos que el viento las agita cuando se escucha una música que podría ser una balada irlandesa, ¡dale con los irlandeses! Bueno, una canción china de las que parecen sonar detrás de una montaña cuyas laderas tienen un aspecto irreal, como si estuviesen serruchadas.
Pero volviendo a lo de antes, mi vida dio un giro hacia el norte y fue necesario recorrer más de 30 países para encontrar a Rama y dos años más para llegar al lugar en el que me hubiese establecido de no salir al gran viaje. Rama, por su parte, jamás a los 11 años pudo imaginar que su futuro estaría en medio de una soledad de rosas mosquetas, y jamás, aquel aspirante a brahmachari, pensó que a los 66 años sería este tipo de barba medio gris, de mirada entre cariñosa y cínica, destapando otra botella de tinto para hablar de Camilo Cagliani.
Y esto va por lo siguiente. A ver. Estoy en el refugio del lago y voy por el tercer whisky. No creo estar inspirado. Es más, la inspiración podría ser otra trampa mas de mi amiga mente, pero lo que quiero decir es que estudiando mi vida, la de Rama, la de Mamita, la del mismo Ricardo Güiraldes, llego a la conclusión que somos apenitas unos palos flacos que el río de la vida nos lleva donde se le da la gana.
Mentira.
No hay conclusiones de nada.

martes, 3 de marzo de 2009

EL CREADOR DE SUEÑOS



El Creador se presentó en el escenario vestido de levita, se inclinó en debida reverencia ante los aplausos del público, y cuando acallaron los murmullos todo quedó en silencio, en los palcos se agitaban las cortinas oscuras y sombras fugaces pasaban entre las butacas. El creador entonces alzó los brazos, permaneció quieto unos instantes con los ojos cerrados, y pronto… se escucharon exclamaciones de asombro; en las palmas de su mano empezaron a formarse burbujas del tamaño de una manzana.


El Creador exclamó : “Estas burbujas son sueños que voy a repartir entre todos vosotros”. Acto seguido sopló sobre sus manos y las burbujas flotaron en el espacio del teatro hasta posarse encima de las cabezas de cada espectador.


El señor de la butaca 8 soñó que corría un tranvía y lo perdía cada vez que estaba por alcanzarlo. La mujer de la butaca 12 lloraba a gritos porque en el sueño su hijo moría reventado entre los hierros de un camión. El de la butaca 25 se soñaba en su casa de tres plantas con jardín japonés y subía al coche más caro del mundo rodeado de fotógrafos que lo esperaban en la esquina. El de la butaca 18 miraba desde la cornisa a toda esa gente que, allí abajo, esperaba asistir a su suicidio. La mujer de la butaca 23 se metía en la boca un frasco entero de pastillas para adelgazar y desaparecía tras las sabanas meadas por su perro. El de la butaca 3 tenía la cara chupada por veinticuatro horas de televisión. El de la butaca 4 había reservado el mejor hotel en la costa de Córcega para sus vacaciones con su familia mientras que al de la butaca 17 lo torturaban introduciéndole un erizo vivo por el ano. El de la butaca 14 hacia el amor con una pelirroja arriba de la lavadora, y no paraba en días y días. Los de las butacas 41, 42, 43, 44, 45, soñaban que combatían en Medio Oriente y veían niños mutilados volando entre las oleadas de fuego. El de la butaca 39 se agarraba al mástil de su velero repitiendo, es mío, es mío, es mío, por fin es mío y la chica de la butaca 52 flotando en forma etérea buscaba su cuerpo entre los hierros humantes del tren que había estallado con la bomba. Y por allá, el de la butaca 11 estaba enamorado y se orinaba por todas partes. Los niños de las butacas 22, 23, 24 habían hundido las cabezas en las computadoras. El de la butaca 7 erguía las espaldas delante de una multitud de pancartas, porque era el Presidente de la Nación. El de la butaca 6 quemaba a su mujer en el horno mientras que el de la butaca 2 ciego de celos apuntaba con su pistola a la sien del tipo de la butaca 3 que soñaba lo mismo. El de la 13 moría aplastado por la multitud en las puertas de un campo de futbol.


Al ver el imparable caos, el Creador, arrepentido, con un solo aplauso, dio la orden “¡Qué desaparezcan las burbujas!” Más las burbujas no le hicieron caso y siguieron martiriando las cabezas de los espectadores. El Creador entonces gritó al público. ¡Alto, no os creáis nada, son solo sueños, lo que estáis viviendo no existe! ¡No os creáis! ¡Son solo imágenes!


Inesperadamente la reacción fue de lo más adversa; el de la butaca 25 gritaba, ¡ven aquí y toca la carrocería de mi coche a ver si no es real! La mujer llorosa le gritó, ¡ponte delante del camión que aplastó a mi hijo a ver si es un sueño! El que seguía encima de pelirroja hacia cortes de manga al escenario y el del la butaca 4 protestaba enfurecido, ¡los pocos días que tengo de vacaciones y me los va a arruinar ese payaso estúpido!! El enamorado también aullaba, ¡ven a beber un poco de mi orina, imbécil! Los niños abrazaron sus computadoras y sus rostros se transformaron en adultos viciosos y el de la butaca 3 lloraba gritando ¡la televisión es real, es real!, y su grito se confundía con el lamento del que torturaban ¡Por piedad, si es un sueño hazlos desaparecer! El presidente señalaba al creador hablando por el micrófono, ¡No hay que tomar en cuenta la publicidad de la oposición! Y el 39 izaba las velas aullando con demencia entre el grito femenino de la 52 que decía ¡Ponme otra vez en el cuerpo cretino! El de la dos descargaba el revólver en la sien del 3 y el de la 13 gritaba ¡metete en esta avalancha tú ¡creador de mierdas!


Súbitamente los espectadores remontaron en la locura gritando y tirando con lo que podían al Creador. Hubo diversidad de actitudes y juicios; los de la fila 7 empezaron a venerarlo, inventaron su imagen, pensaron en templos. Los de la fila 2 dijeron que el Creador no existía, era un invento, un espectro producido por oscuros intereses, y los de la fila 4 que seguían en guerra, decían que si hay un creador ¡es un hijo de puta!

Los espectadores perdieron la cabeza dando gemidos de manicomio. Desde las cortinas de los palcos los fantasmas de las operas le hicieron señas avisando que la cosa iba de mal en peor, entonces el Creador llamó urgente a un ayudante que apareció entre bambalinas, “Por Dios, ve a decirles que todo es un sueño, que son las burbujas que he soplado, anda, baja y diles que vienes de mi parte, ve y tráelos a la realidad por favor”.

Ni bien el ayudante bajó a cumplir la misión, los que ocupaban las primeras filas se echaron sobre él, le arrancaron la piel y se ensañaron como buitres hambrientos hasta dejar los huesos del pobre ayudante desparramados sobre la alfombra.

El Creador, vencido, se sentó en el suelo del escenario.

Ya estaba a punto de desbordarse en un llanto eterno, cuando sintió un peso que le presionaba desde arriba. Tanteó por encima del pelo y notó que él también tenía una burbuja pegada a su cabeza. Supo entonces que de allí provenían todas las imágenes, todas las voces, todos los gritos, todos los llantos, todas las risas. Su despertar fue como un rayo fulminante. Cayó en la cuenta que los espectadores no existían: eran sonidos que ahora se perdían, formas ya disueltas en la nebulosa, eran espectadores inventados por su propio sueño que encerraba la única burbuja.

Abrió los ojos en medio de un gran silencio, y se vio sentado en la butaca de un teatro vacío. El escenario estaba cubierto por un telón morado. No había nadie. Y él estaba como siempre había estado. Totalmente solo.
El Creador se levantó y caminó por el pasillo hacia esa luz que centellaba en el umbral de la puerta de salida.

domingo, 1 de febrero de 2009

puerta por puerta





Jorge Rodriguez, el hombre de Crisol de Músicas, que me metió en este blog, me dijo que los relatos, articulos, lo que sea, cuanto más corto mejor. Y más o menos le hice caso, pero relacionado con el último “al otro lado de la vigilia,” pensé en presentar ahora este episodio al comienzo de esa novela que mencione anteriormente cuyo título no se sabe pero le vamos a llamar “Andrés”.
En el primer capítulo Andrés deambula sin un céntimo por Caracas, debe a la pensiónde asturiano, y un día un chileno llamado Vizcaya, que será su primer maestro, le ofrece un trabajo de venta puerta por puerta.
Lo que sigue son las peripecias de Andrés en ese trabajo “pega” en chileno, la gran Lección y su primer despertar.






A N D R E S (cap 1º)


Vizcaya fue directo al grano explicándome los detalles de la “pega” enfatizando cada palabra en el mejor estilo chileno. “Esta huevada es de lo más sencilla po” movía las manos huesudas orquestando la instrucción “Nosotros vamos a los edificios y subimos a cada piso llamando puerta por puerta para mostrarles el cuadro de una niña hermosa que pintó este guatón”
Era una técnica tramposa de venta, a la primera persona que abriese la puerta había que explicarle que ese cuadro que logramos transformándolo de una foto, puede ser la de su niña o niño y cuesta trescientos bolívares pero se ha hecho un concurso en el barrio y usted salió premiada para obtener un cuadro de sus niños por el reducido precio de 150 bolívares. “Si la mujer está de acuerdo (Vizcaya dio un corte de sable con la mano) ahí al tiro le haces el formulario y te adelanta diez bolívares prometiendo la entrega del cuadro en una semana, y a la tarde pasamos con la Rolly flex y sacamos las fotos, lo importante soltar mucho la palabra “empresa”, por ejemplo dices, por la tarde, señora, vendrá el técnico fotógrafo de la empresa. La empresa pues, somos tú, yo y el guatón Mario” Mario sonrió achinado “¿Y el fotógrafo?” Pregunté “¡No entendís! El fotógrafo de mis ventas serás tú yo el de las tuyas”.
De 150 bolívares que ganábamos con el cuadro a mí me corresponderían cuarenta bolívares, y el adelanto del formulario era mío “Lo normal es que hagas tres ventas diarias, puedes hacer más por supuesto”
O sea que me puedo ganar 120 bolívares al día.
−Como mínimo pues.
Se me enderezó la columna. Los cálculos me vinieron desordenados en una avalancha de euforia. El grito por dentro ¡Me voy, en un mes me voy! ¡Un mes y me voy! Luego; Pero hay que pagarle al asturiano. No importa, me sobra.
−Que te parece la pega
Vizcaya fijó su mirada de águila.
−Puedo probar mañana.
−Bien pues, te espero mañana aquí mismo, tomamos el desayuno y salimos a unos bloques que tengo que cubrir.







Ya po – exclamó Vizcaya – a ti te toca ese edificio.
Era un edificio de bloque horrible rodeado por una triste plaza con bancos de piedra donde habían pintado penes en todas las formas. Los bloques vecinos tenían el mismo color áspero y por todas partes olía a basura con algo que se estaba cocinando. Yo llevaba el enorme cuadro metido en una funda de plástico - ¡Animo! – Vizcaya hundió los huesos de sus dedos en mi brazo – no tengas ningún temor que nadie te va a morder.
En la puerta de entrada unos adolescentes jugaban al béisbol. Me miraron feo apretando el bate. Subí una escalera de baldosas verdes tratando de no hacer ruido por miedo a la portera. La primera puerta A-2, una virgencita de Coromoto estampada en la mirilla.
“¿Quién es?
Disculpe, yo soy un...no... mire, le quiero mostrar un cuadro.
¡No, no quiero nada!
Pero se trata de un concurso.
Nada, nada – la voz se iba alejando.
No me animé a tocar las puertas vecinas y subí al segundo piso, puerta B-4. Tardé un buen rato en decidirme a tocar ese timbre de campanitas; ding-dong - ding dong. Se abrió la mirilla. Un ojo bailoteaba en el lente y me observaba.
“Buenos días señor, señora, verá, mire hemos hecho un concurso para que usted recoja un cuadro como éste... me permite enseñárselo” El ojo que seguía fijo sin decir nada cerró la mirilla.
La próxima era una puerta derruida donde habían grabado con cuchillo “María es más puta que las conejas” Luego un rayón profundo que decía “Aquí vive un coñoemadre”.
Subí al tercer piso.
En una puerta verdosa sin timbre golpee tres veces. Unos pasos se acercaron hasta detenerse trás de la puerta en total silencio. Persistí dando dos golpes más, y sonó una voz ronca “Que quiere”
“Buenos días, mire, yo hice un sorteo de la empresa en este barrio y resultó que usted ganó el premio”.
“Usted a mí no me conoce” roncó la voz “porqué me da un premio”.
“Es que lo hemos hecho en todas las casas del barrio”.
“Usted es un mentiroso, ¡O te vas de aquí o llamo a la policía ahorita mismo hijo de puta, musiú coñoemadre!.
Cambié de edificio.
Descubrí que era mejor subir en el ascensor hasta el último piso y empezar a bajar con el maldito cuadro en la funda de plástico que me empapaba las manos por el sudor de los nervios que estaba acumulando. Cada timbre que tocaba me temblaban las piernas y a la vez odiaba a todos los habitantes de todos los bloques del mundo. La voz me salía cortada con gallos “Usted ha salido premiada en el concurso” y al primer alarido “¡qué concurso!” Me hundía, y ya no podía seguir hablando.
En un piso oscuro una mujerona se asomó con la puerta entreabierta trabada por la cadena “¡qué quiere!” “Mire, es un concurso que se hizo esta semana “¡No quiero nada!” ¡Slaammm! Portazo.
En el cuarto piso decidí que era el último edificio que iba a hacer en el resto de mi vida. Le daría oportunidad a cinco puertas más. La puerta C-3 se abrió de par en par mostrando un tipo que me miraba con toda la tristeza del planeta. Fruncía la nariz con asco y me pareció que le temblaba el mentón.
Disculpe, le dije, me equivoqué de casa.
En las puertas siguientes no había nadie. Una mujer del tercer piso gritó un ¡noooooo! Lleno de alarma criminal y en la última puerta una anciana se lamentaba con frases ininteligibles.
Serian las doce cuando esperé en la plaza a Vizcaya con el sano alivio de que no volvería a tocar una puerta en toda mi vida. Le iba a entregar el cuadro de porra y decirle que muchas gracias pero yo no sirvo para esto y menos en estos bloques donde todo el mundo te detesta con solo oírte el acento extranjero y la gente vive mal con esa violencia apretada porque perdió el trabajo o no tiene que comer y la señora te aborrece porque el marido le pegó en la mañana o le puso los cuernos con la vecina y el hijo está preso entonces apareces tú con el cuento del concurso y te salvas de que no te peguen un tiro por puro milagro.


- No voy a seguir – le dije en el carrito por puesto.
Te echas atrás muy rápido – respondió Vizcaya mirando distraído por la ventanilla.
Íbamos apretados en el asiento. A mi derecha un sacerdote me empujaba para ganar espacio y mis piernas se aplastaban contra el cuadro.
Tú has cometido el típico error del principiante, has querido vender el cuadro, y ahí está la falla huevón, el propio interés por el objetivo termino quemando el objetivo.
Pasábamos por calles melancólicas con cercos de rosas rojas y blancas. El sacerdote se bajó quejoso levantando la sotana. Subió un infeliz raquítico de ojos pintados con carterita en mano y se arrinconó contra la puerta frunciendo los labios.
−Si pones atención en la obra, el fruto vienen por sí solo.
Me mostró cinco formularios con las firmas de los clientes.
−Esto lo hice en el tiempo que tú sufrías todo aquello


Al bajar en la avenida Urdaneta Vizcaya me invitó a un restaurante donde él comía a cuenta, una trattoría típica de manteles a cuadros con aire mediterráneo en las persianas. Lo llevaba un italiano llamado Salvatore, clavo de bigotes blancos que miraba con inocencia de niño. Un hombre, decía Vizcaya, que su bondad mal entendida lo traiciona y muchos clientes desaparecen sin pagarle. Pedimos consomé y de segundo plato espaguetis con huevo frito de sombrero.
−Mira Andrés, a esto cuadros que en la jerga de los vendedores les llamamos “monos” se venden de acuerdo a como este uno, si tú eres una coraza de nervios templados no te intimida ni la policía.
Enfatizaba con fuerte acento chileno clavando cada palabra.
Para vender un mono (hacía una pausa mirándome fijo) es preciso que arregles tu vida primero. Una persona con el cerebro vuelto polvo no puede vender ni un autito de plástico
Al llegar a la esquina donde nos íbamos a separar me preguntó “¿Que es lo primero que se necesita para matar una vaca?” Un garrote. “No”, Un cuchillo. “No”. Ah, ya sé, la energía y el propósito, “No huevón”, no. ¡Entonces qué!.
−Muy simple, lo primero que se necesita es la vaca... Sí, tú ríete, pero esta adivinanza tiene un sentido muy profundo que te lo voy a explicar mañana porque yo quiero que lo intentes una vez más y luego si no vendes me das el cuadro y a otra cosa mariposa. Lo que tú vas a hacer mañana con todas tus fuerzas es querer hablar con esa gente que hay detrás de las puertas, entendís, tocas el timbre, respiras profundo, no te olvides de la importancia vital que tiene la respiración, si no fuese por la respiración no estarías existiendo, pero lo primero y principal es no intentar vender nada, tú solo quieres conocer a ese humano que acaba de abrir la puerta de su casa, quieres saber quien es, que problemas tiene, que es lo que espera de la vida y también él quiere conocerte y oírte y te aseguro que con esta actitud vas a trasmitir una naturalidad tan cautivante que mañana estarás sentado en el sofá de una casa llenando un formulario y esperando a que te traigan el cafecito. Y si te abre la puerta un huevón violento tú lo res-pi-ras (Vizcaya exageró la respiración) el tipo va a encontrar una clama en ti, tu calma lo va a cal-mar, y si te insulta o te mira con cara de culo a ti no te importa un coño porque la acción nace y muere en esa persona, a ti no te llega, están insultando a una persona que imagina pero que no eres tú, y te repito; ¡No vender! Querer conocer a esa persona que tiene mucho que contarte.





A las nueve de la mañana caminaba yo cargado de bríos hacia el edificio vecino del que había fracasado el día anterior. Era el bloque “C” igual de horrible con el mismo olor a basura y frituras. Pasé la entrada como una bala ansioso por experimentar el método Vizcaya; “No vender”.
La rabieta de ayer se había transformado en una fuerza de entusiasmo tal, que me quería comer el edificio y subí las escaleras con el ánimo de un guerrero. No había otro objetivo que saber quién está detrás de la puerta y para eso no podía acobardarme, estaba decidido a divertirme, y me importaba un comino si alguno me sonaba un portazo en la cara.
El resultado fue difícil de creer; en solo tres horas tomé siete cafecitos en las siete casas que me hicieron pasar. A los que me dijeron que no podían comprar el cuadro porque andaban mal de dinero les respondí que lo más importante para mí era conocerlos. Inmediatamente me hacían pasar, me ofrecían café y se sentaban conmigo acribillándome a preguntas, y tú que haces aquí con el país tan bueno que tienen, ¿cómo ves Caracas? Fea pero divertida, ¿sabes? Nosotros los caraqueños tenemos corazón y nos da esa cosa paternal nohodas, aquí la política es muy sucia, nunca miran para los pobres, y hay gente que se muere de hambre en los ranchitos, no tiene ni para una arepa y las ratas salen a comerse los bebes y los políticos mamahuevos van solo a busca votos
Me contaban sus broncas con los patrones, y que los europeos son los peores que se quieren adueñar de todos los países. Me contaban que sus hijos están fumando esa droga que no saben si eso va a terminar en una desgracia, y nosotros los sudamericanos debemos protegernos de los españoles que nos vienen a comer la arepa, hace falta otro Simón Bolívar para que les corte el cuello.
Una mujer de cara azulada me dijo que yo era un aventurero, que tenía que ir al Canaima en vez de andar haciendo este trabajo ingrato y humillante. Otro señor de largos bigotes me dio su dirección en Mérida para que conozca otra cara de Venezuela tan diferente a este infierno de escombros como definió a Caracas. Allá en Mérida a usté no le tocan ni el bolsillo vale, mientras que acá, nojodas, te dejan limpio de bola a cualquier hora del día. En otras casas me preguntaron por Buenos Aires, por Carlos Gardel, me pusieron discos 33 con “Percanta que me amuraste” y “Por una cabeza” Me hicieron escuchar joropos, salsas, canciones del llano y el arpa de Vicente Torre Alba.
Los momentos duros también hay que contarlos, pero ya no fueron duros, sino cómicos. En una puerta me salió un tipo mirándome con un odio que raspaba. Lo res-pi-ré. No le trasmití la calma porque el tipo temblaba de furia y dio tal portazo que casi parte la puerta. Entonces... res-pi-ré la puerta.
Las ventas las hice en el primero y el segundo piso. Llené un formulario para una niña de diez años y les dije que la pongan bonita para las cuatro de la tarde cuando vuelva con el técnico de la empresa. Luego hice un doble para mellizos de ocho meses prometiéndole a la madre que las carítas estarían juntas como saliendo de una nube celeste en el pastel de Mario. Las siete hermanas que vivían en la casa se enloquecían de ilusión como si todas fuesen madres de los mellizos.



Esperé a Vizcaya en la plaza pero no podía sentarme en el banco. Dejaba el cuadro apoyado en la piedra y miraba la funda, y la funda se iba transformando en el casco del Donizzetí, en los ojos de buey y en un inmenso océano que me iba a rodear por todas partes, el cinco de enero, cuando al fin, por fin, de una vez, me embarque para dar el gran salto del charco.
No vender, que sabia y que sencilla formula, y que gran maestro este chileno que al principio le desconfiaba. Es curioso cómo cambia el mundo cuando uno trepa en la alegría. Ya no eran tan feos los edificios; se les podía encontrar alguna cosa interesante, las rayas de las puertas tenían algo de Picasso, y la fachadas un cierto recuerdo de un palomar de mensajeras, y uno de los mulatos que no paran de jugar al beisball me saludó guiñándome un ojo, porque mi cara había cambiado, y también cambiaba la cara del mundo. Y allí venía Vizcaya caminando firme con ese enigma en la mirada sabiendo, por mi cara, estaba claro, que había dado el vuelco a la venta.
– Así que vendiste y nada menos que dos monos y uno de mellizos, has visto que yo no hablo paja huevón.
En el carrito por puesto íbamos en silencio mirando la calle por la ventanilla, y yo con la intriga a cuestas por este raro chileno de pómulos salientes. Un tipo que podía manejarse por cualquier parte del mundo con esa sonrisa apretando los labios y la mirada fija que se calva como sabiendo lo que ocurre dentro de uno. Trasmitía un constante sarcasmo por la vida que se presentaba en esa ciudad impersonal. Me acordé de la vaca, de la promesa de explicarme algo más después de la venta. Pero se lo pregunté al bajar en una esquina de la Urdaneta.
Bien pues – respondió – Tú quieres conocer el mundo ¿verdad?, por eso has salido de tu casa, y aquí viene la otra adivinanza, ¿qué es lo primero que hay que conocer para conocer el mundo?
−La gente.
−No huevon, no, piensa que es lo que tienes más cerca, lo que primero que esta a tu alcance.
− ¡La respiración!
Vizcaya soltó una carcajada agarrándose el pelo – No por dios, mira, no te rompas el coco pero me da gusto por un lado porque me hace ver lo ciego que esta el hombre con respecto a su propia escénica. Y es la misma cuestión que la vaca.
Quedo silencio atravesándome con la mirada, y soltó de golpe – ¡Tú eres lo que tienes más cerca!, Puedes recorrer el mundo investigando como copulan los gallos de Malasia pero nunca vas a conocer quien es ese
¡Tú mismo huevon!

lunes, 26 de enero de 2009

al otro aldo de la vigilia

ilustracion de Oscar Grillo


Antes de empezar el libro Madame Mamita que me costó años de padecimiento, estaba escribiendo una cosa larga sobre los años setenta cuando los viajeros iban a la India en busca de una entrada sin puertas, eufemismo que saco de la chistera porque la palabra correcta en este caso me aburre.
El libro cuyo título todavía ignoro empieza en Caracas cuando Andrés, el protagonista, recibe instrucciones esotéricas del chileno Julio Vizcaya, un gurú callejero de esos que imparten las enseñanzas apretándote la nuca.
Ahora que me aboqué a la tarea de lo más entretenida arreglando y reescribiendo las aventuras de Andrés, envío este fragmento que trata de una prueba que se auto impone Andrés para progresar en el conocimiento de sí mismo: no dormir por varios días.
Aclaración al margen
(El personaje Pistoletti que se ofende por la vigilia es un vago argentino de cincuenta años cuyo placer máximo de la vida es dormir e ir al cine. Bate records de sueño entre 17 y 18 horas cada día)
Para el blog la titulo “Al otro lado de la vigilia






La impresión de ir flotando por las calles empezó el segundo día cuando las baldosas de la vereda se hicieron blandas como la goma y adelante había una neblina provocada por el sol, acercándome a los efectos de una buena yerba. Ese resquemor por el cuerpo, ese estar ahí medio loco aguantando, y la noche que venía desde el puerto cruzando las colinas de los ranchitos para instalarse en Caracas con las luces de los bares, los espejos, las largas barras, los vasos. Vizcaya parecía otro en otra mesa aunque era la misma mesa. Ya sabía que yo estaba haciendo una prueba ramonera. Esto me dio cierto reconocimiento de su parte mejorando la relación, “El discípulo está trabajando” Le dijo al señor Felipe con esa sonrisa a media asta. El señor Felipe contrayéndose con gestos aniñados me preguntaba que se siente.
Cómo podría explicárselo, es como si yo fuese un fantasma que se deja ver por los vivos. Todo está ahí y ahí, pero nada pertenece a esta atmósfera de vapores en la que me manejo. A ustedes los veo como si estuviesen en la otra parte, en ese mundo frío de la vigilia.
-¡Chucha! – exclamó el señor Felipe – dan ganas de empezar la experiencia, pero yo seguro que me caería dormido apenas sentarme. ¿Cómo aguantas?
Vi los dedos del señor Felipe patinosos, sumergiéndose y surgiendo enlazados como una enjambre de serpientes en movimiento. Sí, pensé, es como una muy buena maría, uno se queda pegado a cosas y puede estar horas sin salir de la contemplación.
Vizcaya lo codeaba al señor Felipe - ¡Míralo al huevón en el trance que se ha quedado y no contesta a tu pregunta!
Los escuchaba detrás de una pared de cristal gelatinoso que me separaba de esa gente de la vigilia. El café no tenía gusto, eso no pasa con la maría. Curioso fenómeno esto de ir perdiendo los sentidos del cuerpo.
Vuelvo a preguntarte – la voz del señor Felipe se escuchaba por encima de todas las mesas - ¿Cómo aguantas?
−Hay algo que me aguanta.
Por la cara de impávido del señor Felipe vi que ni yo entendía mi propia respuesta. Vizcaya sonreía como un brujo.

La noche había que pasarla sin derrumbarse, ese era el secreto, eran noches frescas con un espíritu de juerga corriendo en las esquinas y yo seguía un itinerario de bares abiertos tomando cafecitos que los sentía como agua. Llegué al Candela y me puse a jugar a los palillos. Me recibieron protestando por haberlos dejado en el abandono. Al rato noté que algunos me miraban raro. El cubano Rubén con voz aparatosa me gritó desde la punta de la mesa -¡Tú te has comido un bicho de esos, nohodas!
El cubano se ubicaba en la cabecera al final de la perspectiva de la mesa y era un dibujo que se reía. Santander, el español amargado, me miraba juzgándome de lo peor con toda la moral franquista en la cara. Me ofrecieron cervezas que por suerte rechacé, y no perdí el juego de modo que alguien pagó mis siete cafés. Pistoletti se acercó a mi oído – Loco, te metiste un LSD ¿no?
−No, no me metí nada, lo que pasa es que hace tres días que no duermo.
−¡Cóoomoo! – Pistoletti me miró aterrorizado.
−Pruebas que hago.
Estaba tan ofendido. Alguien que no quiera dormir tenía que ser tan imbécil como el que se niegue ir al cine.
−Pero te prometo que voy a dormir, no te lo tomes así, ¿sabes?, cuando agarre la cama voy a dormir mucho más horas que las tuyas, te voy a batir el record.
La cara de Pistoletti era la misma que pone la gente cuando ve un cadáver.
−Vos estás como una cabra.

El tercer día el mundo de los despiertos se veía más borroso y el sol parecía haber roto una serie de filtros tapándome la visión. El suelo era de algodón y los que pasaban eran gente conocida. Yo no paraba de saludar a todos. Yo era un loco más de los que pululan por las capitales del mundo. Iba a la deriva feliz saludando a todo el mundo y veía a veces una mujer de pelo negro hasta los tobillos que me hacía señas para que vaya pero al acercarme se disolvía entre esas capas de sol que encandilaban desde todas partes. Oía voces detrás mío “Andrés, ya podes empezar a levantarte” Al volverme no había nadie. Seguía sin rumbo sabiendo que había perdido toda referencia para volver a la pensión y que si caía en la calle me importaba un comino porque caería en el otro mundo detrás de los reflejos. Otra vez las voces me hablaban por encima del pelo “Cuidado, cuidado, hay que autobservarse huevon” Qué carajo voy a observarme si estoy loco. Cuando noté los huesos como sopa y que ya caía en una esquina, alguien que no se dejó ver, me llevó del brazo hasta la pensión de la gallega.
Me dije “me voy a meter en la cama, que tal la idea che”
La voz me respondió “Puta huevón, ya es hora de dormir”
Era la voz de Vizcaya: Pero Vizcaya no estaba

jueves, 15 de enero de 2009

la risa mala




Es la risa ante el cráneo partido de un niño lo que me revuelve el estomago en arcadas de rabia. La aparatosa risa de un Solana abrazando a Barak seguida de una fila de niños amarillos de muerte envueltos en sudarios.
Es esa foto escalofriante de un Moratinos cogido de la mano empapada de sangre de una livni cuando estalla el fuego rodeado de humo y un hierro de los escombros atraviesa el cuello de la mujer palestina.
Pero José… Moratinos y Solana buscan la paz, quieren el alto al fuego.

¿Y es necesario reírse para eso?

Pero José, no entiendes nada, es la diplomacia, la hpocrimasia, la diplocrasia, las normas, las putísimas normas, las normas normas normas normas no r mas no mas no más.
¿Cuál es la paz que pretenden?
Bien señor, aquí no paso nada, cada uno a su casa.
Pero y… ¿nuestros hijos despedazados? Y … ¿nuestros miles de muertos?
Son daños colaterales, son fatales consecuencias, ahora es el momento de la paz, y la paz la han conseguido esos señores que están allí, ¿los ves?

¡¡¡Y porque se ríen hijos de puta!!!

Pero José, cálmate, clámate
Pronto todos nos calmaremos y el tiempo borrara los niños ensangrentados.
Pronto eso será historia.

Y sale el sol
Y ya está

Todo en paz.

¡Pero………………….!


sábado, 10 de enero de 2009

Bolaño poeta




Cuando Roberto Bolaño dijo que se iba a dedicar a la prosa porque quería vivir de las letras y la poesía no vendía, se refería, entre otras, a estas perlas.




Fragmento de: Resplandor en la mejilla

Mi ex mujer se mirará en los lentes negros de un playboy
Y le darán ganas de llorar o de poner un disco (duro, breve)
Como la fiebre de un niño.
La ternura y la revolución y los poetas pueden dormirse.
Estos días son buenos para los subterráneos voladores, para
Los voyeurs de lo abstracto. Alguien apagará la luz
Y comentará silenciosamente que las almohadas están
manchadas de sangre

Ya ni ponerse a hacer silogismos es bueno.
Y tan acertado como siempre, te cagas en el oficio de poeta
Cuando es lo único que te queda



FUGA

Todavía aparezco en tus sueños
En la noche de México.
Cuando las demás imágenes
Se retiran silenciosamente
y la luna se oculta detrás de un jardín
que algún día los niños se comerán
(sin que te lo puedas explicar)
Ilimitado hechizo de México DF
cuando las demás imágenes son
dientes brillando en la noche
O palmeras o automóviles rojos
Aparcados delante de un cine
En donde un desempleado habla en inglés
Con su caballo blanco
Velocidad de las avenidas
Y la lentitud de las avalanchas.
El resplandor de nuestras cabelleras
Que se reencuentran y pierden en la noche.
Una cámara de cine empotrada
en el vientre del infinito.
Por Roberto Bolaño, “Jovenes desnudos bajo el arcoiris de fuego”,
Editorial Extemporaneos, México DF 1979.

miércoles, 7 de enero de 2009

poema a la pesadilla del holocausto


Escuchaba rugidos que parecían de olas
Sonaban desde una caverna profunda
Y las olas se veían manchadas por el atardecer
Pero ningún sol se ponía.
No había tampoco cielo
Las olas eran de sangre
Sangre de niños, sangre de mujeres, sangre de amigos, sangre de los que sonreían, sangre de los que antes reían, sangre de los que hasta ayer amaban, sangre ahogando tantas ilusiones, sangre revuelta con lágrimas, sangre en olas como maremotos.

Y por encima de las olas se veían hombres largos con ropas de pingüinos
Se reían con la risa de un lagarto Solana de labios colgantes de un escorpión Sarkozy de ego envenenado de una babosa Merkel de ojos espermáticos, de una bacteria Livni como zombi seca
Y más acá de las olas rojas estallaban aullidos como si quemaran con brasas a un pueblo entero.
Los aullidos atravesaban ese no cielo sin sol
Y los aullidos retumbaban por todo el planeta
Y había quienes cerraban las puertas y ponían aislantes en las paredes,
Y había quienes la abrían para que los aullidos los despierte y de este modo unirse al aullido
Entonces veía serpientes vestidas de camuflaje, con ojos de rabinos pajeros, creadores de esas olas de sangre que no conocían ninguna tregua
Eran esperpentos fríos con cascos, que no se detendrían hasta que el ultimo palestino desparezca en ese holocausto mientras los jerarcas del mundo les susurraban a las serpientes “eso no está bien” así, apenas frunciendo el ceño.

Desperté.
Me incorporé en la cama tan triste pensando que la realidad es mucho pero mucho más cruel que mi pesadilla.