lunes, 25 de mayo de 2015
lunes, 31 de diciembre de 2012
HISTORIA PARA DESPEDIR EL 2012
sábado, 1 de septiembre de 2012
el banquete ante alas estrellas
martes, 31 de enero de 2012
LA MUERTE DEL FANTASMA, final
El pobre Fantasma recibió otro golpe, ahí aparcado en esa calleja fría, desprotegido, en manos de cualquier yonqui que le rompa la ventana de atrás para llevarse unas latas de guisantes y la cámara de la Chancha. ¿Mi camarita!, casi lloraba la Chancha, ¿y ahora cómo recupero todas las imágenes históricas que tenía adentro? Quedan en la memoria, las vas a tener que dibujar Chancha y te van a salir mejor que en las fotos.
Entonces regresaron por Antwerpen, cruzaron Bélgica hacia Mons y tomaron la N6 hacia la frontera de Bois Burdon y los policías franceses, maldita sea, les revisaron, esta vez en la entrada del país, hasta los bolsillos de las chicas. Uno de los polis metió la mano en el bolsillo del siletista y sacó un resto de chorizo con el hilito y gritó, ¡merde!, tirando el chorizo al suelo como si fuese un escorpión.
El Fantasma siguió por Reims, Troves, evitaron Lyon, cruzaron la Provence y de nuevo Van Gogh pintaba con Gauguin en la orilla de un arrollo y la Chancha dibujó un mar de espigas rojizas de atardecer en un cartón largo que más tarde, casi de noche, cuando se calentaban las alubias en la hornalla, abrieron una botella de vino blanco y tomando de gollete clavaron el cartón en la moquete y aplaudieron en una fiesta que tenía algo de vernissage.
Al día siguiente Bob Dylan cantaba One of us must know cuando por la A 9 que va a Narbone pararon en una gasolinera porque el siletista se estaba meando.
Le toilette se pour le client Le dijo una mujerona de gafas de botella mirándole con ojos enromes de desprecio, también enorme.
D´ accord –dijo el siletista
Al minuto (o menos) la mujerona golpeaba el ventanal en una brutal pataleta vociferando, ¡J´appel la pólice, J´ appel la policie! , mientras el siletista orinaba un chorro parabólico sobre el surtidor de gasoil y, las chicas, allá en la furgo, le gritaban: ¡para loco que nos van a llevar presos!
Y esta es la ultima estampa de ese viaje fantástico; como una postal que pueda enviarse a todos los correos del planeta; así como la postal del niño que orina en el lago bucólico; la figura de perfil del siletista meando la gasolina de Francia para despedirse de los malos momentos que pasó en ese país, y también de los buenos, todo hay que decirlo.
El Fantasma quedó un tiempo en Ibiza llevando al siletista a que haga sus perfiles en el puerto. Llevándolo a las fiestas donde esperaba como el fiel caballo a que vuelva torcido para echarse en la cama donde siempre confesó que en esa cama se hundía en sueños como cuentos de niños. Algunas veces pasaba las noches en los roquerios frente al mar y el siletista se zambullía por la mañana y nadaba solitario imaginándose bajo el sol de una isla perdida en medio del océano.
El Fantasma regresó dos veces al continente. Entonces con Mercedes fueron a la recolecta de la manzana en la Val di Non del Trentino, al norte de Italia. Allí aparcaba en una planicie desde donde podía contemplar los prados verdes repletos de manzanos y las aldeas de pocas casas rodeando la iglesia como pollitos a la gallina, y detrás de los bosques de pinos veía las lejanas dolomitas que resplandecían pedregosas en el horizonte.

En el segundo viaje después de haber recogido manzanas durante el mes de septiembre de 1989 Mercedes y el siletista decidieron ir a Austria y de ahí pasar a Hungría donde comprarían una radio nueva para el Fantasma y algunos repuestos, y de paso, lo de siempre: viajar por carreteras desconocidas, perderse en países que quedan al otro lado de la imaginación. Bien, pasaron Bolzano, entraron en un país de campos tan arreglados de casitas tan perfectas, de senderos trazados con escuadra, que les dio miedo que le confisquen el Fantasma porque desentonaba con tanta pulcritud.
Pararon en Salzburgo. Mozart seguía todavía viendo en ese pueblo, perdón, el pueblo seguía viviendo todavía de Mozart: cafetería Mozart, caramelos Mozart, peluquería “La Flauta Mágica”, conciertos de Mozart y ese aspecto de película de músicos en buenos colores con tipos de pelucas blancas tocando clavicordios en el calor de las salamandras de porcelana.
El Fantasma siguió camino hacia Viena por la E60 y el asombro crecía al ver los campos de ese país cuyo orden rayaba en una manía que aterraba. El fantasma tuvo miedo. Algo presentía.
Viena fue una noche. Todo estaba caro, algunas ráfagas de relax venían de los barrios de inmigrantes, daba un nostálgico placer ver turcos fumando narguiles y ver alguno que otro africano con gorro de lana, y también, por qué no, pasear por el malecón donde los músicos bohemios tocan el violín y los infaltables ecuatorianos suenan sus quenas y charangos en las mismas puerta del imperial Teatro de la Ópera.
Al mediodía emprendieron la ruta E58 hacia la frontera húngara. A las nueve de la noche pararon al borde de la carretera y comieron salchichas con mostaza y pan vienes.
Esa noche Mercedes y el siletista hicieron el amor. Pero fue muy diferente a otras veces, fue único, dijo, fue como si se apartaran del resto de lo que hasta ahora habían vivido y se internaran en otro espacio donde los dos caminaran con las mismas piernas y sintieran con el mismo corazón; fue un amor largo como un viaje de esos en que se alejan con la sana intención de no terminaran nunca de moverse, fue lleno de llantos y de risas y de respiraciones que semejaban a vientos del mar, y fue, como decir, un final que no se lo esperaban, como si al mismo tiempo durmieran metiéndose en el mismo sueño.
Pero en mi sueño no estaba ella, dice el siletista, en mi sueño había una sensación de angustia, y una voz que gritaba detrás de un parque, “¡El Fantasma ha muerto! ¡El Fantasma ha muerto! Y un periódico que anunciaba en letras catástrofe. “La muerte del Fantasma acaeció el día de ayer a las 10 de la mañana…”, y entonces me vi corriendo por un pasillo que me llevaba hacia el pasado y en el descanso veía al Fantasma el día que nació cuando Luis terminó de armar la cama que se abría como caja de fósforos y nosotros festejábamos con benjamines de champagne, y en el siguiente descanso vi al Fantasma bajando por la rampa del ferry de la trasmediterránea para iniciar su viaje por Europa, en el próximo el Fantasma por las carreteras francesas, y seguidamente cruzando los campos lilas de lavanda, el Fantasma con las ventanas rotas en Clermont de Ferrand, el Fantasma aparcado en el Champs-des-Mars delante de la torre de Eiffel, el Fantasma pasando por el lago de Garda, el Fantasma contemplando las lavandas de la Provenza, el Fantasma viajando con las chicas y las risas sonaban como lejanos llantos, ¡el Fantasma ha muerto!, los gritos retumbaban por todos los pasillos, ¡el Fantasma ha muerto!, y en el último descanso del pasillo había una sala con pupitres como las de un aula de instituto, entonces yo me sentaba y al frente un hombre vestido con guardapolvo blanco trazaba en el pizarrón una línea con tiza de color cobre y me decía “your car es kaput, your car is kaput”.
Me desperté sobresaltado, era temprano. Mercedes aun dormía, revisé el aceite, el agua, todo estaba bien. Salimos pensado en tomar desayuno en la primera gasolinera porque se nos habían acabado los víveres. A los cinco kilómetros vi que se encendía la luz del aceite, ¿Cómo puede ser si acaba de verlo bien” pero estaba en la autopista, no podía parar, la gasolinera quedaba a tres kilómetros. Tenía que llegar y verlo allí. Cuando el Fantasma se desvió por la calle de la gasolinera se detuvo con un golpe que lo sentí como un puntazo en el medio del corazón. Quise arrancarlo y no había modo, ni siquiera se oía el esfuerzo del arranque. ¡No había modo! Desde la gasolinera el hombre que atendía la caja llamó a la grúa. El sueño, pensaba yo, el sueño, no, no, es solo un sueño, no puede ser verdad. La grúa lo llevó y nosotros encogidos de angustia íbamos en la cabina volviéndonos cada tanto para ver al Fantasma en su día más penoso. Llegamos a un pueblo que se llama Hartberg. El taller de ese lugar era enrome con grupos de mecánicos y jefes. Se metieron tres tipos por dentro, tenían uniforme verde como los médicos. Y en mi angustia seguí rememorando el sueño, no, no, esta vez no se debe dar, ¡no tiene que darse! Abrieron la tapa del motor, sacudieron algo allí adentro y recordé los masajes al corazón. Me acerqué al Fantasma, y le dije, “qué te ocurre, podías decírmelo!” No contestó. Ya no tenía personalidad alguna, era solo un trasto de hierros trágicos. Entonces se me acercó el jefe de taller, un tipo con guardapolvo blanco y mirada muy triste. “Your car is kaput” me dijo.
Aquel acto de amor tan místico había dado lugar a una premonición que me advertía lo que iba a suceder al día siguiente. El tapón del aceite se había desprendido misteriosamente en ese último tramo.
Recogí todo lo que tenía en cajas y me fui sin mirar ni pensar en lo que harían con el cuerpo del Fantasma. Mercedes lloraba.
Decidimos seguir a Hungría en auto stop, la frontera estaba cerca.
Fui a la estación y envié las cajas a la casa de Carlos Ugarte en Bilbao. En la misma estación lo llamé por teléfono:
−Carlos, en tres dias o cuatro te llegan las cajas con todo lo que tenía yo en la furgoneta, cuídame la máquina de escribir.
− ¿Qué pasó?
− ¡El Fantasma ha muerto! ¡Viva el Fantasma!
− ¡Viva! – gritó Carlos.

Siento terminar estos episodios con un recurso de los créditos cinematográficos, además, es justo copiar un poco al cine cuando el cine no para de copiar a la literatura.
En 1989 Mercedes volvió a Argentina para visitar a su familia prometiendo al siletista que regresaba en 9 dias porque lo iba a echar de menos. No regreso nunca. Se casó con un arquitecto en una boda con 500 invitados. Hoy vive en el barrio de San Isidro con su marido y tres hijas. Es maestra de una escuela privada.
La Chancha: también regresó, hizo exposiciones de pinturas, deambuló por la Patagonia con el mismo magnifico sinsentido que antes deambula por Europa hasta que un día se cambió de nombre y con el nuevo nombre, Elisa, cambió también su vida. Se casó con un extraordinario cocinero japonés, por el rito shintoista, en Tokio donde pasó dos años. Hoy vive en Argentina, en una casa lejana de todo lo civilizado con su marido y sus hijos, niña y niño, dos hermosos japonesitos que hablan “argentino”. Debo aclarar que el inodoro de esa casa tiene un mecanismo que al hacer uso de la cadena, esparce talco por todo el culo del usuario a través de un tubo. Cosas japonesas.
El siletista: siguió con sus perfiles en el puerto de Ibiza hasta que cambió de oficio y se hizo guía en la India desde 1990 hasta el 2009, dividiendo su vida entre la India y occidente. Pero nunca dejó de hacer perfiles, ya que la tijera y el ojo guardan siempre la memoria de los rasgos, y sienten una especie de envión o de instinto cuando ven una nariz particular o un mentón, o una cara que de lado pueda parecer un navío. De modo que en la India hizo perfiles de monjes budistas, de sadhus, de jefes de estación ferroviaria, de brahmines, y los hizo en papel de cuaderno, o en cartones, o en servilletas.
Hacía mucho tiempo que no lo veía, y una tarde lo encontré en un bar. Estaba solo con un vaso de vino mirando la tijera en medio de la mesa. Me senté con él y me habló sin levantar la vista de la tijera
−Se llama Exacalibur, nunca te lo había dicho, ¿verdad?
−No.
−Sabes, yo soy consciente que en estos tiempos todo se viene abajo, pero a mí no me importa mientras pueda empuñar a Excalibur, porque si tengo hambre voy a un restaurante y le digo al dueño que le hago un perfil por un plato de sopa.
Entendí como un rayo esa seguridad que albergaba, y lo entendí tan bien porque desde siempre sabía que al contario del resto de los niños, al siletista ¡le encantan las sopas!
F I N
viernes, 27 de enero de 2012
Nostalgias de Ámsterdam

Todo es efímero. Hay que atravesar Utrech y el Fantasma se desliza entre edificios como altas casas de ventanas alargadas. Nuevamente canales, esta vez con aguas más claras, y viejas iglesias como creadas por el estilo particular de un pintor que ve todo chupado hacia el cielo. El Fantasma dejó la A 2 para viajar tranquilo por una carretera rural que pasa por Wilnis donde una rara resolana alumbraba con vieja luz campiñas toscas que recordaban a Millet. Vieron un par de arroyos cristalinos salpicados de plantas flotantes y mas allá una extensión de hierbas salvajes. Esto merece un trago de vino Mercedes, ¿queda algo? Se abre el armario, queda bastante, que abstemios que somos. Cuando estaban bebiendo de la botella aparecieron los molinos gordos holandeses con sus grandes aspas, y detrás las parvas, todo daba la estampa de un país pequeño y a la vez fuerte y vivo. El fin de ese paisaje coincidió con el fin del vino mientras Lorena McKennitt cantaba The lady of Shalott

En Ámsterdam el Fantasma discurrió por calles interrumpidas por puentes que pasaban sobre tantos canales y los tres vieron con ganas esos pubs delante de las aguas, algunos como casas antiguas con mesas rusticas al borde de la calle, y vieron allí tipos bestiales, gordos como motoristas agresivos, tatuados por todo el cuerpo, vistiendo solo chalecos de cuero, bebiendo al sol en jarras de dos litros. El Fantasma pasó por la enorme fabrica de Heinken despertando risas en sus pasajeros y su conductor, y tras un laberinto de canales recorridos por arboles y callejas aparcó con dificultad en la Govert Flinckstraat, una de las calles paralelas al Albert Cuyp Market porque pensaban esta vez dormir en las camas o en los colchones en el suelo que les ofrecía Jesús, un español que el siletista lo conocía de algunos retiros zen en las Alpujarras. Jesús era un tipo ceremonioso hasta el aburrimiento, mimetizado con alguna ilusión de maestro chino por lo que hablaba susurrando tan bajito que había que acercar el oído con cuidado de no chocarse con su cara. Su chica de entonces, una suiza roja de vergüenza crónica, les hizo una cena de arroz con verduras que comieron con palitos japoneses y tomaron tazones de un té picante y como Jesús era madrugador se fueron todos a dormir. Mercedes y el siletista en dos colchones de la sala. A la Chancha le tocó cama. Pero a media noche tiró el colchón en el suelo porque no aguantaba el somier elástico.
Resultó que al día siguiente se abría el mercado de Albert Cuyp, y resultó también que las tiendas en la calle recibían un sol magnifico, y era un placer deambular con ese aire vagabundo mirando puestos de verduras, de ropas, frutas tropicales, mangos, piñas, pero el entusiasmo gástrico empezó a notarse cuando bajo los toldos verdes vieron los embutidos y los quesos, pilas de quesos de todo tipo que manaban aroma a oveja y a vaca. Tenemos que llenar el Fantasma con esos quesos, siletista, a la tijera urgente, le decían las chicas y el siletista en silencio pensaba que en Ámsterdam lo tenía difícil. Se percibía en el personal que abundaba por el mercado y en algunos pubs con asiáticos y africanos, y en algunas tiendas de objetos exóticos, la resaca que había quedado de las conquistas holandesas en los países asiáticos, como un hibrido de oriente y occidente que daba un color más que agradable, Comieron en un pequeño restaurante barato vietnamita un arroz con pollo tan picante que ni la cerveza Tiger pudo apagar el fuego, y después tomaron un tranvía largo como un tren al Vondelpark. El siletista quería mostrarles el lugar donde había dormido en aquellos años sesenta cuando formó parte de las hordas hippies.

Ahi está el tunel, ¿lo ven?, como si no hubiesen pasado tantos años, entonces dormíamos aquí con los sacos de dormir en fila como refugiados de alguna guerra y por la noches hacíamos fogatas y bailábamos como los apaches, algo así, había tipos con ponchos y vinchas como indios verdaderamente, algunos eran indios rubios, había otros con los pelos african looke,, y otros eran africanos vestidos con chalecos multicolores, había tipos que podían ser Moises con sombrero del oeste o Walt Whitman con pantalones rotos, había Cristos con ojos tranquilos fumando chilums, y las chicas llevaban túnicas y abrigos largos hasta el suelo y cintas en la frente y pelos que les llovían por las espaldas, algunas se pintaban como los pieles rojas, o sea todo el uniforme de esos tiempos, y tantas pupilas infladas de tanto lisérgico que se metían o tal vez yerbas que eran superiores a los ácidos, porque en el centro de Ámsterdam se vendía excelente calidad, ahí mismo, como en un mercado donde podías comprar maría de Borneo o el chocolate negro afgano, ese que se moldeaba como plastilina, y pagabas mientras los polis pasaban sonriendo cerca tuyo. ¿Ven?, miren, aquí dormía yo con Ana, y al lado teníamos a un español, creo que se llamaba Sebastián y era de Guipúzcoa pero parecía un gnomo con gafas cuadradas de lentes rojos y un pelo que le pasaba por los hombros, No paraba de hablar lleno de gestos y mímicas, estaba con una gorda sueca que de noche se le subía encima y lo aplastaba haciéndolo gemir como muñequito de feria. ¡Ahh, que tiempos! Afuera, estacionadas al borde del parque, veías furgonetas pintadas con flores, calaveras, cruces de la paz, algunas con grandes Ganeshas para proteger a esa especie que buscaba liberarse hasta de sus propios códigos. Cada noche, guitarras, flautas y tambores, maravillosas brujas que danzaban frente a las llamas al compás de las palmas. Y por el día el parque estaba plagado de gente en acido o lo que sea, echados en el pasto viendo todo tipo de dragones que formaban las nubes. Algunos se echaban en el agua desnudos y eran, entre los nenúfares y los papiros, una tapa de disco psicodélico, ahh, y lo bueno era que todos, incluso lo locales, estaban de paso como las aves migratorias, porque de ahí salíamos al sur, a Creta, a Turquía para seguir la ruta mítica de la India

Una tarde las chicas fueron al mueso de Van Gogh. La Chancha se enloqueció antes de entrar y salió con tal inspiración que se pasó dibujando tarjetas hasta entrada la noche cuando asistieron a un concierto de música india; sitar, tambur, flauta y tablas; un concierto que se perdió lejos del tiempo, como lo pide el espíritu del arte indio, dejar el tiempo afuera, pero el siletista no solo se escapó del tiempo sino también de la geografía y se vio de golpe caminando por una estrecha calle de Varanasi que llegaba al río donde los peregrinos se bañaban dando gritos de Shiva.
Explico porque le pasó esto de irse tan lejos al escuchar la música india: resulta que esa tarde cuando las chicas se fueron al museo, se quedó solo, metió la tijera en el bolsillo, la carpeta con los ejemplos en la bolsa y con la bicicleta se fue pedaleando al Vondelpark movido por la nostalgia. Pensaba que el pasado le regalaría una buena racha, pero el regalo no podía ser nunca dinero, sino algo que pertenecía a aquella época. Se puso en la entrada del parque donde había otra gente vendiendo cosas. Hizo solo tres perfiles. Abandonó pronto. Siguió la calle del parque y vio primero una chica vestida con falda india sentada en el suelo ante un letrero que decía “A kiss for one guld” (beso por un florín) lo vendía barato al beso, detrás, a modo de guardaespaldas, su chico corpulento por si las moscas, o moscardones de muchas manos y patas. Cerca de la chica un negro digno como príncipe africano sentado frente a una caja con filas de porros perfectamente armados, gritaba ¡A joint for three guld! ¡A jiont for three guld! El siletista se acercó, le compró uno con lo que había ganado de un perfil y le preguntó: ¿Es bueno? El negro se enfadó y le dijo con tono grave: fúmatelo, date una vuelta y si no te gustó te devuelvo el dinero.
Lo encendí y lo fui fumando sin darle importancia mientras paseaba por el parque sintiendo las reverberaciones del lago que cruzaban como llamaradas por mis ojos y, entonces sí, de repente me vi fuera de lo que antes era, me sentí más alto como si anduviera en un monociclo y escuché mi voz que sonaba como altavoces por encima de mi cabeza “¡joder lo que me dio este tipo!” voces que se perdían en un eco “Joder, joder, lo que me dio, lo que me dio este tipo, este tipo, esteee”
Sentado en la orilla delante del espejo del agua estuve un año viendo las plumas de dos patos que se agitaban con la brisa, y al otro lado del lago los arboles tenían luces en las hojas de otoño, y allí en los canteros de flores se colaba un conejo atisbando desde la oscuridad. Esa verdadera impresión de estar metido en las páginas de Andersen. Juro que un pato volvió la cabeza y me sonrió. No sé en que momento abandoné la orilla para seguir feliz de la existencia por ese parque mágico. Tengo el recuerdo de haberme cruzado con una pareja que eran como muñecos de colores detrás de una capa de cristal. No supe en el instante si los saludaba o me saludaban, pero siguieron caminando y oí que el chico le decía a su chica, “what a Stone” que colocón refiriéndose a mi cara porque los había mirado con ojos de sapo.
Habré estado cinco horas dando vueltas interminables por un parque del que no tenía ni idea en que ciudad estaba ni cual era la salida y estaba feliz de que me importe un pito no saberlo.
Pero al fin aparecí por el puente y uní las manos agradeciendo al Vondelpark el regalo nostálgico que me había hecho.
Porque el efecto duró, vaya si duró, que ni bien empezó a sonar el sitar en el concierto indio de la noche, vi las aguas del Ganges al amanecer y vi un viajero sentado en los gaths mirando quieto la humareda que se levantaba en la otra orilla, y por supuesto reconocí a ese viajero.
Próximo: Final: La Muerte del Fantasma
lunes, 23 de enero de 2012
Los Paises Bajos

Los países bajos
Viajamos de noche hasta Jabbeke pasando por bosques sombríos y viejas aldeas alumbradas por luces fluorescentes. Pasamos por un campo con invernaderos y largos tinglados, y un vasto sembrado, la agricultura belga, tal vez lúpulo de cerveza. Tenemos que tomarnos unas buenas cervezas, la de los monjes, decíamos mientras la música de Woman of Ireland parecía sonar desde el otro lado de la carretera. Dormimos cerca de Oostkamp que estaba cerca de Brujas. Yo acostado en el medio, abrigado por dos mujeres a cada lado y entrando en un maravilloso insomnio acompañado por las respiraciones de las dos y los pensamientos malignos que me hicieron sonreír hasta que de pronto vi en la pantalla que está dentro de la frente una playa larga que se perdía tras una suerte de espejismos radiantes. Hacia la costa la arena finalizaba en un cerco de palmeras y de repente un elefante, sí, sí, vi un elefante asomándose, levantando la trompa, y ya oía el ruido de las olas del sueño cuando… ¡lástima!, todo se cortó con un trompazo que me dio de la Chancha que dormida se estaría peleando con alguien. Pensé que le estaba pegando a Mercedes en una de sus discusiones, y luego pensé que me estaba pegando por pasarme de listo. Pero la Chancha murmuró algo en sueños y entonces me volví hacia el lado de Mercedes tratando de volver a la playa y no hubo caso. En el sueño se veía ahora un paisaje oscuro y sórdido como la carretera que habíamos recorrido.
El verdadero nombre de Brujas es Brugge, que en Belga significa “puentes”, que define una cuidad cruzada por canales de aguas turbias que reflejan casas de cuentos con sus largas chimeneas y puentes, puentes, puentes por todas partes a lo largo de los canales que serpentean entre las calles.
Pero el español que la tradujo por Brujas dio aun más con la personalidad de este lugar donde las brujas se asoman por los tejados y te miran como si se hubieran fumado algo. Tras los cristales opacos de las ventanas se adivinan las brujas atisbando al que pasa, en ese caso nosotros tres caminado con el sentimiento profundo que nos hemos trasladado al siglo XVI y que si no salimos de esta ciudad antes de la noche las brujas enviaran a sus cuervos que nos van a arrastrar a la fogata donde en otras reencarnaciones ellas habían sido quemadas.
El siletista primero recortó una bruja con su sombrero largo volando en una escoba y la pegó en la puerta del Fantasma. Después les dijo a las chicas: acompáñeme al banco de la tijera a ver si sacamos algo para las cervezas.
Me puse al pie de un puente y la utilice a Mercedes de gancho. Su perfil lo tenía de memoria. Cuando iba por la nariz me sentí rodeado por un corro silencioso y pronto empezaron los murmullos, exclamaciones raras como graznidos de cuervos, lo que me hizo pensar que las brujas habían enviado a su gente. Ni bien acabé el pelo de Mercedes, se colocó de perfil un flamenco rubio de nariz bergerac y la tijera saltó contenta por el mentón, subió por los labios y al doblar por tal napia se escucharon más exclamaciones, ohh, ohh, grustt, orrhh, y después vino una de las autenticas brujas disfrazada de ama de casa con sombrero de piel y después un niño posiblemente hijo de sacerdote calvinista, y después un gordo de carrillos descomunales con el que la tijera se entretuvo marcándole las gafas de aumento, y después otro, y después otra , y después y después mucho después estábamos en un pub volando con lo que decretamos que era la mejor cerveza del mundo elaborada por el genio de tantos trapenses borrachos. Por eso le encuentro un tiro espiritual, les dije a las chicas, ¿no lo sienten? La Chancha se me acercó casi al cuello con los ojos dormidos y me dijo, siento una cosa como si fuera otra mujer o sea la que verdaderamente soy, ¡estoy hasta las tetas de ser Chancha!, quiero ser algo así como Elisa, la que volvió loco a Beethoven. Mercedes la miró con susto, dio un trago y dijo, yo siento el monasterio a cada trago, ¿no lo escuchan? Oigan: puso el oído sobre la jarra, puer natus est nobis, y de otro trago impresionante dejó el fondo blanco. Tres jarras más camarero. El flamenco sonriendo con tal picardía estrió los ojos como dos rayas brillantes y llenó las próximas jarras. La Chancha insistió en que no quería chanchear más y ahora lo suyo era elisar como queriendo renovarse en una suerte de ave fénix, ¡al que me vuelva a llamar Chancha le rompo los huevos! Tras el cristal de vitro del pub que daba a la calle vi una vieja que se comía la boca mirándome con ojos perversos. El color de la cerveza trapense se vuelve de un cobre claro y en un trago con los ojos cerrados el alma de ese liquido embrujado llega hasta la parte más intima del ombligo, pero con la obsesión de los monasterios oímos un gregoriano que se cuela entre las voces y las risas del pub. Retumba el coro de monjes rebotando en las paredes del atrio y estallan risas de flamencos junto con el yo quiero ser Elisa de la Chan… mejor no digo nada. Con otro trago podemos ver dos monjes que corren por los pasillos levantando sus hábitos marrones para no tropezarse. Tres jarras mas s´il vous plâit. El flamenco frunce la nariz mientras llena las jarras mirándonos de soslayo. Es verdad lo que dijo Mercedes, se escuchan los pasos del monasterio, dije, y podría ser que esta sea la cerveza para alcanzar la divinidad de una puta vez.
La divinidad podía estar en medio de ese espejo descascarado que refleja tantos sombreros y pelos del personal que bebe en ese pub. La música parece de violín, no, de violonchelo, también hay flautas traveseras, creo, y hay, hay, ayayayay hay que agradecer a los monjes que nos dan una comunión de cebada y lúpulo, hay que agradecer a la tijera ¡que joder! ¡Eso!, brindemos por la tijera, ya esta, otras jarras, sí, tres más, cantemos, cantemos alabanzas al Señor, que hizo mil maravillas, como la furgo. ¡Brindemos por el Fantasma! ¡Saluuuud! Hizo maravillas como esas jetas que se acercaron regalándome los perfiles que a su vez nos regalaron el elixir soñado de los monjes. El Señor hizo maravillas como estas dos chicas que ya están borrachitas y… que más, díganme.
Amen. Dijo la Chancha somnolienta.
Amen, dijo Mercedes, volvamos o nos van a tener que llevar.
Regresamos cogidos de los brazos dando bordos por las calles siniestras. Teníamos terror de caer al agua que la sentíamos por todas partes. Mercedes se fue bajo un supuesto árbol o farol o qué sé yo y dijo, háganme campana que vomito. En el momento que escuché su ¡uuuakkk!, vi una bruja, lo juro, la vi detrás, esperando como una sombra ¡tan quieta! y una corriente de hielo remontó por mi espalda hasta el cerebelo, al colmo que quise volver al pub y terminar allí mis dias.
Después de semejante noche no tenemos idea de cómo llegamos a la furgo. Nadie se acuerda, ¿te acuerdas tú Chancha?, Ni idea, ¿Mercedes? Yo sí, me acuerdo de los reflejos del río cuando vomitaba. O sea que… peor.
Por la soledad de esa calle y el cielo nublado calculamos que podían ser las ocho de la mañana, los dias de luz en el otoño del norte son cortos. Le preguntamos la hora a una mujer que caminaba mirando el empedrado. Eran las doce. El desayuno fue café americano y pan belga en la furgo y varios cafés para espabilarse. Al término, decidí seguir viaje a Holanda,
Pero vas a conducir con esa resaca, me dijo Mercedes. Si uno se pone a favor de la resaca y la considera un regalo, puede llegar al fin del mundo.
Próximo: Nostalgias de Ámsterdam




