sábado, 24 de octubre de 2009

que hace una chica como tú en ...........



Sentado en esa piedra lisa que era gris oscura veía el horizonte del gran océano en una playa que por suerte no había nadie, solo palmeras, solo las piedras perfectamente redondas y tanto rato estuve allí antes de buscar un lugar donde pasar la noche, porque el José del pasado, aquel chico de ocho años, se hallaba también mirando el horizonte en una costa lejana al otro lado del mar y yo estaba seguro que al ponerse el sol del año 1988 él estaría viendo la salida del sol del año 1953 en aquella playa inmensa del extremo sur de América y se quedaría así como estaba yo, abrazando las rodillas con la sonrisa fija en ese horizonte azul porque pensaba en todos los países que lo esperaban, en todas las sorpresas, en todas las aventuras, en todos los amores, mirando de aquel lado la misma línea de mar que yo ahora miraba.

En Abiyán el mar no había sido éste, sino un mar de agua sucia, un mar roto entre edificios infectados de ventanas calientes, un mar mezclado de barcos humeantes y escolleras llenas de basura. Abiyán era una termita donde el calor rebotaba en las paredes y parecía reventar el asfalto. Por todas partes había sombras que asechaban. Solo pude estar un día y una noche porque la habitación mínima que estaba entre las más baratas me quitó la mitad del presupuesto. Tenía un ventilador parecido al de Banfora que echaba aire metálico con ruido a turbina rota: las calles nocturnas eran peligrosas, me dijo un francés, aquí el que vive en las residencias de ricos, está seguro rodeado de guaridas, pero en este barrio…
La gente de Costa de Marfil dice ser la más civilizada del África francesa. En el tren que tomé en Banfora un estudiante marfileño me dio la paliza alabando su gran nación y me preguntó en qué otros países había estado, cuando le mencioné Mali, se rió con ojos de buitre y me soltó el gastado y tan blanco slogan occidental: “Los malineses siguen viviendo arriba de los árboles” nadie se cura en esta esfera del cosmos y que siga el juego de terrícolas que no paran escupiéndose desde distintos peldaños de la escalera llamada humana. Por más variados colores que tengan son iguales debajo de esa pantalla que le llaman piel. Blanco, amarillo o negro o marrón o gris, pueden ser santos o magníficos, generosos y justos, perversos y mentirosos, y los hay demoniacos, y aunque no exista la raza, está plagado de racistas hijoeputas.

Era un pueblo de Sassandra tranquilo sobre una de las playas más hermosas que haya visto, como salida de un dibujo de niños con sus piedras redondas y grises, la arena tranquila y limpia, sus palmeras parecidas a indígenas gigantes con la corona de plumas, y allí el océano de las leyendas, el océano de los bucaneros, de los navegantes portugueses, el océano de Conrad, de London, de Melville, y aquí las barreras de olas que rompen cargadas de espumas y el sol de la mañana parece zambullirse en el medio y dividirse en diminutos soles que se revuelven entre las espumas.

Al mediodía cuando llegué a ese albergue, decía “Hotel” en el arco de entrada hecho de palos, era barato. El cuarto también de madera castigada por el salitre del mar cuyas olas sonaban allí, a pocos metros, y una cama al ras del suelo y una mesa de caja de frutas. La ventilación era la brisa que corría entre las ranuras de la madera, por fin, al fin, iba a pasar una noche alegre, fresca, y sin ruidos.
Dejé la mochila y salí afuera donde se come.
Una gran olla hervía encima de leñas que ardían, y por la tapa se asomaba agitándose, la mano de un mono. Más allá en una mesa larga bebían cerveza un grupo de personajes que me recordaron otra vez a Sudamérica, negros con gorros de beisbol y camisas a cuadros, reventaban a carcajadas y bebían de gollete. En medio de ellos había una sola mujer blanca, retacona, de pelo rizado y teñido de rubio.
− ¿De dónde eres tú? –me dijo uno empuñando la botella.
−De España.
−Espagnol, espagnol –gritó señalando la rubia –elle aussi c’est espagnol, alore.
Ella preguntó primero.
− Y luegu ¿De que parte de España eres?
−Soy de Argentina pero nacionalizado español, ¿y tú?
−Yo soy de la Coruña.
En ese instante mi cerebro cantó “que hace una chica como tú en un lugar como éste”.
.Y ella sin haber oído la canción, la respondió:
−Hace veinte años que vivo en Abiyán, dónde hay gente muy mala, usté sabe, el mes pasado caímos en desgracia, un malviviente nos puso un somnífero en la climatisé y nos anestecicó para rubarnos todo lo que teníamos después de tanto esfuerzo y trabju, se llevó hasta la ropa interior de mí y de mi marido el Manolo que Dios me lo guarde, y ahora estamos sin nada por eso he venido a Sassandra a cobrarle a un sinvergüenza que nus debe dinerou y mire, aquí estoy, esperando la comida, no sé a qué hora va a terminar de hacerse ese mono.
Con los saltos que daba la olla, la mano negra y peluda del desgraciado simio se sacudía como en un intermitente adiós.


Próximo: los coros de la muerte.

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