viernes, 16 de octubre de 2009

Le Petit


No hubiese estado ni dos dias en Bobo, incluso si no me hubiese topado con el Petit. Busco su cara en mi memoria y seguramente lo invento; un tipo más bien gordito, de ojos alargados, nariz chata, mirada de soslayo con odio antropológico.
La primera noche cuando me dejó el camión vagué por las calles oscuras en busca de un lugar para dormir. Me salieron cientos de ofertas, ¡Ici monsieur ici !−Vienne a voir− ¡Ici cet votre chambre! Todo era caro, carísimo. Una pocilga apestosa podía vaciarme el bolsillo. En una barranca de tierra conseguí algo más barato después de luchar con los vecinos que me decían, venga a mi sitio señor, cuidado con esa señora, le va dar habitación y después va a llamar a los asaltantes. No había duda que la mentira cuanto más sucia mas permitida estaba en el código de la competencia. La señora muy risueña me dijo que buena persona es usted que no hace caso a esos cerdos, y escupió hacia el lado de sus vecinos.
El cuarto tenía un colchón salpicado de manchas que ocupaba la totalidad del suelo. Podía cerrar la puerta con candado.

Por la mañana Bobo Diulaso se presentó como una nausea con los colores desteñíos de sus calles que buscaban el progreso occidental. El calor pegaba duro, aplanaba nomas a las diez cuando me senté en una de las mesas de la vereda, huevo frito con pan lactar y café negro para espabilarme, el bote de azúcar por favor, gracias. ¡Qué buen café, Si, soy español de Ibiza (lo de argentino no lo digo porque Maradona me tiene frito) sí, sí, ando viajando, me gusta Burkina, no, no trabajo por ahora, trabajo en mi país.
Toda la mesa pendiente del extranjero que come en la calle.
Ese día no pasó nada para ser escrito, como si descansara preparándome para lo que sucedería al día siguiente. Di vueltas y vueltas por todas las calles. Dormí siesta. Y a la noche encontré un restaurante con cerco de palos a la calle, frecuentado por algunos extranjeros, muchos franceses, quizá un gordo alemán. Se comía bien, lo malo era esa cantidad de miserables que se agolpaban contra el cerco delante de las mesas. Uno de los franceses alargó el pan hacia afuera y como rayos, hombres, niños y mujeres corrieron enloquecidos a agarrarlo, lo más parecido a los peces cuando convergen hacia la miga que se tira al estanque. Se lo llevó el más fuerte, un negro como el betún con camisa amarilla que decía ATMA.
Dormí como si me hubiesen pegado un tiro.

En el desayuno le pongo mucha mantequilla al pan, lo mojo en el café negro y decido que al día siguiente voy a subirme en una camioneta para llegar al mar y ver el gran atlántico del lado opuesto al que veía como cuando era niño allá lejos y …hace unos cuantos años.
Dando vueltas por las calles de Bobo llego a ese camión sin ruedas donde hay una fila de movielttes, y el chico que las alquila al verme viene con la moto como si yo la hubiese reservado. Esta anda muy bien, ¿Cuánto? X cefas. Ok. En eso un empujón desplaza al chico y cae al suelo. Es un gordito el que lo ha empujado y ahora me dice en tono feo de orden, “¡no le alquiles a ese que se te va a romper y después la tendrás que pagar!, alquila las mías” y señala cuarto movilettes a un lado. Respondí: Yo se la alquilo al que me dé la gana, o sea a este chico.
El gordito, más alto que yo, de ojos alargados, me soltó en moré algo fuerte de soslayo y se alejó rumiando. El chico asustado me dio la movilette, temblando sus manos en el manubrio.
−Le Petit, il a dit qu´il t´va a tuer. (El Petit dice que te va a matar)
−¿Qui est le Petit ? (quien es el Petit )
−Lui – (ese), señaló hacia donde se fue el gordito.
−Dile al Petit que no se me cruce en el camino porque le voy a partir la nariz.

La movilette iba despacio aunque le diera todo gas, y las casas pasaban sin consistencia porque yo iba pensando en la advertencia de algunos viajeros; “En África o muestras cara de malo o te cuecen vivo”. El Blanco Inevitable, Jack London, o sea un rollo que no me cuadra pero un actor no debe rechazar el papel que le asignan, si no es por guita, al menos, para asegurarse la vida como en este caso.
Cuando devolví la movilette una mujer silenciosa estaba en lugar del chico, y el Petit había desaparecido con sus motos.
Por la tarde caminando como si nada por todos lados, la muerte empezó a hacerme señas irónicas desde distintos rincones. El primero fue un tipo con las manos en los bolsillos parado en una esquina, que al pasar me sopló al oído.
“Le Petit te va a tuer” (el Petit te va matar)
Seguí el paso creyendo que lo había soñado, es que con este calor por ahí me dijo otra cosa y la cabeza que la tengo como una licuadora, pero al cabo de un rato pasa a la carrera un tipo desgarbado que se dobla de flaco y me grita.
¡ Le Petit il va te tuer !
Mierda. Meto la mano en la bolsa y agarro el mango del cuchillo tuareg. ¿Por qué da tanta seguridad ese mango?
Dos más apoyados contra un coche me llaman,
−Monsieur, monsieur, le Petit ayourd,hi va te tuer. (señor, señor, hoy el Petit te va a matar)
Y cada uno de ellos eran los disfraces que la muerte usaba para divertirse. Para ver que cara pone ese intruso ante la posibilidad de un inminente fin.
Y para colmo el último disfraz tenía que ser en ese restaurante donde comen los extranjeros. Justo cuando me traen el pollo con arroz el primer bocado se me atraganta al ver el tipo en aquella esquina que sale de la oscuridad para que le vea bajo el farol, me mira con sonrisa tétrica y pasa el canto de su mano debajo del cuello, el Petit, me decía con señas, te va a degollar.

Si con una mano agarré el mango del cuchillo tuareg con otra mano invisible agarré la mente cerrando la puerta a cualquier pensaimagen que pueda a provocar el pánico. Mente con mecanismo de defensa. ¡Alerta roja! Lo primero censurar ese tipo de pensamientos, eliminar o borrar provisoriamente el pasado, nadie me espera en ningún lado y no quiero ni me quiere nadie. No pienso hacer nada en el futuro porque no existe. Estoy muerto, y mejor que sea un muerto el que regresa a la pensión.
Ni pensé cuantas calles distaban del restaurante a la pensión, pero eran calles oscuras, apenas un bombillo triste en las esquinas. Si yo era un muerto podía exclamar a gritos no está muerto quien pelea. La estrategia la había planeado en el postre, ir por el medio de la calle señalando el cuchillo bien alto a modo de espada y cada dos pasos dar un giro para ver quien viene detrás. Sentía lo que sentirá un soldado en la guerra. Todo está perdido, ¡que más da!, pero el cuchillo tuareg no quedará limpio cuando cierre los ojos. Dos pasos y dar la vuelta, ahora viene uno, no se ve su rostro, es como una sombra que se desliza, es el Petit, cuchillo ya. No, no era. Salió corriendo al verme. Dos pasos, dar la vuelta, no viene nadie, dos pasos, ahora viene uno de frente, se fue a un costado y echó a correr. No era el Petit, dos pasos, volverme y al frente con dos pasos y pronto cojo el ritmo acelerando los pasos y la vuelta mirando a todos lados y a la punta del cuchillo, ahí viene otro, no, no es, cambió de dirección. A la muerte no se la veía, ni siquiera en la oscuridad
Habré tardado más de un hora con esos pasos de danza ritual desde que salí del restaurante hasta que por fin cerré con candado mi puerta y vi las manchas del gran colchón. ¡Casa!

Por la mañana en la ventanilla de la camioneta esperando a que se suban más pasajeros para Banfora, pensé que si el Petit me habrá visto no se asustó por el cuchillo sino por los rarísimos pasos que daba ese blanco loco.

Consejo de viaje: el asesino no le teme a nada, salvo a la locura

Próximo “le Voleur”



2 comentarios:

Jorge Rodríguez dijo...

la cagaste bien cagada!
rompiste la ley del más fuerte que impera en áfrica. al petit le quitaste toda la autoridad, impuesta por el miedo por supuesto, al ver que un blanco no le temía.

¿qué pasaría si todos hicieran como tú? muchos puñales caerían sobre el matón. estoy seguro que él tuvo mucho más miedo aquella noche...

mirella dijo...

el asesino no le teme a nada, salvo a la locura