A los 15 años de edad, caminé con mi primo Ricardo y mi hermano Rodrigo 100 kilómetros por una playa solitaria entre Necochea y Mar del sur. Dormimos dos noches en una tienda en forma de toldería y comíamos algunos sándwiches y chocolate que llevamos para el viaje.
La experiencia de lo que vi y lo que sentí en esa inmensidad me dio más batería para lo que ya guardaba en mis planes: Salir de viaje por el mundo sin pensar en ningún regreso
Muchos años después, a ver, hacer cálculos, sí, tendría treinta años cuando escribí un relato que puede clasificarse en novela corta, y trata de tres chicos de 11 años que se escapan de su casa internándose en una playa que los mayores, o grandes, como dicen allá, le llamaban “la playa prohibida”.
Hace poco lo leí y encontré a lo largo de sus páginas una mezcla de misticismo, mitología, hipismo, protesta antisistema, liberación espiritual, en una historia utópica, que me valí de un objeto, una rama de palmera, para marcar el curso de la narración.
El titulo es “Espada de Palmera”
Algunos de los que lo leyeron se entusiasmaron y me dijeron que debía publicarlo.
Tengo pensado (no decidido) presentarlo en el blog, a modo de fascículos, (To be continued) que no serán tantos, algunos tal vez, más largos que otros.
Pero antes quiero preguntarles a mis compañeras/ros de los comentarios si les apetece.
En caso que me den luz verde arranco en dos dias.
Muchas gracias, espero vuestra respuesta
Saludos a todas/dos
Y que tengáis un muy buen fin de noviembre y comienzo de diciembre.
jueves 12 de noviembre de 2009
jueves 5 de noviembre de 2009
El fin de África

El fin de África puede ubicarse en cada minuto desde que tomo autobuses, camionetas, camiones, viajando sin parar, en una carrera por llegar a Conakry, a la casa de Estrada, Macenta, Kissidougou, Faranah, la cara contra la ventanilla viendo árboles negros en noches negras, alguna luz de una casa sumida en las tinieblas africanas. Y con la cabeza apoyada en una manta contra la ventana caer en sueños bestiales, de una realidad pasmosa, siempre en otro lugar del mundo, yendo en bicicleta por una carretera limpia, tal vez Suiza, un valle de casas bucólicas, un prado de manzanas, como si el sueño buscara la luz y la pulcritud, lejos de ese ruido de motor y voces de pasajeros que no paran de gritar en toda la noche. Una madrugada vi una larga franja roja como un fuego quieto que ocupaba el horizonte detrás de un bosque de árboles finos, se veían casas aisladas con humo en las chimeneas, alguien haciendo café, desayuno con sopa de algún animal salvaje. De pronto una canción lejana se fue acercando como si volara por encima de los árboles, y a medida que la canción se aproximaba sentía mis huesos derramarse uno por uno, entonces desperté y era el mismo amanecer con líneas rojizas cruzando por una sabana. Casi todos los pasajeros estaban dormidos, salvo unas voces que discutían, y otro que tosía.
En una camioneta con capacidad para veinte pero íbamos cincuenta y el chasis chocaba rítmicamente en el suelo, soñé que estaba en el mar. Las olas se enrollaban en la arena de la orilla lo más parecido a un largo cordón de tarta de chocolate con nata. La luz del sol parecía de otro planeta, y la voz de mi hermano Rodrigo dando gritos ¡José, José, toninas, mirá allá, están pasando las toninas! Y yo me metía en el agua tratando de alcanzar las aletas que emergían suaves y se hundían y volvían a salir con los cuerpos brillantes, el ojo de una tonina me miraba y se reía y su risa aguda se fusionó con la bocina estridente de la camioneta que estuvo a punto de estrellarse con un camión que venía a contramano.
Entonces tenía aplastado contra mi hombro a un tipo simpático que se presentó como Ismael, me dijo que vivía en Mamou y que me invitaba a su casa a pasar la noche, va a ser mejor que duermas bien y mañana descansado tomes el autobús a Conakry
Me dijo –Tengo dos mujeres, los musulmanes podemos tener más de una pero no más de cuatro.
En la oscuridad de la noche lo seguí por una pendiente de casas cuadradas, todas iguales, parecidas a casillas de electricidad. Ismael abrió la puerta, encendió la luz de su mínima cocina y llamó riéndose a sus mujeres.
Parecían hermanas, ¿serian hermanas o se habrían mimetizado? Y más parecidas aún en la mirada de desconfianza que me dirigieron y la boca abierta por la sorpresa. La más alta empezó a rumiar una protesta, la otra se acopló subiendo el tono, acto seguido las dos iniciaron un griterío y el pobre Ismael dobló la boca como si fuese a llorar.
−Mis mujeres me dicen que no, que no te puedes quedar.
−Pero es muy tarde, ¿dónde voy a dormir?
−Puedes quedarte en la estación de autobuses y tomar el que sale a las tres.
Y por esta coincidencia de la mujer que lleva los pantalones, ¡Y esta vez eran dos!, tuve que esperar el bus de las tres tratando de no dormir agarrado al bolso.
Cuando llegó el bus repintado de colores, entré con la tromba humana y salté a la ventanilla pero no me acuerdo en que momento, antes de que encienda el motor, el sueño me ocupó como una nube pesada y quedé frito. Esta vez sin sueños. Como si entrara en una nada, sintiendo que estoy ahí, que soy esa misma nada.
Del viaje recuerdo sabanas y montes oscuros, recuerdo aldeas y pueblos con casas rotas y carrocerías de coches destartalados, recuerdo haber visto muertos en la carretera, una mujer boca abajo con las huellas de las ruedas de un camión marcadas en su espalda. Y recuerdo haber visto de muy cerca en la tarde árboles salvajes, lejos de cualquier humano que venga a decidir sobre sus podas y su dirección de crecimiento. Y esto fue como un símbolo para los pensamientos que vendrían después.
Llegué a Conakry de día. Me bajé en un centro atestado de tráfico y bocinas, calles rotas, grúas, tiendas de música, agencias. Una ciudad que parecía estar despertando a las risas.
Se veían mas blancos que en ningún lado, y no eran viajeros, iban en lujosos jeeps, iban con sus hijos al colegio. Algunos caminando por la calle, vestidos con camisa y corbata, ¡con ese calor!
De una cabina llamé por teléfono y me atendió Raul Estrada, venite ya, tomate un taxi que te lo pago yo, te esperamos en casa.
Me dio la dirección. Era chocante el acento argentino en medio de ese caos.
Vivian los Estrada en una mansión tan al borde del mar que las olas batían por debajo del balcón de la terraza. La figura de Sara Estrada, madre de mis amigos, abriendo los brazos, dándome la bienvenida en el porche, tenía tanto de onírico que pensé “ahora despierto y sigo con la cabeza golpeando en la ventanilla del autobús”
Esa noche cené con Raúl , su mujer, y Sara en una gran mesa atendida por sirvientes uniformados con guantes blancos. La entrada fue ensaladas, jabugos, quesos, papitas con mayonesa y sala rosa, y una copa de champan. Al levantar la copa y ver las burbujas riéndose en la efervescencia me vino un repentino miedo, como si este cuerpo no me perteneciera y la voluntad estuviese dominada por un ente desconocido. Creí que la copa iba a dar al suelo y yo me iba a revolcar en los cristales, porque la locura estaba ahí, agazapada debajo de la mesa. Lo que había vivido en viajes duros, en peligros, en inmensidades, en humanos prensados, en camiones, en muertos, en suciedad y olores ácidos, seguía aun pegado en mi nuca y el choque con la copa y las burbujas estaba a punto de romper mi equilibrio.
Cerré los ojos.
Respiré.
Y me preparé para entrar en el mundo blanco.
Y este es el final. Lo que sigue en ese mes que viví en Conakry no pertenece al África que yo quería escribir. Se trata solamente de la otra cara, el África del colono.
El colono es un tipo de mirada violeta, desgajado de cualquier lugar. Pendiente hasta la enfermedad de su imagen ante los demás. A veces alcohólico. A veces asesino o estafador en potencia con busca y captura por la interpol. A veces un pobre infeliz que por ser mosquito en su tierra pretende ser rey en África y por fin se da el lujo de tener esclavos que les llaman los boy. El colono pude ser francés, belga, italiano, español, ruso, etc. Del país que venga inviste una sola idiosincrasia infectada de un racismo fundamentalista. Le oí decir a un belga que los negros eran una especie diferente entre el animal y el humano. Cuando le conté a otro colono la barbaridad que acaba de oír, me dijo; Tienes que vivir un tiempo aquí para entender lo que dijo el belga.
Los colonos ocuparon Guinea Conakry a la caída del dictador Séko Touré, y prometieron restaurar el país, con compensación está claro, dicho en otras palabras, con la debida succión,
El Blanco Inevitable, gran cuento de Jack London.
El blanco inevitable en un tiempo invadió estos países con buques de guerra de los que desembarcaban ejércitos con elegantes uniformes, y dispuestos para cargarse a miles de indígenas y plantar con orgullo la bandera de la corona. El general de tal gesta se convertía en héroe compensado con un titulo nobiliario y una futura estatua de bronce, cuya cabeza sería blanca también, de tanta caca de paloma.
Sin embargo hoy la invasión se vale de una técnica infalible e hipócrita: el comercio.
El colono devasta la tierra, la succiona, corrompe el país, esclaviza, maltrata, escupe en las tradiciones, hasta que una buena tarde tiene que huir con su mujer, sus hijos, algunos muebles, dejando detrás una casa incendiada por africanos que por fin perdieron la paciencia.
Si yo he visto un hombre matar a otro con una piedra, cuantos morirán exterminados por el comercio de las naciones autollamadas “primer mundo”. Una vez un cura me dijo que era común en África que un hombre ciego de ira matara a otro con un palo. Pero era abominable el que vestido con galones, fumándose un cigarrillo, planificaba en una mesa, la masacre de miles de hombres.
El inevitable blanco es el jardinero que mutila el árbol para que sea arbolito.
Pero el arbolito sigue con su sabia escondida para un día dar el grito y sacar de sus costados las ramas salvajes y ser otra vez uno más de la creación espontanea, la que surgió en el mundo anterior.
Anterior a todo esto que estamos viviendo.
En una camioneta con capacidad para veinte pero íbamos cincuenta y el chasis chocaba rítmicamente en el suelo, soñé que estaba en el mar. Las olas se enrollaban en la arena de la orilla lo más parecido a un largo cordón de tarta de chocolate con nata. La luz del sol parecía de otro planeta, y la voz de mi hermano Rodrigo dando gritos ¡José, José, toninas, mirá allá, están pasando las toninas! Y yo me metía en el agua tratando de alcanzar las aletas que emergían suaves y se hundían y volvían a salir con los cuerpos brillantes, el ojo de una tonina me miraba y se reía y su risa aguda se fusionó con la bocina estridente de la camioneta que estuvo a punto de estrellarse con un camión que venía a contramano.
Entonces tenía aplastado contra mi hombro a un tipo simpático que se presentó como Ismael, me dijo que vivía en Mamou y que me invitaba a su casa a pasar la noche, va a ser mejor que duermas bien y mañana descansado tomes el autobús a Conakry
Me dijo –Tengo dos mujeres, los musulmanes podemos tener más de una pero no más de cuatro.
En la oscuridad de la noche lo seguí por una pendiente de casas cuadradas, todas iguales, parecidas a casillas de electricidad. Ismael abrió la puerta, encendió la luz de su mínima cocina y llamó riéndose a sus mujeres.
Parecían hermanas, ¿serian hermanas o se habrían mimetizado? Y más parecidas aún en la mirada de desconfianza que me dirigieron y la boca abierta por la sorpresa. La más alta empezó a rumiar una protesta, la otra se acopló subiendo el tono, acto seguido las dos iniciaron un griterío y el pobre Ismael dobló la boca como si fuese a llorar.
−Mis mujeres me dicen que no, que no te puedes quedar.
−Pero es muy tarde, ¿dónde voy a dormir?
−Puedes quedarte en la estación de autobuses y tomar el que sale a las tres.
Y por esta coincidencia de la mujer que lleva los pantalones, ¡Y esta vez eran dos!, tuve que esperar el bus de las tres tratando de no dormir agarrado al bolso.
Cuando llegó el bus repintado de colores, entré con la tromba humana y salté a la ventanilla pero no me acuerdo en que momento, antes de que encienda el motor, el sueño me ocupó como una nube pesada y quedé frito. Esta vez sin sueños. Como si entrara en una nada, sintiendo que estoy ahí, que soy esa misma nada.
Del viaje recuerdo sabanas y montes oscuros, recuerdo aldeas y pueblos con casas rotas y carrocerías de coches destartalados, recuerdo haber visto muertos en la carretera, una mujer boca abajo con las huellas de las ruedas de un camión marcadas en su espalda. Y recuerdo haber visto de muy cerca en la tarde árboles salvajes, lejos de cualquier humano que venga a decidir sobre sus podas y su dirección de crecimiento. Y esto fue como un símbolo para los pensamientos que vendrían después.
Llegué a Conakry de día. Me bajé en un centro atestado de tráfico y bocinas, calles rotas, grúas, tiendas de música, agencias. Una ciudad que parecía estar despertando a las risas.
Se veían mas blancos que en ningún lado, y no eran viajeros, iban en lujosos jeeps, iban con sus hijos al colegio. Algunos caminando por la calle, vestidos con camisa y corbata, ¡con ese calor!
De una cabina llamé por teléfono y me atendió Raul Estrada, venite ya, tomate un taxi que te lo pago yo, te esperamos en casa.
Me dio la dirección. Era chocante el acento argentino en medio de ese caos.
Vivian los Estrada en una mansión tan al borde del mar que las olas batían por debajo del balcón de la terraza. La figura de Sara Estrada, madre de mis amigos, abriendo los brazos, dándome la bienvenida en el porche, tenía tanto de onírico que pensé “ahora despierto y sigo con la cabeza golpeando en la ventanilla del autobús”
Esa noche cené con Raúl , su mujer, y Sara en una gran mesa atendida por sirvientes uniformados con guantes blancos. La entrada fue ensaladas, jabugos, quesos, papitas con mayonesa y sala rosa, y una copa de champan. Al levantar la copa y ver las burbujas riéndose en la efervescencia me vino un repentino miedo, como si este cuerpo no me perteneciera y la voluntad estuviese dominada por un ente desconocido. Creí que la copa iba a dar al suelo y yo me iba a revolcar en los cristales, porque la locura estaba ahí, agazapada debajo de la mesa. Lo que había vivido en viajes duros, en peligros, en inmensidades, en humanos prensados, en camiones, en muertos, en suciedad y olores ácidos, seguía aun pegado en mi nuca y el choque con la copa y las burbujas estaba a punto de romper mi equilibrio.
Cerré los ojos.
Respiré.
Y me preparé para entrar en el mundo blanco.
Y este es el final. Lo que sigue en ese mes que viví en Conakry no pertenece al África que yo quería escribir. Se trata solamente de la otra cara, el África del colono.
El colono es un tipo de mirada violeta, desgajado de cualquier lugar. Pendiente hasta la enfermedad de su imagen ante los demás. A veces alcohólico. A veces asesino o estafador en potencia con busca y captura por la interpol. A veces un pobre infeliz que por ser mosquito en su tierra pretende ser rey en África y por fin se da el lujo de tener esclavos que les llaman los boy. El colono pude ser francés, belga, italiano, español, ruso, etc. Del país que venga inviste una sola idiosincrasia infectada de un racismo fundamentalista. Le oí decir a un belga que los negros eran una especie diferente entre el animal y el humano. Cuando le conté a otro colono la barbaridad que acaba de oír, me dijo; Tienes que vivir un tiempo aquí para entender lo que dijo el belga.
Los colonos ocuparon Guinea Conakry a la caída del dictador Séko Touré, y prometieron restaurar el país, con compensación está claro, dicho en otras palabras, con la debida succión,
El Blanco Inevitable, gran cuento de Jack London.
El blanco inevitable en un tiempo invadió estos países con buques de guerra de los que desembarcaban ejércitos con elegantes uniformes, y dispuestos para cargarse a miles de indígenas y plantar con orgullo la bandera de la corona. El general de tal gesta se convertía en héroe compensado con un titulo nobiliario y una futura estatua de bronce, cuya cabeza sería blanca también, de tanta caca de paloma.
Sin embargo hoy la invasión se vale de una técnica infalible e hipócrita: el comercio.
El colono devasta la tierra, la succiona, corrompe el país, esclaviza, maltrata, escupe en las tradiciones, hasta que una buena tarde tiene que huir con su mujer, sus hijos, algunos muebles, dejando detrás una casa incendiada por africanos que por fin perdieron la paciencia.
Si yo he visto un hombre matar a otro con una piedra, cuantos morirán exterminados por el comercio de las naciones autollamadas “primer mundo”. Una vez un cura me dijo que era común en África que un hombre ciego de ira matara a otro con un palo. Pero era abominable el que vestido con galones, fumándose un cigarrillo, planificaba en una mesa, la masacre de miles de hombres.
El inevitable blanco es el jardinero que mutila el árbol para que sea arbolito.
Pero el arbolito sigue con su sabia escondida para un día dar el grito y sacar de sus costados las ramas salvajes y ser otra vez uno más de la creación espontanea, la que surgió en el mundo anterior.
Anterior a todo esto que estamos viviendo.
miércoles 28 de octubre de 2009
coros de la muerte

No me acuerdo quien me dijo que en Man, el pueblo al noreste de Costa de Marfil, una etnia practicaba la antropofagia. Al igual que en Vanuatu, comían a los familiares luego de la muerte, de modo que el cementerio era el estomago de cada uno de los parientes. El que me contó esto me dijo que uno de sus miembros fue a estudiar medicina a Londres, se casó con una pelirroja inglesa, tuvo un par de hijos y un día recibió una carta de Man; ven pronto, murió abuela. El hombre viajó a su pueblo, cumplió con los funerales y al regresar a Londres le confesó a su mujer la costumbre de su gente, y que no se preocupe, porque de su abuela le tocó solo un dedo. La mujer se separó. No había amor.
Si hay amor se puede compartir un dedo.
Cuando llegué a Man con mi bolsa y ese calor del mediodía, no quise preguntar por el grupo de caníbales. En estos viajes hay que estar en continua alerta. Man sin embargo era un pueblo agradable de tierra roja como la sangre y casas de tejados claros, muchos árboles en las calles, y en esa pensión que daba a una especie de plaza me tocó un cuarto pequeño, no estaba mal, había otros cuartos, un patio de tierra con un par de palmeras y la mesa para el desayuno.
Fue precisamente en uno de esos desayunos que asistí a una insólita discusión. Un hombre vestido con elegante bobu le contaba a un muchacho de camisa verde y pantalón oscuro, las peripecias que pasó en Paris. Le hablaba de los espantosos patrones que tuvo cuando trabajó en la Renault, le decía que los franceses parecen de otro mundo, como si siempre tuviesen frio pero no quieren demostrarlo, por eso arrugan las bocas en un gesto de perene desprecio.
Tú no me lo vas a creer decía el hombre del bobu, pero en un edificio, los vecinos que llevan más de veinte años viviendo puerta con puerta, no se dicen bonjour.
“N´est ce pas” no es verdad −dijo el muchacho seguro de que le tomaba el pelo y era lógico que pensara así cuando en todo África del Este el saludo es buenos dias, buenos dias, como estás, muy bien ¿y tú?, yo también ¿y tu salud?, mi salud muy bien ¿y la tuya?, la mía también ¿tu familia? , la mía bien ¿y la tuya? la mía también.
Y es de pésima educación saltarse uno de los saludos.
Pas vrais −insistía el muchacho.
−C’est vrais es verdad −decía el hombre entendiendo al tiempo que el otro no podía entender.
−Como no se van a decir…
− ¡Van en el mismo ascensor y no se hablan!
−Pas vrais –repetía como un pájaro el muchacho atónito.
Intervine para decirle que sí, es así, pero no solo en París sino en todas las ciudades, no se dicen buenos días ni nada y viven toda la vida unos pegados a otros.
Qué pocos francos cefas me quedaban. Tenía que llegar a Conakry donde estaban mis amigos Estrada, y el viaje sería duro porque ya no podía seguir pagando alojamientos de ninguna especie. Miré en el mapa el largo recorrido en autobuses y camionetas que haría en los próximos días y eso fue lo primero que me trajo mareos. Luego un huevo duro en ese patio donde el muchacho ahora me pedía que le cuente cosas de mi cuidad. Yo no vivo en ninguna ciudad y este huevo me parece que estaba malo.
Salí con nauseas a caminar por esas calles de piedrecilla roja. Pasaban cabras arriadas por mujeres musulmanes que llevan las cabezas cubiertas por tules negros y los pies pintados del polvo rojo de la tierra, me miraban y saludaban agitanado sus bastones. Allá en otra plaza un grupo de gente gritaba al unísono en torno a dos tipos que estaban bailando.
No estaban bailando.
Cuando me acerqué los vi dando saltos ridículos en un match de boxeo. Los movimientos tan estrafalarios me hicieron pensar que jugaban a la pelea. El más bajito a cada salto hacía un cambio cómico de piernas, y el otro morrudo de gran cabeza se balanceaba como una peonza. Por entretenerme y olvidarme de lo mal que me cayó el huevo me quedé a mirar quien pegaba primero. Un par de golpes de estudio, los gritos de los espectadores aturdiendo, y los dos ahora giraban buscando un hueco. Ya estaba pensando en sentarme cuando súbitamente se enredaron cuerpo a cuerpo, los gritos de la gente estallaron en el momento que los dos caían entrelazados en el suelo. Hubo un violento revuelo de polvareda rojiza y el ruido de algo que revienta. El bajito se levantó con ojos de loco y una piedra ensangrentada en su mano, como si la fuera arrojar lejos, el otro se sacudía en nervios como una paloma cuando le dan el tiro en el cuello. Los espectadores desaparecieron como si se los hubiese tragado el aire, yo me quedé mirando el rostro del hombre que estaba con los ojos abiertos y muerto. No sé de dónde surgieron esas mujeres cantando un coro de lamentos como una lejana canción que se pierde en la historia del lugar. Cerraban los ojos, se movían como plantas sopladas por el viento y cantaban con ese agudo triste que me persiguió toda la noche. Vomité el huevo duro en el patio. Vi las estrellas desteñidas por la nausea que sentía en el estomago, y en el sueño, maldita sea, seguí escuchando el coro de la muerte y no sé cuantas veces se repitió el hombre que se sacudía como una paloma cuando…….
Próximo: el fin de Africa.
sábado 24 de octubre de 2009
que hace una chica como tú en ...........

Sentado en esa piedra lisa que era gris oscura veía el horizonte del gran océano en una playa que por suerte no había nadie, solo palmeras, solo las piedras perfectamente redondas y tanto rato estuve allí antes de buscar un lugar donde pasar la noche, porque el José del pasado, aquel chico de ocho años, se hallaba también mirando el horizonte en una costa lejana al otro lado del mar y yo estaba seguro que al ponerse el sol del año 1988 él estaría viendo la salida del sol del año 1953 en aquella playa inmensa del extremo sur de América y se quedaría así como estaba yo, abrazando las rodillas con la sonrisa fija en ese horizonte azul porque pensaba en todos los países que lo esperaban, en todas las sorpresas, en todas las aventuras, en todos los amores, mirando de aquel lado la misma línea de mar que yo ahora miraba.
En Abiyán el mar no había sido éste, sino un mar de agua sucia, un mar roto entre edificios infectados de ventanas calientes, un mar mezclado de barcos humeantes y escolleras llenas de basura. Abiyán era una termita donde el calor rebotaba en las paredes y parecía reventar el asfalto. Por todas partes había sombras que asechaban. Solo pude estar un día y una noche porque la habitación mínima que estaba entre las más baratas me quitó la mitad del presupuesto. Tenía un ventilador parecido al de Banfora que echaba aire metálico con ruido a turbina rota: las calles nocturnas eran peligrosas, me dijo un francés, aquí el que vive en las residencias de ricos, está seguro rodeado de guaridas, pero en este barrio…
La gente de Costa de Marfil dice ser la más civilizada del África francesa. En el tren que tomé en Banfora un estudiante marfileño me dio la paliza alabando su gran nación y me preguntó en qué otros países había estado, cuando le mencioné Mali, se rió con ojos de buitre y me soltó el gastado y tan blanco slogan occidental: “Los malineses siguen viviendo arriba de los árboles” nadie se cura en esta esfera del cosmos y que siga el juego de terrícolas que no paran escupiéndose desde distintos peldaños de la escalera llamada humana. Por más variados colores que tengan son iguales debajo de esa pantalla que le llaman piel. Blanco, amarillo o negro o marrón o gris, pueden ser santos o magníficos, generosos y justos, perversos y mentirosos, y los hay demoniacos, y aunque no exista la raza, está plagado de racistas hijoeputas.
Era un pueblo de Sassandra tranquilo sobre una de las playas más hermosas que haya visto, como salida de un dibujo de niños con sus piedras redondas y grises, la arena tranquila y limpia, sus palmeras parecidas a indígenas gigantes con la corona de plumas, y allí el océano de las leyendas, el océano de los bucaneros, de los navegantes portugueses, el océano de Conrad, de London, de Melville, y aquí las barreras de olas que rompen cargadas de espumas y el sol de la mañana parece zambullirse en el medio y dividirse en diminutos soles que se revuelven entre las espumas.
Al mediodía cuando llegué a ese albergue, decía “Hotel” en el arco de entrada hecho de palos, era barato. El cuarto también de madera castigada por el salitre del mar cuyas olas sonaban allí, a pocos metros, y una cama al ras del suelo y una mesa de caja de frutas. La ventilación era la brisa que corría entre las ranuras de la madera, por fin, al fin, iba a pasar una noche alegre, fresca, y sin ruidos.
Dejé la mochila y salí afuera donde se come.
Una gran olla hervía encima de leñas que ardían, y por la tapa se asomaba agitándose, la mano de un mono. Más allá en una mesa larga bebían cerveza un grupo de personajes que me recordaron otra vez a Sudamérica, negros con gorros de beisbol y camisas a cuadros, reventaban a carcajadas y bebían de gollete. En medio de ellos había una sola mujer blanca, retacona, de pelo rizado y teñido de rubio.
− ¿De dónde eres tú? –me dijo uno empuñando la botella.
−De España.
−Espagnol, espagnol –gritó señalando la rubia –elle aussi c’est espagnol, alore.
Ella preguntó primero.
− Y luegu ¿De que parte de España eres?
−Soy de Argentina pero nacionalizado español, ¿y tú?
−Yo soy de la Coruña.
En ese instante mi cerebro cantó “que hace una chica como tú en un lugar como éste”.
.Y ella sin haber oído la canción, la respondió:
−Hace veinte años que vivo en Abiyán, dónde hay gente muy mala, usté sabe, el mes pasado caímos en desgracia, un malviviente nos puso un somnífero en la climatisé y nos anestecicó para rubarnos todo lo que teníamos después de tanto esfuerzo y trabju, se llevó hasta la ropa interior de mí y de mi marido el Manolo que Dios me lo guarde, y ahora estamos sin nada por eso he venido a Sassandra a cobrarle a un sinvergüenza que nus debe dinerou y mire, aquí estoy, esperando la comida, no sé a qué hora va a terminar de hacerse ese mono.
Con los saltos que daba la olla, la mano negra y peluda del desgraciado simio se sacudía como en un intermitente adiós.
Próximo: los coros de la muerte.
martes 20 de octubre de 2009
LE VOLEUR

Las rejas eran tan estrechas que apenas podía sobresalir la muñeca, el aire se metía en el cuarto en una bocanada espesa de humedad caliente, y el guardián seguía pasando allí abajo donde daba el sol. No quería mirarme, y caminaba con arrogancia usando el rifle de bastón.
El ventilador era el único alivio, pensar cómo lo odié en la noche y cuánto le agradecía ahora. Serían las doce del mediodía, ya estaría yo viajando en tren a Abiyán si me hubiese metido en un albergue barato y no en esta mierda que pretende ser un hotel.
Llegué a Banfora al anochecer con el cuerpo desencuadernado por los golpes de la camioneta sin amortiguadores en la route ondulé, esa carretera con relieve de serrucho que descoloca las vertebras una por una. Pues nada, dije, el hotel esta cerca de la estación, ya es tarde y tengo ganas de dormir bien aunque tenga que pagar tanto. El recepcionista parecía arrancado de un tapiz, con su uniforme verde impecable, cuello largo, sonrisa aniñada, un tanto afeminada. Tengo un cuarto barato para usted y como hay poca gente le hago descuento.
El cuarto media uno y medio de largo por medio de ancho, la cama dejaba al menos un espacio para meterse, y en la mesilla cerca de la puerta un ventilador aparatoso apuntaba al pie de la cama. Con descuento y todo era una punzada en el bolsillo pero mi cuerpo no me lo me lo hubiese perdonado si lo rechazaba.
Dormí como un cataléptico. Caí en un abismo de sueños con colores metálicos; una maquina espantosa con ruedas pinchudas avanzaba destrozando casas y yo atado a la tierra la veía venir en medio de ese estrépito que ensordecía. Me desperté con el ruido del ventilador que seguramente era el ruido del sueño. Lo apagué y volví a caer en el colchón como si me hubiesen dado un pentotal. Ahora trataba de librarme de un pantano gris brillante, y yo hundido hasta la cintura me estaba ahogando en la atmósfera que desprendía el pantano, como un aliento denso que no me dejaba respirar. Desperté sudando en medio de un calor húmedo, abriendo la boca, buscando aire. Qué aire ni qué ocho cuartos. Seguía respirando la emanación del pantano en la oscuridad estrecha del cuarto. Prendí el ventilador y ya no pude dormir por un rato. El ventilador se sacudía como si diera una alarma, y de pronto, entre los golpes de las paletas, escucho ¡clin! La llave de la puerta se cae al suelo. Apago el ventilador y clin clin clin, la llave es arrastrada con un alambre por debajo del umbral hacia el pasillo. ¡Encender la luz urgente! El cuchillo tuareg, el miedo que ayuda en este caso; ¡Quién anda, ahí! ¡Quien anda ahí! Me quedo de pie en postura de guerra con una parte del cerebro en el pantano y otra parte en esa puerta que podía abrirse y mostrarme el fantasma de la noche. ¡Quien anda ahí! Los pasos que sonaron eran del ladrón que huía con mi llave.
Los golpes en la puerta los empecé a dar muy temprano. Estaba preso. La prisión tenía rejas en la ventana como se debe. Carajo, no podía salir. El tren de las siete ya lo perdía, y me dolían las manos de dar tanto golpe. Oí pasos en el parque, me asomé y vi al guardián, un anciano alto que pasaba con su rifle bastón. Entonces con la cara pegada a las rejas lo llamé. Ale, ale, el ladrón empujó la llave y se la llevó por debajo de la puerta, estoy encerrado, por favor llame a alguien para que venga a abrirme.
−No es posible –gritó enfadado− ¿Dónde está la llave?
− ¡La llave la tiene el ladrón!
−Y usted porque no sale.
−Porque la puerta está cerrada
−Abra la puerta con la llave.
−No puedo, se la llevó el ladrón.
Levanta la escopeta como si fuera a disparar al cielo, arruga la cara como una pasa y grita.
− ¡Tú tienes la llave!
−¡Como la voy a tener si me la quitó el ladrón!
En ese trance, vi a Kafka que se sentaba debajo de un árbol y sacaba su libreta de notas, porque yo también iba ingresando en el absurdo gritando ¡estoy encerrado y el ladrón tiene la llave y la respuesta era tú tienes la llave, tu eres el ladrón, y mi cara era un dibujo pálido contra las rejas de esa ventana prisión.
Luego Kafka se habrá trasladado al pasillo cuando al golpear la puerta entablo un dialogo parecido con una voz al otro lado que me decía ¡busca la llave! l
−La clé partie avec le voleur
−le voleur c’est toi – gritaba enloquecido la voz detrás de la puerta. Y la voz mía, o de eso que pierde la cabeza, tan distinto a mí, se escucharía hasta en la sala ¡abran hijos de puta! ¡Abrraaaaann!
Y así seguimos sin cambiar el libreto del voleur que se llevó la llave y ahora oía dos voces que insistían en que yo la tenia y yo era le voleur. A la una del mediodía, por fin, por fin, se abre la puerta, y veo al recepcioncita lechuga que me sonríe aniñado. Detrás de él, un personaje encorvado por el odio y a su lado el guardián con la escopeta. El encorvado grita al recepcionista, ¡él tiene la llave!
Inmediatamente respondo, la llave la tiene este hombre –señalo al encorvado− que intentó robarme a la noche.
Fuera de sí el encorvado aúlla.
−¡C´est lui, c´est lui le voleur, c´est lui, c’est lui, qui a le clé!
En un rapto de sensatez, le dije al niño lechuga que quería hablar a solas con él. Fuimos hasta la entrada del hotel. Déjame ir que estoy por perder el tren de las dos, le dije, y te aconsejo que tengas cuidado, porque este hombre robará al próximo cliente. Ohh, me dijo, muchas gracias, muchas gracias, y buen viaje.
Tenía que apurarme porque faltaba poco para que salga el tren a Abiyán. Con la mochila en la espalda intenté una marcha rápida cuando oí unos pasos que venían corriendo detrás de mí. No quise volverme por no ver la fachada amarillenta del maldito hotel, Monsieur, monsieur, escuché, El recepcionista, me alcanzó agitado, y me dijo sonriente.
−Ahora que no nos ve nadie, dame la llave
En el mismo instante vi al simpático de Kafka sentado en una piedra, muriéndose de risa.
Próximo: que hace una chica como tú…
viernes 16 de octubre de 2009
Le Petit

No hubiese estado ni dos dias en Bobo, incluso si no me hubiese topado con el Petit. Busco su cara en mi memoria y seguramente lo invento; un tipo más bien gordito, de ojos alargados, nariz chata, mirada de soslayo con odio antropológico.
La primera noche cuando me dejó el camión vagué por las calles oscuras en busca de un lugar para dormir. Me salieron cientos de ofertas, ¡Ici monsieur ici !−Vienne a voir− ¡Ici cet votre chambre! Todo era caro, carísimo. Una pocilga apestosa podía vaciarme el bolsillo. En una barranca de tierra conseguí algo más barato después de luchar con los vecinos que me decían, venga a mi sitio señor, cuidado con esa señora, le va dar habitación y después va a llamar a los asaltantes. No había duda que la mentira cuanto más sucia mas permitida estaba en el código de la competencia. La señora muy risueña me dijo que buena persona es usted que no hace caso a esos cerdos, y escupió hacia el lado de sus vecinos.
El cuarto tenía un colchón salpicado de manchas que ocupaba la totalidad del suelo. Podía cerrar la puerta con candado.
Por la mañana Bobo Diulaso se presentó como una nausea con los colores desteñíos de sus calles que buscaban el progreso occidental. El calor pegaba duro, aplanaba nomas a las diez cuando me senté en una de las mesas de la vereda, huevo frito con pan lactar y café negro para espabilarme, el bote de azúcar por favor, gracias. ¡Qué buen café, Si, soy español de Ibiza (lo de argentino no lo digo porque Maradona me tiene frito) sí, sí, ando viajando, me gusta Burkina, no, no trabajo por ahora, trabajo en mi país.
Toda la mesa pendiente del extranjero que come en la calle.
Ese día no pasó nada para ser escrito, como si descansara preparándome para lo que sucedería al día siguiente. Di vueltas y vueltas por todas las calles. Dormí siesta. Y a la noche encontré un restaurante con cerco de palos a la calle, frecuentado por algunos extranjeros, muchos franceses, quizá un gordo alemán. Se comía bien, lo malo era esa cantidad de miserables que se agolpaban contra el cerco delante de las mesas. Uno de los franceses alargó el pan hacia afuera y como rayos, hombres, niños y mujeres corrieron enloquecidos a agarrarlo, lo más parecido a los peces cuando convergen hacia la miga que se tira al estanque. Se lo llevó el más fuerte, un negro como el betún con camisa amarilla que decía ATMA.
Dormí como si me hubiesen pegado un tiro.
En el desayuno le pongo mucha mantequilla al pan, lo mojo en el café negro y decido que al día siguiente voy a subirme en una camioneta para llegar al mar y ver el gran atlántico del lado opuesto al que veía como cuando era niño allá lejos y …hace unos cuantos años.
Dando vueltas por las calles de Bobo llego a ese camión sin ruedas donde hay una fila de movielttes, y el chico que las alquila al verme viene con la moto como si yo la hubiese reservado. Esta anda muy bien, ¿Cuánto? X cefas. Ok. En eso un empujón desplaza al chico y cae al suelo. Es un gordito el que lo ha empujado y ahora me dice en tono feo de orden, “¡no le alquiles a ese que se te va a romper y después la tendrás que pagar!, alquila las mías” y señala cuarto movilettes a un lado. Respondí: Yo se la alquilo al que me dé la gana, o sea a este chico.
El gordito, más alto que yo, de ojos alargados, me soltó en moré algo fuerte de soslayo y se alejó rumiando. El chico asustado me dio la movilette, temblando sus manos en el manubrio.
−Le Petit, il a dit qu´il t´va a tuer. (El Petit dice que te va a matar)
−¿Qui est le Petit ? (quien es el Petit )
−Lui – (ese), señaló hacia donde se fue el gordito.
−Dile al Petit que no se me cruce en el camino porque le voy a partir la nariz.
La movilette iba despacio aunque le diera todo gas, y las casas pasaban sin consistencia porque yo iba pensando en la advertencia de algunos viajeros; “En África o muestras cara de malo o te cuecen vivo”. El Blanco Inevitable, Jack London, o sea un rollo que no me cuadra pero un actor no debe rechazar el papel que le asignan, si no es por guita, al menos, para asegurarse la vida como en este caso.
Cuando devolví la movilette una mujer silenciosa estaba en lugar del chico, y el Petit había desaparecido con sus motos.
Por la tarde caminando como si nada por todos lados, la muerte empezó a hacerme señas irónicas desde distintos rincones. El primero fue un tipo con las manos en los bolsillos parado en una esquina, que al pasar me sopló al oído.
“Le Petit te va a tuer” (el Petit te va matar)
Seguí el paso creyendo que lo había soñado, es que con este calor por ahí me dijo otra cosa y la cabeza que la tengo como una licuadora, pero al cabo de un rato pasa a la carrera un tipo desgarbado que se dobla de flaco y me grita.
¡ Le Petit il va te tuer !
Mierda. Meto la mano en la bolsa y agarro el mango del cuchillo tuareg. ¿Por qué da tanta seguridad ese mango?
Dos más apoyados contra un coche me llaman,
−Monsieur, monsieur, le Petit ayourd,hi va te tuer. (señor, señor, hoy el Petit te va a matar)
Y cada uno de ellos eran los disfraces que la muerte usaba para divertirse. Para ver que cara pone ese intruso ante la posibilidad de un inminente fin.
Y para colmo el último disfraz tenía que ser en ese restaurante donde comen los extranjeros. Justo cuando me traen el pollo con arroz el primer bocado se me atraganta al ver el tipo en aquella esquina que sale de la oscuridad para que le vea bajo el farol, me mira con sonrisa tétrica y pasa el canto de su mano debajo del cuello, el Petit, me decía con señas, te va a degollar.
Si con una mano agarré el mango del cuchillo tuareg con otra mano invisible agarré la mente cerrando la puerta a cualquier pensaimagen que pueda a provocar el pánico. Mente con mecanismo de defensa. ¡Alerta roja! Lo primero censurar ese tipo de pensamientos, eliminar o borrar provisoriamente el pasado, nadie me espera en ningún lado y no quiero ni me quiere nadie. No pienso hacer nada en el futuro porque no existe. Estoy muerto, y mejor que sea un muerto el que regresa a la pensión.
Ni pensé cuantas calles distaban del restaurante a la pensión, pero eran calles oscuras, apenas un bombillo triste en las esquinas. Si yo era un muerto podía exclamar a gritos no está muerto quien pelea. La estrategia la había planeado en el postre, ir por el medio de la calle señalando el cuchillo bien alto a modo de espada y cada dos pasos dar un giro para ver quien viene detrás. Sentía lo que sentirá un soldado en la guerra. Todo está perdido, ¡que más da!, pero el cuchillo tuareg no quedará limpio cuando cierre los ojos. Dos pasos y dar la vuelta, ahora viene uno, no se ve su rostro, es como una sombra que se desliza, es el Petit, cuchillo ya. No, no era. Salió corriendo al verme. Dos pasos, dar la vuelta, no viene nadie, dos pasos, ahora viene uno de frente, se fue a un costado y echó a correr. No era el Petit, dos pasos, volverme y al frente con dos pasos y pronto cojo el ritmo acelerando los pasos y la vuelta mirando a todos lados y a la punta del cuchillo, ahí viene otro, no, no es, cambió de dirección. A la muerte no se la veía, ni siquiera en la oscuridad
Habré tardado más de un hora con esos pasos de danza ritual desde que salí del restaurante hasta que por fin cerré con candado mi puerta y vi las manchas del gran colchón. ¡Casa!
Por la mañana en la ventanilla de la camioneta esperando a que se suban más pasajeros para Banfora, pensé que si el Petit me habrá visto no se asustó por el cuchillo sino por los rarísimos pasos que daba ese blanco loco.
Consejo de viaje: el asesino no le teme a nada, salvo a la locura
Próximo “le Voleur”
lunes 12 de octubre de 2009
BURKINA

A mí me resultaba cómodo que hablara poco, porque podía olvidarme de su presencia y considerarlo un conductor que me lleva (gratis) en el camión por la carretera que atraviesa la sabana rumbo a la frontera. En ese silencio podía quedarme pegado al parabrisas y ver pasar la llanura, algunos árboles, extensos pajonales, aldeas lejanas. Podía ver en el cristal mis pensamientos entremezclados con el paisaje, una manada de cabras que llevan dos mujeres y por dónde será mejor bajar a la costa, si acaso habrá trenes, y si los Estrada estarán en Conakry cuando… y así en palabras y colores irme sigilosamente en el sueño y ver otra vez el tuareg con su camello y su rifle de caño largo, quieto, a contraluz del horizonte que enrojece, y despertar de golpe porque el camión acaba de detenerse delante de la cuerda que levantó un policía bajito de cara batracia que nos mira con rabia como si le hubiésemos hecho algo, pero no es más que teatro, el esplendido teatro africano para sacar provecho porque si tu quieres pasar esos camiones yo te los puedo quitar ¡o no ves que soy la autoridad!, pero entendámonos, ahora toca discutir el precio y en eso Arnaud está mas que acostumbrado, es parte de su oficio.
Arnaud habló dos veces en el viaje. La primera después de arreglar sus cosas con ese policía. Me dijo que llevaba 15 años trayendo camiones de Francia al África. Que no piensa hacer otro trabajo en la vida porque le apasiona esa ruta, porque los imprevistos y las sorpresas le hacen sentirse cada vez más vivo. Traía camiones en los meses de invierno, porque en verano la temperatura del desierto puede llegar a los 60 grados, y no dejan pasar a nadie. Una vez en a finales de Julio me pidieron con urgencia un camión, me pagaban tres veces su precio si podía traerlo. Pasé lejos del puesto de Reggane y circulé solo de noche, de día dormía debajo del camión rodeado por papel aislante, y llegué y caí enfermo, con cuarto kilos menos de peso.
La segunda vez que habló fue unos kilómetros antes de llagar a la frontera. Tengo una doble vida simétricamente marcada, dijo sonriendo, vivo seis meses en Francia y seis en África, tengo en Nimes una mujer francesa y dos hijos blancos, y tengo en Ouagadogu una mujer africana y cuatro hijos negros. Esa es mi vida, un dominó.
Dijo también que las motos y el tractor los tenia que entregar en un lugar cerca de Bobo, sino ya hubiese llegado a Ouagadogu desde la frontera de Sévaré al lado de Mopti
Llegamos a la frontera por la noche. Las fronteras vendrían a ser países apartes. Lo son ¿no?, cada frontera tiene algo de los dos países y una idiosincrasia particular. Hay policías, putas, contrabandistas, delincuentes, pedigüeños, y vehículos parados por todas partes con tipos que están pensando como pasar esa mercadería, viendo el regalito para el gendarme, esa botella no me la puede despreciar.
En esta frontera del lado de Mali una serie de puestos de palos y latas rodeaban el humo negro que salía de un basural. Otros humos de mejor color subían de las cocinas donde estaban asando un animal. Los puestos formaban una curva de luces de velas y faroles de kerosene. Había ollas por todas partes, y gente deambulando entre los humos y la muisca africana y en eso un policía histérico se acerca y me pregunta ¿esos camiones son tuyos?− No −¡Cómo que no! −Que no, no son míos−Sí Son tuyos.
Arnaud se mantenía a distancia escuchando de reojo.
El policía se aclaró− Tú vas a vender esos camiones a Burkina y te van a pagar una miseria, mejor véndelos aquí, yo tengo unos clientes muy ricos, y te los puedo conseguir ahora mismo si los quieres vender en Mali.
Arnaud se acercó, −yo soy el propietario de los camiones
Sonó el típico grito de sorpresa, haaaaaahh. Cambiaron pocas palabras. Luego el policía montó en su bicicleta y desapareció pedaleando detrás la noche.
Al cabo de 20 minutos llegó un Mercedes Benz negro que parecía del presidente. Se bajaron cuatro hombres gordos, bien vestidos: tenían esa cosa coruptopolitica en los modos de hablar, en las gafas oscuras en plena noche, y ahí, al tiro, le hicieron un pedido millonario. Se dieron las manos, palmadas en la espalda y el Mercedes Benz se hundió tan negro en la oscuridad de donde había aparecido
Al día siguiente cruzamos a Faramana en Brukina. Mali se iba alejando detrás del camión tras una neblina de nostalgia, Mali empezaba a formar parte de un pensamiento que busca el pasado. Burkina era tan diferente como haber cambiado de un color a otro. Las casas y la gente parecían más civilizadas, significando en este caso, un país menos inocente, más tramposo, más agresivo, más contaminado con el mundo que le trajo el blanco, y por ende más peligroso. En Burkina había que tener cuidado.
Cuando legamos a Bobo Diulaso atardecía, dando una cierta tristeza a las casas. Arnaud me dejó en algo así como una plaza, o terreno baldío. Sonrió de desde los reflejos de la ventanilla, y el gran Berliet arrancó en un primera forzada. Pasó el segundo camión que traía las motos, el argelino tenía la ventanilla abierta y grito adiós en español levantando el pulgar.
Cuando dieron la curva despareciendo detrás de un conteiner, me vi solo con mi bolsa en el parque, ya no tenía ni jeep ni camión, ni nadie al lado, solo estos zapatos raros, y las piernas para ir por donde sea del África del oeste. Al otro lado del parque había un puesto de techo cónico sostenido por postes de los que colgaban guirnaldas de luces dando un alumbrado de colores a la barra de bebidas. Todo iba al compas de una música africana estridente con galope de tambores. Una pareja bailaba en el medio del circulo, él hombre movía la cintura 100 veces mejor que Elvis Presley, la mujer se sacudía en un ritmo circular como si el culo estuviese directamente conectado con la frecuencia de los tambores.
Había que apurarse a encontrar donde dormir antes que me cace la noche.
Próximo: le Petit
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