jueves, 5 de noviembre de 2009

El fin de África


El fin de África puede ubicarse en cada minuto desde que tomo autobuses, camionetas, camiones, viajando sin parar, en una carrera por llegar a Conakry, a la casa de Estrada, Macenta, Kissidougou, Faranah, la cara contra la ventanilla viendo árboles negros en noches negras, alguna luz de una casa sumida en las tinieblas africanas. Y con la cabeza apoyada en una manta contra la ventana caer en sueños bestiales, de una realidad pasmosa, siempre en otro lugar del mundo, yendo en bicicleta por una carretera limpia, tal vez Suiza, un valle de casas bucólicas, un prado de manzanas, como si el sueño buscara la luz y la pulcritud, lejos de ese ruido de motor y voces de pasajeros que no paran de gritar en toda la noche. Una madrugada vi una larga franja roja como un fuego quieto que ocupaba el horizonte detrás de un bosque de árboles finos, se veían casas aisladas con humo en las chimeneas, alguien haciendo café, desayuno con sopa de algún animal salvaje. De pronto una canción lejana se fue acercando como si volara por encima de los árboles, y a medida que la canción se aproximaba sentía mis huesos derramarse uno por uno, entonces desperté y era el mismo amanecer con líneas rojizas cruzando por una sabana. Casi todos los pasajeros estaban dormidos, salvo unas voces que discutían, y otro que tosía.
En una camioneta con capacidad para veinte pero íbamos cincuenta y el chasis chocaba rítmicamente en el suelo, soñé que estaba en el mar. Las olas se enrollaban en la arena de la orilla lo más parecido a un largo cordón de tarta de chocolate con nata. La luz del sol parecía de otro planeta, y la voz de mi hermano Rodrigo dando gritos ¡José, José, toninas, mirá allá, están pasando las toninas! Y yo me metía en el agua tratando de alcanzar las aletas que emergían suaves y se hundían y volvían a salir con los cuerpos brillantes, el ojo de una tonina me miraba y se reía y su risa aguda se fusionó con la bocina estridente de la camioneta que estuvo a punto de estrellarse con un camión que venía a contramano.
Entonces tenía aplastado contra mi hombro a un tipo simpático que se presentó como Ismael, me dijo que vivía en Mamou y que me invitaba a su casa a pasar la noche, va a ser mejor que duermas bien y mañana descansado tomes el autobús a Conakry
Me dijo –Tengo dos mujeres, los musulmanes podemos tener más de una pero no más de cuatro.
En la oscuridad de la noche lo seguí por una pendiente de casas cuadradas, todas iguales, parecidas a casillas de electricidad. Ismael abrió la puerta, encendió la luz de su mínima cocina y llamó riéndose a sus mujeres.
Parecían hermanas, ¿serian hermanas o se habrían mimetizado? Y más parecidas aún en la mirada de desconfianza que me dirigieron y la boca abierta por la sorpresa. La más alta empezó a rumiar una protesta, la otra se acopló subiendo el tono, acto seguido las dos iniciaron un griterío y el pobre Ismael dobló la boca como si fuese a llorar.
−Mis mujeres me dicen que no, que no te puedes quedar.
−Pero es muy tarde, ¿dónde voy a dormir?
−Puedes quedarte en la estación de autobuses y tomar el que sale a las tres.
Y por esta coincidencia de la mujer que lleva los pantalones, ¡Y esta vez eran dos!, tuve que esperar el bus de las tres tratando de no dormir agarrado al bolso.
Cuando llegó el bus repintado de colores, entré con la tromba humana y salté a la ventanilla pero no me acuerdo en que momento, antes de que encienda el motor, el sueño me ocupó como una nube pesada y quedé frito. Esta vez sin sueños. Como si entrara en una nada, sintiendo que estoy ahí, que soy esa misma nada.
Del viaje recuerdo sabanas y montes oscuros, recuerdo aldeas y pueblos con casas rotas y carrocerías de coches destartalados, recuerdo haber visto muertos en la carretera, una mujer boca abajo con las huellas de las ruedas de un camión marcadas en su espalda. Y recuerdo haber visto de muy cerca en la tarde árboles salvajes, lejos de cualquier humano que venga a decidir sobre sus podas y su dirección de crecimiento. Y esto fue como un símbolo para los pensamientos que vendrían después.

Llegué a Conakry de día. Me bajé en un centro atestado de tráfico y bocinas, calles rotas, grúas, tiendas de música, agencias. Una ciudad que parecía estar despertando a las risas.
Se veían mas blancos que en ningún lado, y no eran viajeros, iban en lujosos jeeps, iban con sus hijos al colegio. Algunos caminando por la calle, vestidos con camisa y corbata, ¡con ese calor!
De una cabina llamé por teléfono y me atendió Raul Estrada, venite ya, tomate un taxi que te lo pago yo, te esperamos en casa.
Me dio la dirección. Era chocante el acento argentino en medio de ese caos.
Vivian los Estrada en una mansión tan al borde del mar que las olas batían por debajo del balcón de la terraza. La figura de Sara Estrada, madre de mis amigos, abriendo los brazos, dándome la bienvenida en el porche, tenía tanto de onírico que pensé “ahora despierto y sigo con la cabeza golpeando en la ventanilla del autobús”
Esa noche cené con Raúl , su mujer, y Sara en una gran mesa atendida por sirvientes uniformados con guantes blancos. La entrada fue ensaladas, jabugos, quesos, papitas con mayonesa y sala rosa, y una copa de champan. Al levantar la copa y ver las burbujas riéndose en la efervescencia me vino un repentino miedo, como si este cuerpo no me perteneciera y la voluntad estuviese dominada por un ente desconocido. Creí que la copa iba a dar al suelo y yo me iba a revolcar en los cristales, porque la locura estaba ahí, agazapada debajo de la mesa. Lo que había vivido en viajes duros, en peligros, en inmensidades, en humanos prensados, en camiones, en muertos, en suciedad y olores ácidos, seguía aun pegado en mi nuca y el choque con la copa y las burbujas estaba a punto de romper mi equilibrio.
Cerré los ojos.
Respiré.
Y me preparé para entrar en el mundo blanco.

Y este es el final. Lo que sigue en ese mes que viví en Conakry no pertenece al África que yo quería escribir. Se trata solamente de la otra cara, el África del colono.
El colono es un tipo de mirada violeta, desgajado de cualquier lugar. Pendiente hasta la enfermedad de su imagen ante los demás. A veces alcohólico. A veces asesino o estafador en potencia con busca y captura por la interpol. A veces un pobre infeliz que por ser mosquito en su tierra pretende ser rey en África y por fin se da el lujo de tener esclavos que les llaman los boy. El colono pude ser francés, belga, italiano, español, ruso, etc. Del país que venga inviste una sola idiosincrasia infectada de un racismo fundamentalista. Le oí decir a un belga que los negros eran una especie diferente entre el animal y el humano. Cuando le conté a otro colono la barbaridad que acaba de oír, me dijo; Tienes que vivir un tiempo aquí para entender lo que dijo el belga.
Los colonos ocuparon Guinea Conakry a la caída del dictador Séko Touré, y prometieron restaurar el país, con compensación está claro, dicho en otras palabras, con la debida succión,

El Blanco Inevitable, gran cuento de Jack London.
El blanco inevitable en un tiempo invadió estos países con buques de guerra de los que desembarcaban ejércitos con elegantes uniformes, y dispuestos para cargarse a miles de indígenas y plantar con orgullo la bandera de la corona. El general de tal gesta se convertía en héroe compensado con un titulo nobiliario y una futura estatua de bronce, cuya cabeza sería blanca también, de tanta caca de paloma.
Sin embargo hoy la invasión se vale de una técnica infalible e hipócrita: el comercio.
El colono devasta la tierra, la succiona, corrompe el país, esclaviza, maltrata, escupe en las tradiciones, hasta que una buena tarde tiene que huir con su mujer, sus hijos, algunos muebles, dejando detrás una casa incendiada por africanos que por fin perdieron la paciencia.
Si yo he visto un hombre matar a otro con una piedra, cuantos morirán exterminados por el comercio de las naciones autollamadas “primer mundo”. Una vez un cura me dijo que era común en África que un hombre ciego de ira matara a otro con un palo. Pero era abominable el que vestido con galones, fumándose un cigarrillo, planificaba en una mesa, la masacre de miles de hombres.
El inevitable blanco es el jardinero que mutila el árbol para que sea arbolito.
Pero el arbolito sigue con su sabia escondida para un día dar el grito y sacar de sus costados las ramas salvajes y ser otra vez uno más de la creación espontanea, la que surgió en el mundo anterior.
Anterior a todo esto que estamos viviendo.