sábado 12 de diciembre de 2009

Espada de Palmera - FIN




Es papá, ¡ése es papá! –No, no es –Sí, ¡no lo ves! – No – Sí, ése, el que está cerca del peón gordo − ¡Cierto!, ¡no puede ser!, ¡es papá! – ¡Y miren allí en los pinos! − ¡Marta!, ¡allá esta Marta y mamá!
Desde lo alto del médano los veíamos aparecer por debajo de los pinos. Y con ellos unos peones de la estancia.
− ¡Estela!, ¡también está Estela al lado de mamá!
− ¡Mierda ese es papi! –gritó Recaredo en tal ataque de rabia que le temblaba el puño. Había dos tipos con camisas blancas que lo llamaron a papá y nos señalaron. ¡Estamos descubiertos!, ya nos vieron. Nos costó creer que era verdad, que no estábamos soñando. Debimos haber escapado mucho antes en vez de quedarnos mirando, pero fue tal la sorpresa que no podíamos movernos y seguíamos viéndolos allá abajo junto a los peones, y ¿Quiénes eran los de las camisas blancas?, ¡podridos como los celadores!
Apoyado contra un árbol estaba el campesino con los brazos cruzados, con la misma postura de cuando lo vimos en la playa, pero ahora una sombra le tapaba la cara. Me hubiese gustado estar ahí frente a él para ver que cara ponía el enviado de los grandes. “Les voy a traer algo que les va a servir para el viaje y no me meto mas”. Hijo de puta.
Los camisas blancas empezaron a trepar el médano y detrás los peones que iban más lentos. Saltamos al otro lado rodando y el sol daba vueltas con muchos soles girando que por instantes los cubría Rodrigo que rodaba levantando polvaredas de arena y las vueltas fueron más rápidas con los granitos picando en la cara. Recaredo se desvió y tuvo que levantarse y volver a saltar la barranca de arena, pero ya estaba muy retrasado. Los camisas blancas habían llegado a la cima y uno señaló a Recaredo que seguía rodando.
− ¡Corramos hacia la playa Rodrigo!
No me escuchó. ¡No Rodrigo hacia allí no! Pero seguía corriendo hacia un bosque que se veía lejos. Dos peones se lanzaron a la carrera acortando camino para salirle al paso. ¡No Rodrigo! ¡A la plaaaaayaaaa!, allí no te van a…
Salí disparado al ver los camisas blancas bajar la barranca y trepé el segundo médano que interceptaba la playa. ¡A la orilla, la orilla es lo mío! En la orilla nadie me va a alcanzar. ¡Porqué vinieron a buscarnos! ¡Porque mierda!
Escuché un alarido detrás. Lo agarraron a Recaredo. ¡Carajo! Lo agarraron. Recaredo cayó. Desde el médano se podía ver todo, los tipos de camisa blanca encima de Recaredo y Recaredo debatiéndose entre rodillazos y golpes tratando de zafarse. El grito de rabia ¡La puta!, en el momento que se levanta para escapar pero el camisa blanca le tuerce el cuello. Desde lo alto del médano los veía en una lucha de movimientos rarísimos, hasta que Recaredo volvió a caer de boca y el perro asqueroso de camisa blanca le hundió la cara en la arena apretándole la cabeza.
Soplaba el viento levantando arena. Era triste. Recaredo ahora alzando la cabeza queriendo mirar pero no ve nada. Jorgito que viene corriendo nervioso y trae la cachetada preparada de dias y dias. Fue un momento larguísimo el de la cachetada que parecía frenada por el aire.
Recaredo esta anulado, anulado.

Cuántas estrellas veíamos aquella noche tan libre cuando estábamos recostados mirando el universo de infinitas luces, “¡Miren aquellas que parecen un chorro de estrellas! Y allá apenas se ven las diminutas, la que tengo aquí encima es medio rojiza, ¿la ven?” La voz de Recaredo me retumbaba detrás
“Oigan, ¿Cómo es eso de que nunca se acaba? ¿Allá nada termina?
−Nada –dije mirando como lo recogían torciéndole el brazo.
“Oigan” volvió a retumbar su voz “Por ahí nos metimos en una playa que es como el mar y como las estrellas, que nunca terminan.
−Nunca, nunca – y los camisas blancas se lo llevaron trabándoles los brazos contra la espalda.

Tragué granitos pegando de cabeza en la arena y en un segundo di la vuelta y salí recto corriendo hacia el último médano que lo subí rápido, como si fuera llano. Desde arriba vi la inmensa orilla y el cordón de espumas de las olas rompiendo en ese espacio sin fin donde ya nadie podría alcanzarme, nadie va a correr como yo por esa orilla. Por el otro lado está el bosquecito de pinos colorados. ¡Rodrigo, Rodrigo dónde estás!
No se veía a nadie, a lo mejor se escondió y sale a la orilla más adelante para encontrarme, pero pronto apareció papá caminando hacia el bosque con paso duro, amenazante. Detrás de un médano surgieron tres figuras. Traían a alguien como un animal cazado, ensartado entre dos peones. Lo traían a Rodrigo.
Venían arrastrándolo por los brazos. Papá alcanzó a los peones y se volvió indicándoles el sitio donde tenían que llevarlo. Rodrigo dio un sacudón para escapar, pero le estiraron los brazos y quedó otra vez como muerto. Estaba exhausto, sin nada de fuerzas.
En un instante cayó de rodillas y levantó la cabeza mirando al sol. Tenía un tajo cruzándole la frente con sangre cerca de la ceja. Cerró los ojos dejándose colgar por los brazos, totalmente vencido. Los peones estaban con las camisas desgarradas, a uno le colgaba la mitad de la camisa por la espalda, venían agitados, abriendo la boca, buscando el aire. Le salieron al paso en su huida hacia el bosque, y es peligroso hacerle eso a un lobo marino.

Rodrigo ¿dónde está tu pueblo? – Está perdido, está perdido –No Rodrigo, está allá en la playa, ellos nunca podrán llegar – Mi pueblo está perdido – No Rodrigo, está en tu sueño, aunque te encierren en las malditas paredes, ellos nunca van a saber que tu pueblo existe, porque tu pueblo está en tu sueño que está dentro tuyo. ¿Te acordás?, nos veíamos desde lejos y parecía que estábamos tan cerca como cuando dormíamos bajo el toldo. Qué alto estábamos la noche que veíamos las fogatas dispersas a lo largo de la orilla. “Sabés que bueno, todos vestidos como los indios y las chozas allí, ¿lo ves?, otra chozas junto a los médanos, y otras apareciendo entre los pinos, y la gente saliendo a pescar” “¡Seriamos como animales, como son los indios, ¿no vieron?, que están más cerca del zorro y los bisontes”
Ese es tu pueblo con tu gente.
“Se puede hacer ¡no!, ¡lo vamos a hacer lo vamos a hacer lo vamos a hacer”
¡Ay Rodrigo!, ¡porqué no corriste hacia la orilla!
Rodrigo, Recaredo, amigos míos, algún día nos volveremos a encontrar para caminar juntos. Algún día. Hoy puede ser algún día, ya sabemos muy bien el secreto del tiempo que no existe.
Adiós.

Corrí tanto que volaba sintiendo apenas la arena picándome las plantas de los pies en rápidos raspones por la velocidad asombrosa que había tomado. Aun la orilla quedaba algo lejos, las grandes olas caían en arcos transparentes reventando con espumas que son tan blancas que mi ojo siempre se fija en los soles diminutos que se juntan brillando por encima de las burbujas, y ese viento propio del mar que salpica gotas y respiramos mejor mientras todo alrededor se ha despertado con furia de vida.
No me podían alcanzar, por las piernas me fluía la fuerza que había conocido, la fuerza del mar, la fuerza que hace nadar a las toninas, la fuerza subiendo a una velocidad desconocida, sintiendo las piernas duras que corren solas como si fueran un caballo que me lleva a galope tendido corriendo hacia ese punto que esta como clavado en la orilla. Un palo, es un palo, corriendo en dirección hacia ese palo que era el mismo palo y de lejos se veía confuso por el color de palmera tan parecido a la arena que dejaba una sombra corta a su lado. Con la impresión no me daba cuenta que estaba corriendo hacia ella gritando a todo cuello, ¡Esspaaaaaaaaaddaaaa! ¡esspaaaaaaaddaaaaaaaaaaaa!, enloquecido, cada vez más libre, a punto de saltar y quedarme suspendido en el aire. ¡Había tanta luz de sol! Era…la misma espada de palmera clavada en la orilla ante las olas de un azul muy claro que se elevaban en total silencio y rompían espesas de espumas. Todo de pronto pareció moverse más lento, y de tanto grito y desesperación que había antes, ahora, volvía el silencio por encima del mundo, el verdadero, el mismo silencio que anda por los desiertos. Cada vez más cerca de mi espada, sí, sí, ¡es la misma!, ¡al fiiin!, ¡por fiiiiiinnn!, sabía que iba a aparecer justo cuando todo estaba perdido. Lo más raro que puedo recordar fue que en ese momento las olas no hacían ruido, como si la espada hubiese silenciado toda la playa. Solo un grito de gaviota iba dando vueltas arriba nuestro. Digo: nuestro, o sea, yo y la espada. Yo, quieto, a pocos pasos del espada, tan tranquilo, empezando a sentir los primeros signos del desprendimiento. Los perseguidores ya no existían. Yo, el que piensa, y quiero y no quiere, y va a escapar, tampoco existía. La cosa era tan simple que no puedo contarla. Dentro de ese silencio vi que mi cuerpo se iba moviendo sin que yo le ordene y que muy despacio me iba acercando a la espada y muy despacio levantaba la mano, pero antes de tocarla por primera vez pasó un tiempo tan largo que creí que no iba a poder tocarla nunca. Luego cerré la mano apretando los dedos en la empuñadura, y la arranqué con un movimiento brusco.
Pronto la espada cortaba el aire silbando, y fue cuando me pareció que la gaviota gritaba desde arriba contestando al silbido de la espada. De repente me quedé paralizado apuntando con la espada al sol. Entonces un sonido agudo fue aumentando hasta herirme en los tímpanos, y siguió subiendo, subiendo y aturdiéndome a punto de estallarme en la cabeza. Se me aflojaron las piernas y mi mandíbula quedó colgando, ya no tenía fuerza en ningún musculo, pero no me caía, y no sé qué era eso tan brillante que me encandilaba encegueciéndome. De pronto, como un rayo, el sonido se cortó.
Todo volvió al primer silencio y sentí el instante en que un peso que siempre me había acompañado se desprendía de mi cuerpo, y me quedaba liviano, con un alivio totalmente desconocido.
La gaviota bajó aleteando y aterrizó con pasos suaves por la orilla mojada donde se reflejaban sus plumas en ese espejo del sol. Las olas le llegaban a las patas pero ella corría abriendo las alas como si jugara con el mar. La arena, aquellos médanos y el agua azul del mediodía habían hecho desaparecer el resto de las cosas. Ya no había nada más que por sí solo tuviera importancia. Ni siquiera el palo o espada, ni Jike. ¿Quién era Jike? Los perseguidores no existían. Pero todo en conjunto sí: formaban la vida, y la vida era mucho más inmensa de lo que jamás hubiese imaginado. La palabra “inmensa” la limitaba, y ahora me parecía absurdo que una vez existieran los límites. Ahora era la sensación salvaje y fresca de pingüinos y ballenas y montañas con bosques y ríos. Siglos y siglos atrás se juntaban con siglos y siglos adelante. Supe que el mundo tenía ese aire oceánico de la playa prohibida, porque la playa prohibida esta fuera de los años que rigen al hombre. Y supe quien era Jike, el mismo que yo antes llamaba Tristán; un Jike natural y salvaje, como la playa, como la tierra.

Entonces se fueron acercando lentamente, los peones con las camisas desgarradas por Rodrigo, los otros dos de camisas blancas, papá muy extrañado mirándome como si no me conociera, Jorgito que no le sacaba la vista al palo, los demás peones. Todos me fueron rodeando de un modo lento, con cuidado. Pero era absurdo, al haber desaparecido aquel otro Jike, ya no había más grandes ni chicos. Al no haber grandes, ya no tenía perseguidor.
Di un beso a la espada de palmera que tanto me había enseñado, giré dos veces sobre mí mismo y la lance al mar.
La espada dio vueltas en el aire hasta que la envolvió una ola.
Luego creí que el sol estaba en medio de la próxima ola.




F I N

jueves 10 de diciembre de 2009



Nos esperó en el comienzo de un camino bordeado por un bosquecito de pinos rojos, y por encima de los pinos se veía el techo de una casa. Era el puesto. Y detrás se elevaba una gran duna como si toda la arena que les faltaba a las otras se hubiese acumulado allí.
Adentro nos hizo sentar en unos banquitos alrededor de una mesa hecha con la rodaja cortada de un tronco muy ancho. Al lado de la ventana tenía una cocina, un lavadero y… qué cantidad de paquetes y latas había en los estantes. Nos sentíamos cada vez peor. Hacía siglos que no nos metíamos en la casa de un grande, y era como haber vuelto atrás. Nos justificábamos con eso de “comerle todo y salir corriendo”, y no decíamos nada. Estábamos muy quietos en los banquitos.
Cortó un pedazo de carne que había colgada de un hilo y puso la sartén en la hornalla. También metió unos panes en el horno y luego llenó una cacerola de agua diciendo que iba a hacer polenta. La ventana amplia daba al campo de lino y allá lejos unos pájaros negros volaban dando círculos. La ventana estaba abierta, entraba el aire del mar, y me sentí seguro sabiendo que al mínimo peligro saldría corriendo hacia la orilla.
Al caer la carne en la sartén estalló un ruido como de lluvia.
−A ver, vamos a jugar a las adivinanzas –dijo el campesino− ustedes están haciendo una especie de expedición, son como exploradores, ¿verdad?
−La polenta la va a hacer con queso ¿verdad?
−Sí, sí, con queso.
−Qué rico.
−Escuchen –subió el tono un poco enojado− ¡qué carajo están haciendo por esta playa!
−Esta playa es muy limpia –dijo Rodrigo.
−Sí, sí, sí –afirmó Recaredo− por eso nos gusta.
− ¡Pero qué dicen!, ya se sabe que es limpia, pero no me van a decir que por eso están caminando tantos dias.
−No sabemos –le dije− en la playa no hay días.
Se quedó en silencio mirándome con la boca abierta. Tenía dientes amarillos y picados.
−A mí lo que me gusta de la polenta –dijo Recaredo− es que una vez vi un cuadro del oeste donde los exploradores comían en platos de lata una cosa amarilla con manchas rojas y era de noche y habían hecho un fuego y las carretas estaban detrás y ese cuadro me daba unas ganas tremendas de comer polenta.
Ahora el campesino miraba con la misma boca abierta a Recaredo.
−Muchachos, volvamos a empezar –dijo− a mí se me hace que ustedes se escaparon de las casas y que sus papás los andan buscando desesperados.
−Nuestra casa está en la orilla.
−Nuestro papá –dijo Rodrigo− es el que se llevó el palo.
−Sí –dije− en un momento pensábamos que era usted cuando lo vimos de lejos, pero después no, se olía que no.
−Es que no lo conocemos al hombre que se llevó el palo –dijo Recaredo− debes estar lejos, mucho más adelante.
−O podría ser que nos este espiando desde los médanos –le dije a Recaredo.
− ¿Quién sabe?
Vi que el campesino se refregaba la cara con los dedos, grandes dedos con lastimaduras. Ya no nos miraba. Miraba hacia la puerta pensativo, muy impresionado.
Recaredo volvió a hablar.
−Nuestro papá es alguien que camina sin dejar huellas y nos habla sin decir una palabra, y nos va cambiando por dentro, por ejemplo, antes de cruzar el arroyo no sabíamos ni mirar.
− ¡Bueno, basta! –gritó golpeando con un cachetazo la mesa− o ustedes están tontos por el sol o me están tomando el pelo.
¡Qué fuerte sonó esa mano en la mesa!, me pareció que el golpe se repetía como un eco, y me pareció que era papá gritando “¡Basta!, ¡se acabó!, ¡ o hacés lo que te digo o partir de ahora vas a saber quien soy!” “¡Cuando un grande habla los chicos se callan!” “¡Y a la próxima te vas a ir a pupilo, y no vas a salir más, más, mas!”
Sentí el aire del mar entrando por la ventana. Quise escapar y correr perdiéndome en esa libertad interminable. En esa orilla donde cualquier rugido de ola vale más que mil palabras, o el grito de las gaviotas, las espumas que avanzan tan alegres. ¡Mierda! ¿Por qué hemos caído? ¿Por la comida? Hubiésemos seguido y el mar nos daría de comer. Nos confundimos, quisiera escapar ahora.
− ¡Caray! –exclamó Recaredo− qué golpe, casi me deja sordo.
−Ustedes se escaparon de las casas – dijo el campesino furioso− y no tienen ni la más puta idea de lo que está sufriendo el padre.
No dijimos nada, y miramos los círculos de la madera en la mesa, (dicen que cada círculo es un año del árbol).
−Si supieran lo que siente un padre por su hijo, ¡pero qué se han creído, que tenemos hijos para darle azotes!

Se interrumpió porque tuvo que sacar la carne que se había cubierto de humo. Puso la cacerola al fuego y echó el paquete de polenta, luego cortó la carne en pedazos que seguían humeando y los metió entre el pan galleta.
En el paladar se mezcló la miga y lo crocante con el jugo, y el paladar se impregnó de carne asada con pan. Qué rico, era muy rico pero mucho más rico con esto que se nos dio en la playa haciéndonos vivir la comida, y mientras comíamos como lobos el campesino atinó a preguntarnos otra vez cuánto hace que salimos de casa y cuánto que no habíamos comido y dónde habíamos dormido. Y volvió a pegar en la mesa gritando ¡hablen carajo!, pero cuando comíamos era tal el contento del jugo de la carne con el pan que la voz del campesino se escuchaba como si hablara de lejos, por eso no le contestábamos, aunque preguntara lo que diera la gana.
Al fin se dio cuenta porque cuando vino la polenta no pregunto nada, solo dijo: “Coman muchachos, coman despacito, no se atraganten”. Y cuando comí la polenta yo era uno de esos exploradores con el plato de lata en la noche de la pradera, comiendo y mirando las estrellas por encima de la carreta, y el gusto de la polenta era el de la sierra con los coyotes aullando a la luna, y cando terminé seguí sintiendo el gusto suave que pasaba por todo el cuerpo.
El campesino nos dejó descansar un rato, y después nos tiró un sermón:

−Cuando yo tenía la edad de ustedes tuve que trabajar ayudando a mi padre, entonces sí supe lo que me esperaba, no tenía tiempo para soñar con pavadas. Siempre estaba a la lado de mi padre, trabajando en la cosecha, y me acuerdo como si fuese hoy verlo al hombre rendido de cansancio, echado contra un árbol, ahí, prendiendo un cigarro, mirando al cielo, ¡tan cansado!
Ustedes no saben lo que es a esa edad cuando te duelen todos los huesos de la osamenta por haberte movido tanto en el día. Y mi padre murió cuando yo tenía catorce años. Ojala nunca les pase eso. Es muy feo que se muera tu padre tan temprano, sentís que te han cortado algo, que se ha cometido un injusticia, y al principio lo buscás, porque no podes creer que no lo vas a ver nunca más. A los catorce, ¡carajo!, uno cree que el padre es eterno, hasta que te dan la noticia y vas corriendo a verle y lo encontrás quieto.
Después el recuerdo te persigue y te prendes del recuerdo como a las crines de un potro. Noh, si ustedes se van a acordar de mí el día que les suceda esto.

Porque no nos vamos de una vez o éste hasta nos va a hacer llorar y eso no sucede nunca en nuestra playa. Ya le hemos comido, deberíamos escapar. Me cambió el gusto de la polenta y algo que se me arrugó en el estomago. Ahora me pesa la carne, la harina hecha un mazacote con su padre y el mío y el de Recaredo. Nunca debimos haber venido a este puesto. Hay que escapar. Recaredo está con los ojos asustados medio húmedos y Rodrigo está mirando hacia abajo. Esto nos pasa por haber entrado en este mundo donde la gente llora.
La respiración tiembla y se queda estancada como el humo en el techo y papá recostado en la almohada con los ojos cerrados, en su último momento pensando en mí. Jike, Jike, ¡dónde estás! Jorgito muriéndose con el recuerdo de su único hijo, la polenta, la polenta que se me repite y la voy a vomitar. Papá tira de la cuerda con todas sus fuerzas mordiendo y la espada de palmera al frente, le da el sol. Mamá llora arrugando los labios, y la casa está con las persianas entornadas. ¡Pero yo no quiero la casa! Yo quiero la playa y las noches de estrellas que están lejos de la muerte.
Mi espada, mi espada, tengo que volver a verla, no quiero separarme nunca de ella, por favor, no. Si pudiera juntar a papá y la espada, todos juntos caminando a la par y riendo. Si pudiera reírme a carcajadas con papá y que seamos de la cofradía de la espada: Pero no, no puede ser, porque un solo paso que avanzo hacia la espada equivale a un kilometro que me alejo de papa y de todos los de la casa. Ellos saben que el palo es la causa de nuestra locura, intentarían quitárnoslo y no les importaría un pito si nos ven llorando a gritos porque nos están rompiendo el palo con las rodillas. ¡Se acabó el cuento! ¡Ahora a estudiar!
− ¡Bien muchachos! –exclamó resonante el campesino− ¿que piensan hacer?
Nos levantamos al mismo tiempo de los banquitos. Rodrigo recogió la bolsa
−Pero… ¡qué hacen!, ¿a dónde van?
−A nuestra casa –dijo Recaredo− en la orilla.
−Espérense chicos, no hay apuro –dijo esto cerrando los ojos− siéntense y escuchen que no terminé.
−Nos tenemos que ir, no vamos a escuchar más nada.
Me miró directo a los ojos.
− ¡Que duro que sos!, sos muy duro ¿sabés?, si así sos de chico no sé que vah a ser de grande.
−Nunca va a ser grande –dijo Recaredo− ¿no se dio cuenta de eso?, nunca vamos a ser grandes.
Nuevamente el campesino, impávido, sin entender, hizo el gesto de negar con la cabeza y dijo como si hablase con él mismo:
−Pero…van a crecer, ¿saben?, y por ahí van a ser más altos que yo.
−Pero no vamos a pensar como usted –le dijo Rodrigo muy seco.
Se quedó quieto abriendo la boca ante Rodrigo, pero Rodrigo hizo un gesto de estar harto y subió la bolsa al hombro yendo hacia afuera. Entonces el campesino se adelanto tapándonos la puerta.
−No, no, alto, alto, esperen que les voy a traer algo que les va a servir para el viaje, después sigan a donde quieran y ya no me meto mas. Esperen aquí.
Fue el momento que lo vimos más nervioso. Le temblaban las manos cuando las abría para atajarnos. Nos quedamos frente a la puerta y él dio unos pasos hacia atrás –No se muevan, ahora vengo− y salió rápido y después oímos el ruido de las botas que corría, como al trote, yendo hacia un lugar detrás de la casa.
− ¡Huyamos −les dije, y salí corriendo hacia el bosquecito.
− ¡Qué pasa Jike! –gritó Recaredo.
− ¡Vamos!, este tipo nos va a entregar.
− ¿A quien?
− ¡Qué importa a quien!, nos va a entregar.
−Sí –dijo Rodrigo− esto está preparado, ¡salgamos cuanto antes!
Rodrigo subió la bolsa cargándola a la espalda y entró en el bosquecito atropellando las ramas. Recaredo reaccionó y nos siguió corriendo. Sentíamos algo invisible que nos perseguía, y nos dábamos vuelta y no veíamos a nadie, pero en los huecos oscuros del bosque se escondía ese miedo de algo que estaba esperándonos para saltar encima.




Continua… 12/ 12 (último envío)

martes 8 de diciembre de 2009

Espada de Palamera- tercera parte



Tercera parte

Día del Campesino



Parecía que todo había cambiado esa mañana. La playa también estaba diferente, los grandes médanos ya no estaban y en su lugar había unas lomas bajas de arena dejando ver detrás el inmenso campo de lino de alguna estancia.
Allá lejos ese puntito tan extraño que se movía y que no sabíamos si era un poste que tiritaba o alguien, un humano, o un caballo. Si era un humano sería el primero que veríamos en seis dias de caminata. Hubo alarma. ¿Que es eso? Rodrigo aseguró que era una persona y Recaredo insistía que podía ser el molinero que venía a vengarse por lo de las papas, pero eso fue descartado.
Luego aquello se quedó tan quieto que pensamos que podía ser un poste.
Les dije que podría ser el mismísimo hombre que se llevó el palo de palmera y esto nos puso a todos contentos. Pero qué rara estaba la playa. Ya no nos sentíamos en el mundo inmenso donde nos habíamos perdido. Nos daba la sensación de estar cerca de lo de antes, del mundo que habíamos huido.
Aparecieron las huellas de un caballo que se metían en el mar y salían más adelante rompiendo la arena, dirigiendose hacia el campo de lino. ¿Pero quien era ese, o eso que estaba allí? No tenía forma de caballo, era algo recto, pero tampoco sería el palo porque era más alto. A veces parecía moverse y daba la impresión de estar esperando. Me empezó a latir el corazón pensando que podría ser Tristán. También se me pasó por la cabeza una cosa, que el pueblo de Rodrigo ya estaba formado y aquel que nos esperaba era un emisario que lo habían enviado para enseñarnos donde estaban los otros. Pero esto no se lo dije a los chicos. La playa esta vez no me daba la confianza de los dias pasados. Los tres sentíamos lo mismo sin decirlo, y ahora caminábamos juntos, sin distanciarnos, hacia aquella figura lejana en medio de un desierto de sol.
Sin embargo había algo que apretaba, esa cosa incomoda de estar entre los dos mundos. Por ese lado; las olas en la playa nuestra con la orilla tan brillante y las gaviotas. La playa que nunca termina, que no tiene la muerte, ni las distancias, ni las horas.
Por el lado opuesto donde estaba el campo de lino, se notaba algo muy casero, el humo que salía de una chimenea lejana, los alambrados de púas. Una tranquera medio enterrada en la arena, y esto daba un poco de miedo porque era la frontera de los grandes. Por esos campos los grandes podían moverse con más facilidad y venir a buscarnos.
Pronto hizo dos movimientos como de brazos, y luego se vio que caminaba, que se agachaba, que recogía algo. Ya no era un poste. Había que tener cuidado. Aun por dentro nos duraba el entusiasmo de estar a punto de encontrarnos con el que sabía de la espada o de algún ser de la playa.
Se ubicaba justo entre los dos mundos, a su izquierda la playa prohibida y la larguísima orilla, a su derecha el campo de lino y el camino que va a la tierra de los grandes.
Esta intriga se fue disolviendo a medida que avanzábamos y veíamos un peón con bombachas y camisa blanca. También podía ser el capataz de la estancia. Pero lo que nos puso sobre alarma fue que era evidente que nos estaba esperando porque no se había movido del lugar por más de una hora desde que nos vio venir de lejos.
Rodrigo lo describe así en “La Lejana Voz del Mar”

“Estamos a pocos pasos de él y continua con los brazos cruzados, esta sonriendo. Es muy alto, nos mira desde arriba semicerrando un ojo y tiene una camisa floja que parece inflarse en la cintura donde lleva la rastra. Es bastante chueco con las botas arrugadas que tienen arena pegada al cuero. Sus brazos son fuertes y parece un árabe por lo tostado que está. Nosotros también estamos así por llevar la misma vida al aire y al sol. Nuestra nueva casa no tiene límites”.

Le faltó la descripción de la cara: un tipo de pómulos salientes y ojos alargados que le hacen cara de gato. El pelo negro brillante como los pelos de la foca. No, no era Tristán ni el hombre de la playa. No sabíamos si estaba con los grandes o quizá era un tipo solitario que se intrigó al vernos, pero había que tener mucho ojo.
−Que tal muchos, pasiando –dijo con mucha voz de campo.
Entonces no pudimos contestar como antes cuando un grande nos hacia este tipo de preguntas. Lo de allá era seguir el hilo de una conversación, pero ahora no podíamos disimular ni meterle el cuento para que se quede tranquilo, si hacíamos silencio era algo que nos venía solo. Y si contestábamos, era sin pensarlo.
−Que tal muchachos, pasiando.
Nadie dijo nada, lo miramos como se mira a un bicho.
− ¿Qué pasa?, ¿les comieron la lengua los ratones?
Esto nos hizo estallar de risa. Recaredo sacó la lengua e intentó mirársela poniéndose bizco.
−Escuchen –dijo el campesino− ¿de dónde carajo vienen?
Rodrigo se volvió. – venimos de allá
−Mucho más allá todavía –dijo Recaredo.
−Seguimos a las toninas y a las gaviotas –le dije− nos van marcando el camino.
−O sea –dijo Recaredo− hacia acá, donde estamos.
−Oigan –dijo molesto el campesino− ¿tengo cara de tonto?
−Todos ustedes tienen la misma cara –dijo Rodrigo.
−Sí, sí, cara de carne cruda –dijo Recaredo.
El campesino se puso muy serio, parecía estar impresionado, y nos miraba con cierto susto como si nos pasara algo.
−Se me hace que ustedes están medio abombados por el sol –exclamó moviendo la cabeza− y por la pinta que tienen me parece que vienen de muy lejos.
Nadie habló.
− ¿Vienen de Ostán?
No hubo respuesta. Esperó un poco, se puso a mirarnos los pies, las caras, y abrió los ojos sin salir del susto.
− ¿Y dónde han comido en estos dias?
Recaredo le largo:
−Nos comimos los sándwiches de miga y el chocolate “Aguilucho”, y las papas del molinero.
− ¿Usted no es el molinero verdad? –le dije.
−No, no –contestó sin entender.
−El molinero debe tener pelo blanco y un rebenque –dijo Recaredo.
−Y siempre nos amenaza con rabia –dije− y saca los dientes.
−Es que le comimos las papas –dijo Rodrigo.
El campesino seguía con los brazos cruzados como si tuviese miedo de destrabarlos y abría los ojos con toda desconfianza. Ahora lo sentíamos lejísimo… nunca podríamos entendernos, aunque hablásemos de las olas
−Chicos…yo tengo un puesto ahí atrás, me anda pareciendo que lo que ustedes necesitan es un poco de churrasco.
Al oír esto estallamos en una sola carcajada, y no supimos qué fue lo que pensamos al mismo tiempo que nos dio esa risa que aumentó cuando lo vimos al campesino esperando serio a que terminásemos, y así estuvimos un rato hasta que la risa se fue aflojando. Y ahí nos cortó de golpe.
− ¡Ta bueno de reírse!, ¡ta bueno ya!, pero déjense de joder muchachos que es la hora de comer, miren, allí está mi puesto, vamos, síganme que les cocino algo.
Arrancó a caminar y se alejó hasta que se dio cuenta que no le habíamos seguido.
− ¡Heey! –gritó desde allí− ¡qué esperan!, vengan que vamos a comer algo que los vah a dejar redondos.
− ¿Qué hacemos? –le pregunté a Recaredo.
−Vamos –dijo− vamos, le comemos todo y después nos rajamos.
−Sí –dijo Rodrigo−y después salimos rápido y que no nos vea nunca más.


Continua… 10/ 12

sábado 5 de diciembre de 2009


Entonces encontramos un arroyo mucho más ancho que el arroyo rojo y también nos quedamos pegados a unas nutrias que se lanzaban al agua en la parte honda y sacaban las cabezas a la superficie como olfateando mientras que las otras estaban en la arena rascándose las costillas y peinándose.
La espada de palmera nos volvía a dar agua.
Llenamos las cantimploras. Las papas se acabaron pero no nos importó. Mañana o pasado tendríamos que comer, habiendo agua no había problemas.
Y fue en ese extraño trayecto, después del arroyo de las nutrias, cuando los tres tuvimos visiones. Unos dias antes nos hubiésemos asustado pero en cambio nos divirtieron tanto que queríamos pedir más.
Rodrigo fue el primero que vino corriendo con una alegría histérica y me dijo:
− ¡No sabés qué bueno lo que acabo de ver!, ¿ves allá, en esa parte que parece una meseta?, ¿sabés?, ¡fue impresionante!, vi unos bichos rarísimos como galgos blancos de cuerpos muy alargados y eran transparentes como las aguas vivas, iban todos en fila pero no sé como contarlo porque parecen feos pero eran muy lindos, quisiera que aparezcan de nuevo.
Yo lo vi a Tristán, que es mi preferido entre los caballeros del rey Arturo. Primero lo vi galopando por la orilla y el sol reflejaba en la armadura. Salpicaba tanta agua al galopar que las gotas lo cubrieron hasta que despareció detrás de una ola que reventó fuerte como echando lluvia hacia atrás. Empezó a soplar el viento dándome de frente y volví a ver a Tristán cabalgando en medio de las olas, con la lanza en alto.
Recaredo vio un pájaro enrome, como los prehistóricos, que le pasó por encima de su cabeza. Me acuerdo cuando lo vi echarse boca abajo en la arena y corrí a ayudarlo porque creí que se había torcido un tobillo. Cuando llegué Recaredo estaba encogido y tenía la cabeza agarrada con las manos.
− ¡El pájaro –gritó− ¿dónde está el pájaro?, ¡quiero verlo!
Daba gusto ver como estábamos tan locos.




Al quinto día cuando me tocó cargar la bolsa me vino la maldita duda sobre la espada de palmera. Habíamos ya caminado mucho y no veíamos un solo signo, y yo con esa cosa rasposa de la desesperación al pensar que no la veo desde aquella noche en la playa de la casa, y pedía verla aunque sea de lejos y que todos alcancemos a verla, o que nos de alguna señal, una marca en la arena, un dibujo que nos haga saltar de euforia otra vez. Pero la duda, la maldita duda con ese pensamiento que se repite diciendo ¿y si fue todo un cuento? ¡No!, ¡no!, momento. ¿Y los pies del guerrero detrás de la lona? −Fue una visión − ¿Estás seguro? −No sé… ¿y la espada?, ¿no será una visión de los tres?− Yo escuché una vez que eso pasa con las vírgenes que ven los niños de los campesinos − ¡No!, carajo! ¡No! – La espada pudo ser una visión − ¡Para nada! Ninguna visión, no ves que después dejó esa marca en la arena señalándonos el camino. No puedo dejar de creer en Excalibur, es lo que me mantiene caminando sin comer nada. Si no fuera por Excalibur no estaríamos aquí ni hubiésemos roto con todo aquello que dejamos atrás. Sí, pero yo me pregunto ¿Por qué tiene que ser un palo o espada lo que rompa?, ¿qué pasa?, ¿uno solo no puede? No, por ahora no –Pero igual lo de la espada te lo imaginaste como hacés siempre. ¿Y qué? Pero mirá el cambio que hubo en nosotros? Hoy somos tres tipos diferentes a los que cruzaron el Damasco, y eso es por el palo, la espada, la espada, nuestro guía. Pero lo que me está revolviendo la cabeza es ese pensamiento de que lo hayamos inventado todo, es un pensamiento que se mete por el estomago y me está doliendo con una especie de rabia. ¡Cómo va a ser un cuento!, el pueblo de Rodrigo, el camino señalado. No sé, no sé nada. Estoy cansado. ¡Porqué me está ocurriendo esto de pensar como antes!

La duda era horrible. La bolsa me pesaba como si llevase piedras. Me llovían voces y voces, todas cargadas con esos nervios que lleva la duda y parecían voces de otros. Pero maldita sea, eran voces mías y gritaban: “¡Alguien puso el palo y después lo quitó” “¡Fue Osvaldo” “¡Algún chico del pueblo se lo llevó por la playa hasta los acantilados!”.
La vos agria de Marta “Ja jajaja, miren aquí está el palo, lo tengo en la mano ¡trió de estúpidos!
¡No, no!, grité ¿Por qué justo a mí me tiene que venir la duda? Yo fui el que empecé con todo esto, ¿no? ¡Basta! Quiero creer, necesito creer, tener la misma fe que ellos ¿los ves’? Allí van Rodrigo y Recaredo caminando tranquilos y no dudan un instante. ¡Por favor!! Tristán, Dios, que se me vaya la duda. Que se vaya, solo pido que se vaya. ¡Ahhh! Sí, qué bueno, la luz, esa luz que salió de la ola la primera noche, claro, y la voz, la voz que me pedía que no la toque, que había que esperar el día indicado. ¿Y acaso con lo de las papas no se me escapó que íbamos a encontrar comida al día siguiente? Entonces ¿Por qué dudo? “Fue el chico medio peladito que siempre anda por la playa” ¡No, no, no! ¿Quién me está diciendo eso? “Ahora el chico estará jugando con el palo” ¡No! “Lo tiene clavado en el jardín de su casa” ¡Basta! ¡Basta! ¡Cállense! Es verdadero, el palo es verdadero.
La risa de mis hermanas aaaaaaajaaaaajajajaja tontitos, ¿dónde está el palo? El palo es la espada, ¡no quiero oír más! Estoy harto. La luz, la luz “Si no viste ninguna luz, eso de la ola era un sueño que te salió de pronto”.

La duda estaba en al aire y se lanzaba sobre mí como un moscardón. Me seguía dando vueltas, zumbando sin parar. Yo trataba de distraerme pero era imposible, la duda se iba y volvía con el mismo estribillo, ¿Estás seguro? ¿Estás seguro?
Pero al fin cuando la tarde empezaba a oscurecer me vino la ayuda que había pedido. Me di cuenta que la duda era algo que no me pertenecía, que molestaba fuera de mí. Entonces se me ocurrió esta idea “Si tengo que dudar, es más lógico que dude primero de la duda misma”
A partir de esta consigan la duda fue debilitándose y ya no le creí como antes. Cuando nos detuvimos a acampar la sentí dando vueltas por ahí con voces que parecían ahogarse, y yo cada vez mas aliviado y contento yendo a buscar maderas, protegido esta vez por la noche y el mar. Y sucedió que al recorrer la orilla vi a la duda dando saltos como pez fuera del agua, y en el último salto, la duda, se quedó seca al lado de una medusa que también moría junto a las líneas de espuma.
El agua de la noche se la trago, y ya no la volví a oír ni a ver más.

Con la cabeza hundida bajo el saco de dormir, soñé con el hombre de la espada de palmera.
Primero escuché pájaros como en el amanecer de un bosque. Tantos pájaros piando entre los pinos. Me vi sentado en la tierra con las piernas cruzadas, delante de él.
Él, estaba en cuclillas sobre una roca plana, y empuñaba la espada de palmera como clavándola en la piedra mientras miraba fijo hacia un punto lejano. Su cara quieta, pálida, con flequillo negro y bigotes gruesos. Pájaros, pájaros que ensordecen. Sus ojos claros no eran azules ni verdes, no sé que color, por momentos me parecieron violetas. Vestía una túnica gris espesa como un hábito. Este hombre a quien yo llamé Tristán, empezó a hablarme sin mover los labios. Su voz parecía venir desde debajo de la tierra, y sonaba con un extraño tono como el ruido lejano de las olas. Decía algo así como “Mas adelante me tendrás” o “falta poco” o “Por unos dias me tendrás y luego te seguiré hasta el fin” Algunas cosas no se si las agregué después, pero esa era la conclusión, que podía ocurrir en estos próximos días.
Entonces los gritos de los pájaros subieron altísimo hasta aturdirme. Ahora eran gaviotas. Grandes gaviotas blancas de alas grises, suspendidas en el aire bajo las nubes que se movían en el cielo. Y el mar era el mismo mar real sin el sueño. Más vivo, más fresco y crudo. El mismo mar que iría a caminar al día siguiente, el día del campesino.








Continua… 8/ 12 Tercera Parte: Dia del Campesino.

miércoles 2 de diciembre de 2009




Años más tarde Estela cuenta que al cuarto día después de varias cavilaciones decidieron emprender la búsqueda:

“Llegaron papa y Jorgito con dos hombres contratados especialmente para estos casos. Fue algo muy bueno. Estos hombres prácticos nos devolvieron un poco la calma y nos dieron la seguridad de que los íbamos a encontrar pronto. Leyeron el escrito de Jike y no dudaron de que siguieran el camino a lo largo de la playa. Entonces recurrieron a los mapas de las estancias que dan a la costa y estuvieron por la mañana en el escritorio calculando el tiempo que pueden llevar de camino y el modo de ubicar una de las estancias en la que se les pueda adelantar un día, y que sea un lugar que no esté bloqueado por los médanos. Los médanos en algunas zonas forman un verdadero desierto y se hace difícil llegar a la playa desde la estancia. Hasta ahora los medándoos los habían protegido. Uno de los hombres, el más bajito recomendó que una vez capturados deberían llevarlos a buen psicólogo, sobre todo al que escribió esas páginas.
Papá estuvo de acuerdo y dijo que ya habían pensado en el doctor Alonso, uno de los mejores de la capital, y que era menester hacerles un encefalograma a Jike y a Rodrigo. Jorgito insistió que Recaredo era un chico normal y que actuó por influencia de los otros.
Por la Mañana del 23 salimos en diferentes autos rumbo a la estancia “El Zaino” trescientos kilómetros más adelante.”.


Recaredo nos mostró la bolsa de plástico.
−Quedan dos sándwiches, son los últimos.
− ¿Se acabó el chocolate?
−Nada, no queda nada.
Fue en uno de los descansos. Los tres mirando la bolsa de plástico pensamos en mañana o pasado cuando no haya nada que comer.
−Abramos la bolsa y nos comemos todos los sándwiches –dije− mañana o pasado encontraremos comida.
Lo dije con la cabeza zumbando por el calor, y me sorprendió porque fue como si lo hubiese dicho otro, y lo curioso que estos dos me creyeron y no dijeron nada pero inmediatamente oí con claridad un ¿dónde?, que no era la voz de ninguno de ellos sino una palabra que sonó en mi cabeza.

Qué alegría me dio al día siguiente cuando avistamos las aspas rojas del molino saliendo detrás de un médano como orejas de un conejo gigante.
− ¡Un avión! –gritó Rodrigo creyendo que era un avión aterrizado. Rodrigo es un obsesionado por los aviones, no sé como los encajaría en su pueblo soñado de chicos indios.
Recaredo llegó primero y avisó que era un molino. Nos fuimos acercando con cuidado. Era un molino de piedra con aspas muy grandes que apenas se movían cuando soplaba una ráfaga haciendo gemir los hierros. Recaredo aplaudió llamando. No hay nadie, entremos. Recaredo entró y pegó un grito:
−Paaaaaapaaaas! ¡Hay papas! ¡Qué rico!
Adentro había una fuente de papas asadas sobre un viejo barril. El lugar estaba muy oscuro salvo un haz de luz que entraba por una ventana muy alta.
−Son papas –dijo Rodrigo ante la fuente.
−Papas –repetí.
Estaban cortadas en rodajas bañadas en un caldo espeso.
No es un milagro, son las papas del molinero.
−Sí, pero el molinero come todos los dias y debe de tener un montón de papas allá al fondo. Estas papas son nuestras.
−Que uno vigile la puerta –dije− y los otros dos comemos, luego nos turnamos.
−No –dijo Rodrigo− llevémosla y salgamos de acá pronto.
Salimos en marchas rápidas y varias veces nos dimos vuelta por si venía el molinero persiguiéndonos. Hasta imaginé su cara, un tipo furioso de pelo blanco, amenazando con el rebenque.

Esa noche fueron las papas más ricas que habíamos comido en la vida. Pero…unos dias atrás habíamos dicho lo mismo de los sándwiches, que fueron los mejores, que se sentía el queso fino y el gusto de la miga. Y con los chocolates también dijimos que tenían el sabor más achocolatado de todos los que habíamos comido. Entonces descubrimos que no era la comida, sino nosotros, que cada bocado era una especie de paraíso haciéndonos cerrar los ojos de gusto.
− ¿Qué será?, ¿un paladar nuevo? –preguntó Rodrigo.
−Y también ojos nuevos, o no se dieron cuenta que estamos viendo todo esto con más claridad, hasta los puntitos en la arena que antes no les dábamos importancia.
La tela de la camisa, el color de las alpargatas medio gris con líneas de sal, las espumas tan blancas, que tiemblan en la orilla.
−Pero la espuma siempre fue así, no nos confundamos –dijo Rodrigo.
−Es que puede ser que la espuma y el mar y los médanos y todo el resto sea todavía mucho más claro y más impresionante, y al caminar por esta playa se nos va a aumentar esta forma de ver y cada día vamos a ver todo como realmente es porque estaremos viendo cosas que antes no veíamos.
−O no nos fijábamos.
−Puede ser que se nos esté abriendo “el ojo que se fija”
− ¡Qué increíble! –dijo Recaredo− entonces dentro de un mes esto va a ser un paraíso.
De este modo caminamos enloquecidos y siempre con esa maravillosa intriga de lo que puede ocurrir mas allá de aquel punto donde el horizonte se borra en espejismos.

Después del día de las papas, hay uno, dos, y son seis dias desde que salimos hasta el encuentro con el campesino. Seis jornadas, ¡cuánta locura junta! Aquella tormenta que oscureció el mar y la playa como si anocheciese y nosotros abriendo los brazos riéndonos y gritando con las caras empapadas bajo una lluvia a cantaros. Ver después la tormenta que se aleja con la tarde acompañada de nubes cargadas de fuego, dejando un mar verde muy claro con olas rosadas.
Verlo en un instante a Recaredo bailando bajo el sol, dando giros como un trompo, soltando alaridos en un ataque de euforia extraordinaria. O Rodrigo estirado en la orilla mirando las gaviotas y diciendo que no quiere caminar porque no se puede separar de ellas –miren, miren como planean, ¿dónde han visto una cosa así? No entiendo como antes no me di cuenta.
Uno podría quedarse mil años mirando la gaviotas si no emigrasen – van hacia allá, las vamos a encontrar después de la curva otra vez.
¿Qué ocurría? Entonces era verdad que se nos estaba abriendo el “ojo que se fija”, porque los tres tenemos el recuerdo muy vivo de los lobos marinos recostados en la orilla, hasta el detalle de los pelos marrones secándose. ¿Se acuerdan del primero?, el que nos vio y se recostó y se volvió a levantar como un resorte para mirarnos sin poder creerlo. ¿Quiénes serán esos?, habrán pensado, y después se levantaron todos y rugieron con la cabeza mirando al cielo. Y cuando se zambulleron en el mar y se los vio tan negros y brillantes apareciendo y hundiéndose en las olas.
Era verdad que al caminar cada tramo nos sentíamos más animales de esa grandiosa playa, más libres, más sueltos. Todo lo inmenso, lo marítimo, lo solitario, se presentaba delante de nosotros porque no estábamos pensando casi nada y entonces podíamos ver lo que ocurría abajo y arriba y a un lado y al otro, todo al mismo tiempo. Sentir el viento del mar acribillándonos con gotas en la cara, o quedarnos clavados siguiendo a un escarabajo por el camino de puntitos que marca en la arena seca. La importancia que le dábamos al suelo de la orilla que se veía como aplanada y tantas veces con esos bichos que nunca antes habíamos visto, que corrían al ras de la arena como soplados por las ráfagas de aire que acribillaban con granitos de arena y parecían hilos larguísimos que venían desde aquel horizonte. Cada sonido se escuchaba con un tono particular que nos llenaba de contento; el ritmo de las alpargatas como si estuviésemos cepillando la arena y ahí, al lado, el ruido de la rompiente. Se oía todo tan claro que sin mirar, sabíamos cuando llegaba una ola a la orilla al mismo tiempo que reventaba la de atrás mientras que de lejos volvían los gritos de las gaviotas. Todos los ruidos eran música.
La fantástica música de la playa prohibida.

Continua… 5/ 12

lunes 30 de noviembre de 2009


Sí, es mejor acampar cerca del arroyo, llenar la cantimplora y dejarla entre las rocas bajo el agua para que mañana esté bien fresca. No es tan tarde como ayer cuando acampamos, podríamos haber continuado haciendo otro tramo, pero es mejor acampar donde hay agua que corre.
Rodrigo salió a buscar maderas y palos en dirección al camino que vamos a hacer mañana, Recaredo y yo fuimos a dar una vuelta por la orilla. Había un grupo de gaviotas caminando sobre los reflejos del agua. Dijimos que teníamos toda la vida para caminar, que ya era muy difícil que nos persiguieran.
Estábamos lejísimo.

A la noche ardió una gran fogata con tanta madera y palos, y otra vez con las piernas cruzadas nos quedamos mirando los fogonazos de la hoguera.
−Mañana podríamos remontar el arroyo –dijo Rodrigo− a ver que hay en ese bosque.
−Nos desviaríamos de la ruta.
−Pero vaya a saber uno qué se puede encontrar allí, de pronto tantas cosas que nos pueden servir.
−Es muy pronto Rodrigo –le dijo Recaredo− nosotros todavía estamos en la etapa de fuga, recién decíamos que ya era difícil que nos persigan, pero no sé, no creas que se van a aquedar con los brazos cruzados.
Pensé que más adelante encontraríamos otro arroyo, y lo remontaríamos para ver qué se puede encontrar, o podemos pescar bagres que es fácil aunque tienen mucho gusto a arroyo, pero ahora que se nos renovó el paladar seguro que nos gustaría.
−Más adelante sí –dijo Recaredo− cuando demos con otro arroyo lo remontaremos y hasta podemos pescar bagres.
−Estaba pensando lo mismo.
Recaredo soltó una risa corta.
Casi desde el segundo día empezó a darse esto de pensar lo mismo, y nos hicimos toda una ilusión imaginando que dentro de un mes ya no hablaríamos nada porque iríamos a saber que quiere el otro con solo estar cerca y en silencio. Como ahora que parecía que hablábamos pero estábamos en silencio mirando el fuego. Recaredo absorto con las cejas levantadas. Rodrigo pensativo. El ruido crujiente del fuego en las ramas.
− ¿Qué dirán en casa? –dijo de golpe Rodrigo.
Papá enfurecido dando vueltas. Mamá llorando contra la almohada. Gente corriendo. Llamadas por teléfono. Marta pensando en los cachetazos. Jorgito cargado de angustia, es su único hijo.
− ¡Porqué! –protesté− ¿no sienten que hay algo que se cortó?, escuchen, ya no tenemos que cumplir con nada, con lo único que cumplimos es con esta caminata y lo hacemos con gusto porque estamos mejor que nunca, ¿saben lo que nos esperaba si nos quedábamos? ¡Que mierda!, me hubiesen preguntado cuando nací si quería todo eso. Aparte, ya se sabe lo que va a ocurrir, primero van a armar un lío infernal, y después, con el tiempo se les va a pasar.
− ¡Qué se les va a pasar! –exclamó Rodrigo.
−Pero escucháme, no escapamos por escapar, estamos siguiendo la espada de palmera que sabe por encima de nosotros.
− ¿Por encima? –preguntó Recaredo.
−Sí, los grandes creen que saben cosas pero después todo se les cambia y entonces dicen que se equivocan, o te hacen creer que saben porque les dijeron, eso es así, así, y así, pero la espada sabe porque sabe, ¿entienden?, sabe como señalar sin palabras, sabe lo que va a pasar, y los grandes como no saben lo que les va a pasar se asustan y marcan caminos y una lista de cosas que tienen que hacer para que no les pase nada. ¡Cómo nos vamos a quedar con esa gente!
−Imagináte que feo –dijo Rodrigo− si ahora aparecieran en la noche y nos agarrasen.
Recaredo miró hacia los pinos en la oscuridad.
−Si nos agarran me muero –dije− me muero porque no podría creer que toda esta aventura quede en nada, no puede quedar en nada, nació de un misterio, ¡eso es lo que me da ánimos!
Recaredo parecía estar apretando algo, miraba de un modo muy raro al fuego.
−Yo volvería a salir –dijo.
− ¿Otra vez por el mismo camino? –le preguntó Rodrigo.
−El camino no importa –contestó− pero estamos destinados a seguir ese maldito palo que descubrió Jike.
− ¡Cómo! ¡Que es eso de maldito!
−Bueno, lo que sea, la bendita espada, o como quieran llamarle, da lo mismo, aquí ya los nombres y las palabras no nos sirven para nada, solo que, es como si hubiésemos nacido para eso.
− ¿Para qué?
−Los grandes nacieron para quedarse en un mismo lugar y seguir haciendo lo que vienen haciendo desde que empezó el mundo, yo nací para irme.
−Yo también.
−Yo nací para hacer algo distinto –dijo Rodrigo en cambio.
− ¿Qué querés hacer?
−Algo.
Rodrigo mirando el fuego tenía cara de viejo, pero no de un grande, si no de uno de nosotros cuando sea viejo. Como tenía un ojo semicerrado se parecía a un pirata. Los piratas tampoco son grandes, son diferentes.
El fuego había se había transfornado en un hueco de brasas como el infierno de los cuentos.
−Algo que quede siempre aunque pasen más de dos mil años –dijo Rodrigo
− ¿Cómo las pirámides?
−Sí, pero que no sean pirámides ni ningún monumento.
− ¿Entonces qué?
No contestó.
Soplaba un ligero viento del sur, el toldo estaba al otro lado y no corría peligro de quemarse con el fuego, además ya quedaban solo brasas con algunas chispas que saltaban apagándose en la arena.
−Voy a buscar los sándwiches y traer más ramas –dijo Recaredo levantándose.
Cuando vi a Recaredo agacharse detrás de la tienda, le dije a Rodrigo.
−Yo pienso que querés hacer un pueblo.
Rodrigo se rio, era divertido que nos aparezca en la cabeza el pensamiento del otro.
Sonó un golpe. ¡Carajo!, grito Recaredo, se habría golpeado con una rama.
− ¿Y cómo sería tu pueblo?
Rodrigo tiró una piedra a las brasas.
−Mucho mas allá después de caminar semanas y semanas, cuando ya no nos persigan, ¿te imaginás Jike?, que bueno, un pueblo diferente pero aquí, en esta playa.
− ¿Pero con quien?, ¿con los lobos marinos?
− ¡No gil!, con gente como nosotros, ¿sabés la cantidad de chicos que estarán hartos por toda esta zona, detrás de los médanos?, mirá, te voy a explicar…
Recaredo apareció ante la luz de las brasas, traía una rama llena de hojas secas.
−Es que ahora cuando fui a la orilla –siguió Rodrigo− tuve una visión, vi un montón de chozas en esta playa y muchos fuegos como éste.
Recaredo tiró la rama al fuego y nuestras caras se iluminaron justo cuando Rodrigo decía: − Empecé a imaginar gente como nosotros alrededor de los fuegos, unos estaban comiendo y otros sentados hablando sin hablar, como nos está pasando a nosotros. La cosa es así, una vez que nos aseguremos que ya no nos persiguen, nos ponemos a hacer expediciones tipo espías hacia las casas que queden cerca de la playa y entonces vemos los chicos que hay, en cuanto detectemos a alguien como nosotros le invitamos a que venga, y por supuesto le ayudamos a escapar.
−Tiene que ser alguien que este podrido del colegio –dijo Recaredo mirando las llamas.
− ¡Seguro!, y…¿saben qué cantidad de chicos aburridos y podridos de estar bajo el mandato de los grandes que debe haber por ahí? ¡Hay que hacerlo! ¡Hay que hacerlo! ¡Sabés que bueno!, todos vestidos como los indios y las chozas allí, ¿lo ven? Otras chozas junto a los médanos, y otras apareciendo entre los pinos, y la gente saliendo a pescar, ¡ah! Otra cosa que no dije; podemos hacer balsas y salir a pescar, y por ahí descubrimos una isla.
− ¡Qué bueno! –Recaredo sonrió− pero hay una cosa importante que estaba pensando, no hay que repetir nada de lo que se hace allí en las casas, deberíamos hasta cambiar el idioma.
−No hace falta –dije− la playa se encargará de eso, en cuanto pase un mes con nosotros empezaran a ver que todo lo que pensaban quedará borrado como si lo hubiesen soñado, y lo mejor va a ser que se van a dar cuenta que vivimos en un tiempo diferente, que vivimos en un solo momento, por eso no hay muertes ni nos gastamos como los que están pendientes de los dias.
−Y cuando nos vean las caras –siguió Rodrigo− con los pelos secos y con otro color por la sal y la piel como los animales del mar, les va a dar envidia, y van a venir corriendo.
−Y se van a dar cuenta que también descubrimos los pensamientos –dijo Recaredo− y pronto no vamos a tener necesidad de hablar o hablaremos sin palabras como cuando nos reímos, ¡los aparatos para llamarse sirven solo para los inútiles pobladores de las casas!
−Nosotros seriamos los habitantes de la playa
−Y seriamos muchísimos que nunca seriamos grandes, pasará el tiempo que no pasa y tendremos hijos pero nadie nunca va a ser grande.
−Pero el tamaño del que venga no importa –dijo Rodrigo mirando fijo el fuego− a cualquiera que esté harto de vivir en las casas lo dejamos entrar.
− ¿Eso! – dijo Recaredo.
− ¡Seremos como los animales! –dijo ya gritando Rodrigo− como son los indios que están más cerca del zorro y de los bisontes, los indios se parecen más a los animales, por eso viven mejor, y duermen en chozas de palos− Rodrigo empezó a dar vueltas alrededor del fuego como un poseso− y las chozas estarían muy separadas para que haya un buen espacio, tendríamos animales, y sembraríamos allá atrás cerca del arroyo, porque el sitio ideal tiene que ser donde desemboca un arroyo de estos.
−Se puede hacer –dije.
−Se puede hacer ¡no! –afirmó Rodrigo− ¡lo vamos a hacer!
−Bueno, lo vamos a hacer.
−Pero sobre todo –dijo Rodrigo− se van a convencer cuando sepan la historia de la espada de palmera, cuando sepan –se le cortó la voz emocionando− que nos guía algo que está más allá de todo lo que sabemos, entonces no se lo van a pensar, armaran la bolsa y saldrán temprano por la mañana,
− ¡Eso! –dijo Recaredo riendo− tempranito, tempranito para que nadie los descubra.
¡Que cambio el de Rodrigo!, dijo la espada, ya no dice el palo.
− ¡Levantarse! –exclamó Recaredo− ¡A pactar!
Juntamos las manos por encima de las llamas casi quemándonos y gritamos a coro:
¡Lo vamos a hacer!
¡Lo vamos a hacer!
¡Lo vamos a hacer!
*****************
cont/ 02/ 12

sábado 28 de noviembre de 2009



Según Marta la casa estalló en alarma cuando al segundo día vieron que no regresábamos.

“Ni papá, ni mamá, ni Jorgito, durmieron en toda la noche. Iban y venían por los pasillos. Continuamente hacíamos café en la cocina, fue una noche horrorosa. Por lo menos pudimos saber que no habían tenido ningún accidente, y también conocer sus intenciones porque Estela revolviendo los cajones de los chicos encontró un escrito de Jike que parece el de un loco, y por estas páginas nos enteramos que seguirán a la largo de la playa y que no tenían pensado volver. A las seis de la mañana Papá y Jorgito fueron a la playa. Papa decía: en cuanto los vea a estos imbéciles, los mato a patadas. Y Jorgito alegaba que su Recaredito no era un chico de escaparse, que posiblemente fue Rodrigo el de la idea.
Entonces al mediodía empezaron a planear la búsqueda. En un momento se les ocurrió presentar el caso a la policía. A Estela se le ocurrió. Pero fue descartada la idea, porque pensaron que después habría que dar parte al juez de menores y todo se iba a complicar. Entonces decidieron al fin salirles al paso en cualquiera de las estancias que lindan con la costa.



*** *** ***

Aparte de este desorden de hechos que estoy contando, tanto Rodrigo como Recaredo escribieron retazos de esta aventura. Rodrigo titulo el suyo “la lejana voz del mar” y Recaredo “El otro reino”
Aquí tengo las cuarenta y cinco páginas donde Recaredo separa de manera insistente el lugar donde hemos caminado de la tierra común donde viven aquellos que entonces llamábamos los grandes. Escrito a modo de diario íntimo, es una conversación que entabla con su yo escondido, ese, que según él, solo se lo puede encontrar a la noche, junto a la almohada.
Pensar que lo escribió diez años después y al leerlo parece que lo hubiese escrito en el momento, porque entonces ¿Quién iba a ponerse a escribir en aquel lugar?
Recaredo comienza hundiendo la cara en la almohada para rescatar el sol. Aquel impresionante sol que nos acompañó durante todo el trayecto, y partir del sol sigue una serie de impresiones de la playa mezcladas con introspecciones, reflexiones, protestas, siempre hablando a ese, su yo oculto.


“En ningún momento me llegó a importar un pito lo que podía estar sucediendo allá en la casa. Ahora cualquier cosa que aparezca ante mis ojos, es parte de lo nuevo. Ayer he muerto, y ayer he nacido en un mundo mil veces más grande del que vivía. Una vida que tiene más luz, y a la vez es cruda, verdadera. Es otro planeta. La olas caen llenas de burbujas de sol y llegan a la orilla formando dibujos de espumas y caracoles, y pensar que cada ola tiene un modo de romper diferente que nunca la tuvo antes ni jamás volverá a repetirse en el futuro. Pensar que ese movimiento es eterno. De lejos se ven las espumas como lavas de un volcán, espesas, comiéndose la orilla, y el sol produce las reverberaciones en el último punto donde la playa hace su entrada para formar otra bahía.
No sé donde nos conducirá el palo de palmera. No sé si algún día podré verlo. Y siento que me estas escuchando porque sabes al igual que las estrellas, que todo me está esperando en distintos encuentros. Esto que estamos viendo, esta inmensidad en la que nos hemos metido, es lo que el palo quería decirnos.
Éste es su lenguaje, un rato diferente del lenguaje de los hombres. Y hay otra razón: el lugar donde estamos es limpio. Por primera vez en mi vida sé lo que es limpio. Esto es limpio”


En “La Lejana Voz del Mar” Rodrigo tiene un modo muy diferente de presentar la historia, evitando el estilo de diario. Una lluvia de sensaciones lo atraviesa a cada paso, y de una acción salta a la otra en los puntos apartes, lo que puede despistar si no se está atento. Es un escrito extraño, muy presente, pero no se escapa de la corriente del “frasesismo” que teníamos entonces. “No hay nada que quede escrito en este planeta” dice Rodrigo “Un día el viento borra suavemente todo signo humano y la playa queda en blanco. Jamás una huella podrá perdurar. Ni siquiera el rastro del palo de palmera, el único que podría eternizar su marca, se esfumó al día siguiente dejándonos en ascuas caminando hacia aquello que no conocíamos”

En la hoja 27 aparece el encuentro con el primer arroyo, y fue un rato después de emprender la marcha tras aquel descanso cuando metimos las cabezas en las olas.
Se le dio el nombre de “arroyo rojo”, porque Recaredo que iba adelante se asustó por los espejismos que le hicieron ver un arroyo de sangre.


La Lejana Voz del Mar

“Estoy abombado con el sol, me quema como me quema la arena y me da igual estar medio adormecido como un lobo de mar o caminando, caminando, caminando durante horas al mismo ritmo con el fuego agradable de cuando estoy recostado, o cuando voy sin la bolsas y nada me pesa.
Recaredo camina muy lejos, hay algo rojizo allá. Se lo ve a Recaredo como una figurita negra bailando y tiritando entre las hondas del calor. Jike está a mitad de camino, va por la orilla arrastrando los pies por el agua, pateando las espumas, son espumas blanquísimas que por momentos se inflan brillando hasta encandilar. ¿Qué pasó allí? Recaredo esta saltando. O no. Por ahí es un espejismo. No, no, no. Esta saltando. ¡Sí! Mueve las manos haciendo señas. Jike me avisa que Recaredo le está llamando.
− ¡Que paaaaasaaaaaa –grité yo.
El grito de Recaredo me llegó con el viento.
−¡Un aaarroyooooooooooo!
¿Dijo un arroyo? ¿Puede ser? Un arroyo, agua, agua por fin. Estar tomando agua con la cabeza sumergida, llenarme el estomago hasta reventar. Jike corre y corre desesperado y Recaredo va adelante enloquecido y pronto desaparece tras la barranca de la playa donde pasa el arroyo. Seguramente el agua viene de aquel callejón de pinos que corta los médanos. ¡Al fin!, ¡agua, agua! Estar completamente hundido en agua dulce, fresca, ¡agua!, no puedo creerlo, ¡carajo!, voy corriendo con la bolsa.
Por el medio de un cañón de arena pasa el arroyo que luego se ensancha al llegar al mar. Recaredo está totalmente loco, se clavó de cabeza en el agua y sacó las patas haciendo una ve corta (V) mientras Jike pasa detrás flotando con ropa y todo, como un muerto de la guerra.
¡¡Aaaahhhhhhh!!, tirarme con la ropa puesta y sentir el frío y la corriente tomando agua al mismo tiempo que me doy la vuelta para hacer la plancha, esta buena, bebo, ¡qué buena que está! ¿Quién nos saca de aquí echados medio aplastados como focas en la arena?, tan calentitos. Es verdad que se siente el sol lo mismo que al caminar como alguien que te acompaña y se recuesta también con uno. Todo es lo mismo, la arena, la foca, dormirse, dor…..bros …ssss.

Cuando refresca la tarde nos viene esa fuerza de mar que dan ganas de hacer muchas cosas, como por ejemplo, levantar el toldo donde dijo Recaredo, allí, cerca de esos pinos por si viene el viento. Abrir la bolsa. Buscar más agua. Ir a traer leña. Tenemos que hacer una gran fogata para secar la ropa.
Formé cuatro pilas de leñas en distintos sitios. Hay muchísimos palos, voy a tener que hacer muchos viajes o me van a tener que ayudar.
Es impresionante estar en medio de la playa cuando el horizonte se enrojece como un incendio, y hay algo…hay algo que me está observando, pero no sé lo que es. Es interminable, imposible de hablarlo, está allí y está aquí. Hace que me caiga sentado y me quede tranquilo con una tranquilidad que no es mía, porque viene del aire.
Fue el momento que empecé a ver el mismo lugar a un salvaje envuelto en una piel como los indios saliendo de la choza y dirigiéndose a la orilla, y allá en aquel punto hay otra choza con humo porque están cocinando algo, y allá, al otro lado del arroyo se ven las tolderías. Por la noche se escuchan cantos que vienen de aquella hilera de fogatas a lo largo de la playa”


*** *** ***


Continua 30/ 11