Es papá, ¡ése es papá! –No, no es –Sí, ¡no lo ves! – No – Sí, ése, el que está cerca del peón gordo − ¡Cierto!, ¡no puede ser!, ¡es papá! – ¡Y miren allí en los pinos! − ¡Marta!, ¡allá esta Marta y mamá!
Desde lo alto del médano los veíamos aparecer por debajo de los pinos. Y con ellos unos peones de la estancia.
− ¡Estela!, ¡también está Estela al lado de mamá!
− ¡Mierda ese es papi! –gritó Recaredo en tal ataque de rabia que le temblaba el puño. Había dos tipos con camisas blancas que lo llamaron a papá y nos señalaron. ¡Estamos descubiertos!, ya nos vieron. Nos costó creer que era verdad, que no estábamos soñando. Debimos haber escapado mucho antes en vez de quedarnos mirando, pero fue tal la sorpresa que no podíamos movernos y seguíamos viéndolos allá abajo junto a los peones, y ¿Quiénes eran los de las camisas blancas?, ¡podridos como los celadores!
Apoyado contra un árbol estaba el campesino con los brazos cruzados, con la misma postura de cuando lo vimos en la playa, pero ahora una sombra le tapaba la cara. Me hubiese gustado estar ahí frente a él para ver que cara ponía el enviado de los grandes. “Les voy a traer algo que les va a servir para el viaje y no me meto mas”. Hijo de puta.
Los camisas blancas empezaron a trepar el médano y detrás los peones que iban más lentos. Saltamos al otro lado rodando y el sol daba vueltas con muchos soles girando que por instantes los cubría Rodrigo que rodaba levantando polvaredas de arena y las vueltas fueron más rápidas con los granitos picando en la cara. Recaredo se desvió y tuvo que levantarse y volver a saltar la barranca de arena, pero ya estaba muy retrasado. Los camisas blancas habían llegado a la cima y uno señaló a Recaredo que seguía rodando.
− ¡Corramos hacia la playa Rodrigo!
No me escuchó. ¡No Rodrigo hacia allí no! Pero seguía corriendo hacia un bosque que se veía lejos. Dos peones se lanzaron a la carrera acortando camino para salirle al paso. ¡No Rodrigo! ¡A la plaaaaayaaaa!, allí no te van a…
Salí disparado al ver los camisas blancas bajar la barranca y trepé el segundo médano que interceptaba la playa. ¡A la orilla, la orilla es lo mío! En la orilla nadie me va a alcanzar. ¡Porqué vinieron a buscarnos! ¡Porque mierda!
Escuché un alarido detrás. Lo agarraron a Recaredo. ¡Carajo! Lo agarraron. Recaredo cayó. Desde el médano se podía ver todo, los tipos de camisa blanca encima de Recaredo y Recaredo debatiéndose entre rodillazos y golpes tratando de zafarse. El grito de rabia ¡La puta!, en el momento que se levanta para escapar pero el camisa blanca le tuerce el cuello. Desde lo alto del médano los veía en una lucha de movimientos rarísimos, hasta que Recaredo volvió a caer de boca y el perro asqueroso de camisa blanca le hundió la cara en la arena apretándole la cabeza.
Soplaba el viento levantando arena. Era triste. Recaredo ahora alzando la cabeza queriendo mirar pero no ve nada. Jorgito que viene corriendo nervioso y trae la cachetada preparada de dias y dias. Fue un momento larguísimo el de la cachetada que parecía frenada por el aire.
Recaredo esta anulado, anulado.
Cuántas estrellas veíamos aquella noche tan libre cuando estábamos recostados mirando el universo de infinitas luces, “¡Miren aquellas que parecen un chorro de estrellas! Y allá apenas se ven las diminutas, la que tengo aquí encima es medio rojiza, ¿la ven?” La voz de Recaredo me retumbaba detrás
“Oigan, ¿Cómo es eso de que nunca se acaba? ¿Allá nada termina?
−Nada –dije mirando como lo recogían torciéndole el brazo.
“Oigan” volvió a retumbar su voz “Por ahí nos metimos en una playa que es como el mar y como las estrellas, que nunca terminan.
−Nunca, nunca – y los camisas blancas se lo llevaron trabándoles los brazos contra la espalda.
Tragué granitos pegando de cabeza en la arena y en un segundo di la vuelta y salí recto corriendo hacia el último médano que lo subí rápido, como si fuera llano. Desde arriba vi la inmensa orilla y el cordón de espumas de las olas rompiendo en ese espacio sin fin donde ya nadie podría alcanzarme, nadie va a correr como yo por esa orilla. Por el otro lado está el bosquecito de pinos colorados. ¡Rodrigo, Rodrigo dónde estás!
No se veía a nadie, a lo mejor se escondió y sale a la orilla más adelante para encontrarme, pero pronto apareció papá caminando hacia el bosque con paso duro, amenazante. Detrás de un médano surgieron tres figuras. Traían a alguien como un animal cazado, ensartado entre dos peones. Lo traían a Rodrigo.
Venían arrastrándolo por los brazos. Papá alcanzó a los peones y se volvió indicándoles el sitio donde tenían que llevarlo. Rodrigo dio un sacudón para escapar, pero le estiraron los brazos y quedó otra vez como muerto. Estaba exhausto, sin nada de fuerzas.
En un instante cayó de rodillas y levantó la cabeza mirando al sol. Tenía un tajo cruzándole la frente con sangre cerca de la ceja. Cerró los ojos dejándose colgar por los brazos, totalmente vencido. Los peones estaban con las camisas desgarradas, a uno le colgaba la mitad de la camisa por la espalda, venían agitados, abriendo la boca, buscando el aire. Le salieron al paso en su huida hacia el bosque, y es peligroso hacerle eso a un lobo marino.
Rodrigo ¿dónde está tu pueblo? – Está perdido, está perdido –No Rodrigo, está allá en la playa, ellos nunca podrán llegar – Mi pueblo está perdido – No Rodrigo, está en tu sueño, aunque te encierren en las malditas paredes, ellos nunca van a saber que tu pueblo existe, porque tu pueblo está en tu sueño que está dentro tuyo. ¿Te acordás?, nos veíamos desde lejos y parecía que estábamos tan cerca como cuando dormíamos bajo el toldo. Qué alto estábamos la noche que veíamos las fogatas dispersas a lo largo de la orilla. “Sabés que bueno, todos vestidos como los indios y las chozas allí, ¿lo ves?, otra chozas junto a los médanos, y otras apareciendo entre los pinos, y la gente saliendo a pescar” “¡Seriamos como animales, como son los indios, ¿no vieron?, que están más cerca del zorro y los bisontes”
Ese es tu pueblo con tu gente.
“Se puede hacer ¡no!, ¡lo vamos a hacer lo vamos a hacer lo vamos a hacer”
¡Ay Rodrigo!, ¡porqué no corriste hacia la orilla!
Rodrigo, Recaredo, amigos míos, algún día nos volveremos a encontrar para caminar juntos. Algún día. Hoy puede ser algún día, ya sabemos muy bien el secreto del tiempo que no existe.
Adiós.
Corrí tanto que volaba sintiendo apenas la arena picándome las plantas de los pies en rápidos raspones por la velocidad asombrosa que había tomado. Aun la orilla quedaba algo lejos, las grandes olas caían en arcos transparentes reventando con espumas que son tan blancas que mi ojo siempre se fija en los soles diminutos que se juntan brillando por encima de las burbujas, y ese viento propio del mar que salpica gotas y respiramos mejor mientras todo alrededor se ha despertado con furia de vida.
No me podían alcanzar, por las piernas me fluía la fuerza que había conocido, la fuerza del mar, la fuerza que hace nadar a las toninas, la fuerza subiendo a una velocidad desconocida, sintiendo las piernas duras que corren solas como si fueran un caballo que me lleva a galope tendido corriendo hacia ese punto que esta como clavado en la orilla. Un palo, es un palo, corriendo en dirección hacia ese palo que era el mismo palo y de lejos se veía confuso por el color de palmera tan parecido a la arena que dejaba una sombra corta a su lado. Con la impresión no me daba cuenta que estaba corriendo hacia ella gritando a todo cuello, ¡Esspaaaaaaaaaddaaaa! ¡esspaaaaaaaddaaaaaaaaaaaa!, enloquecido, cada vez más libre, a punto de saltar y quedarme suspendido en el aire. ¡Había tanta luz de sol! Era…la misma espada de palmera clavada en la orilla ante las olas de un azul muy claro que se elevaban en total silencio y rompían espesas de espumas. Todo de pronto pareció moverse más lento, y de tanto grito y desesperación que había antes, ahora, volvía el silencio por encima del mundo, el verdadero, el mismo silencio que anda por los desiertos. Cada vez más cerca de mi espada, sí, sí, ¡es la misma!, ¡al fiiin!, ¡por fiiiiiinnn!, sabía que iba a aparecer justo cuando todo estaba perdido. Lo más raro que puedo recordar fue que en ese momento las olas no hacían ruido, como si la espada hubiese silenciado toda la playa. Solo un grito de gaviota iba dando vueltas arriba nuestro. Digo: nuestro, o sea, yo y la espada. Yo, quieto, a pocos pasos del espada, tan tranquilo, empezando a sentir los primeros signos del desprendimiento. Los perseguidores ya no existían. Yo, el que piensa, y quiero y no quiere, y va a escapar, tampoco existía. La cosa era tan simple que no puedo contarla. Dentro de ese silencio vi que mi cuerpo se iba moviendo sin que yo le ordene y que muy despacio me iba acercando a la espada y muy despacio levantaba la mano, pero antes de tocarla por primera vez pasó un tiempo tan largo que creí que no iba a poder tocarla nunca. Luego cerré la mano apretando los dedos en la empuñadura, y la arranqué con un movimiento brusco.
Pronto la espada cortaba el aire silbando, y fue cuando me pareció que la gaviota gritaba desde arriba contestando al silbido de la espada. De repente me quedé paralizado apuntando con la espada al sol. Entonces un sonido agudo fue aumentando hasta herirme en los tímpanos, y siguió subiendo, subiendo y aturdiéndome a punto de estallarme en la cabeza. Se me aflojaron las piernas y mi mandíbula quedó colgando, ya no tenía fuerza en ningún musculo, pero no me caía, y no sé qué era eso tan brillante que me encandilaba encegueciéndome. De pronto, como un rayo, el sonido se cortó.
Todo volvió al primer silencio y sentí el instante en que un peso que siempre me había acompañado se desprendía de mi cuerpo, y me quedaba liviano, con un alivio totalmente desconocido.
La gaviota bajó aleteando y aterrizó con pasos suaves por la orilla mojada donde se reflejaban sus plumas en ese espejo del sol. Las olas le llegaban a las patas pero ella corría abriendo las alas como si jugara con el mar. La arena, aquellos médanos y el agua azul del mediodía habían hecho desaparecer el resto de las cosas. Ya no había nada más que por sí solo tuviera importancia. Ni siquiera el palo o espada, ni Jike. ¿Quién era Jike? Los perseguidores no existían. Pero todo en conjunto sí: formaban la vida, y la vida era mucho más inmensa de lo que jamás hubiese imaginado. La palabra “inmensa” la limitaba, y ahora me parecía absurdo que una vez existieran los límites. Ahora era la sensación salvaje y fresca de pingüinos y ballenas y montañas con bosques y ríos. Siglos y siglos atrás se juntaban con siglos y siglos adelante. Supe que el mundo tenía ese aire oceánico de la playa prohibida, porque la playa prohibida esta fuera de los años que rigen al hombre. Y supe quien era Jike, el mismo que yo antes llamaba Tristán; un Jike natural y salvaje, como la playa, como la tierra.
Entonces se fueron acercando lentamente, los peones con las camisas desgarradas por Rodrigo, los otros dos de camisas blancas, papá muy extrañado mirándome como si no me conociera, Jorgito que no le sacaba la vista al palo, los demás peones. Todos me fueron rodeando de un modo lento, con cuidado. Pero era absurdo, al haber desaparecido aquel otro Jike, ya no había más grandes ni chicos. Al no haber grandes, ya no tenía perseguidor.
Di un beso a la espada de palmera que tanto me había enseñado, giré dos veces sobre mí mismo y la lance al mar.
La espada dio vueltas en el aire hasta que la envolvió una ola.
Luego creí que el sol estaba en medio de la próxima ola.
F I N





