Sale un chorrito de nada y me duele como si fuera agua hirviendo, dijo Aitor.
Voy a llamar al Urólogo –dijo el médico de urgencias –generalmente no viene porque está muy ocupado.
Aitor sentado en la camilla con esa batita ridícula que les ponen a los pacientes, miraba afligido el suelo, ¡qué tiempos aquellos cuando no me pasaba nada!
El médico bajó con otro médico joven tan flaco que la bata blanca le quedaba grande y sacaba pecho en una postura arrogante, era el urólogo.
−Le voy a cambiar el antibiótico para la infección que le dio el otro médico, y le voy a dar unas medicinas que bajan el tamaño de la próstata. Para la infección va a tomar estos sobres durante un mes.
−Pero el otro médico…
−Pero yo soy el urólogo.
En casa abrió el primer sobre. Salía una pasta blanca que había que meterse en la boca y tragarla con todo el disgusto del universo.
El sabor horrible de la pasta no se iba durante el día, lo perseguía a Aitor por todas partes, los pensamientos se le volvieron pastosos, sentía la pasta abominable recorriendo toda la piel, los arboles se volvían de un gris trágico, los sueños tenían ese color gris totalmente ocupados por el sabor agrio, meloso, ruinoso y gaarrooomoso, esta última palabra fue un invento de Aitor porque no encontraba ninguna otra que se adecue a ese sabor. Hasta tuvo miedo de extraterrestres que se le metan por vía oral y el urólogo sea un estratega de la invasión de otros mundos.
Por otra parte, tenía mareos, y diarrea, cuando iba al váter estallaban formas inconfesables. Leyó el prospecto en los posibles “efectos adversos” y faltaba decir que le iba a salir una nueva cabeza por el culo.
¡Basta! Dijo al tercer día, ¡no puedo más!, un mes con este antibiótico y desaparezco en el éter.
Decidió ir al urólogo de una clínica de pago. “Otro tipo que me diga lo contrario”.
Mientras esperaba en una sala limpia, acogedora, casi PP, llegó una pareja de gente mayor, la señora era bizca, su marido un ser derrotado. La placa en la puerta decía Dr. Ahmed, es árabe, pensó Aitor, mejor todavía.
Pase usted, le dijo la secretaria a Aitor. La puerta se abre y ¿Quién está ahí? El jovencito urólogo falco de pose arrogante que lo había atendido en Urgencias.
− ¡Como le va!− su sonrisa pasaba más allá de la oreja a oreja, y aquella arrogancia no era más el estado natural de la dignidad árabe.
−Yo con estos sobres no llego a Navidad – le dijo a Aitor.
−no pasa nada, cambiamos el antibiótico, pero mantenga las de la próstata que son importantes.
− ¡Como me alegré de esos zapatazo que le tiraron a Bush!
− ¡Ese es un hombre con cojones! –exclamó, casi gritó Ahmed- ¿ese es un héroe!
Transcurrió una rato tan largo que la señora bizca le dijo a su marido, el señor que pasó debe tener algo grave, mientras que en la consulta Ahmed y Aitor montaban una puesta en escena de un Gólgota donde Bush desnudo y atado a un palo sobre un pira estaba acompañado de sus dos ladrones, Blair y Aznar, también atados a los palos a punto de ser incinerados.
domingo, 21 de diciembre de 2008
martes, 16 de diciembre de 2008
Cuento Anticlínico
−Como si siga lloviendo así no vamos a poder entrar por el atasco que nos espera −dijo el conductor de la ambulancia.
El compañero no dijo nada. Permaneció a oscuras junto a la camilla donde iba Julen con un ataque cardiaco, ahora tranquilo, mirando la carrocería del techo de la ambulancia, que era como un cielo de invierno. A un lado la silueta del enfermero quieto como un ángel esperando.
− ¡Cómo llueve! –volvió a decir el conductor sin obtener respuesta.
Julen sabía que no iba a durar más de dos días en el hospital, y que los médicos le dirían no piense esas cosas, usted tiene para rato y él iba quedar agradecido pero lo sabía como quien sabe que existe, como quien sabe que hay noches, que hay días.
Lo peor, pensó Julen, es morir en una cama atravesado por una red de tubos, y eso es lo que no acepto, no quiero, eso no va a ocurrir, eso también lo sé.
Recordó un cuento de Borges en el que el personaje esta delante del mismo espanto, la muerte aséptica acompañada de sueros y sedantes, entonces salta a otra muerte más noble y termina combatiendo a facón con un gaucho a la madrugada.
Recordó una frase que leyó en una tienda, “El pensamiento crea realidades” tal vez para lanzar un producto, pero se hizo firme de esas palabras, cerró los puños, cerró los ojos tan fuerte como los puños, y dijo no quiero morir combatiendo, sino después del combate, y va a ocurrir y va a ocurrir, va a ocurrir
Con los ojos cerrados escuchó un rumor de piedras como de derrumbe, o es algo que se desliza sobre un camino de piedras, como una rasta de madera y me siento sacudido por ese ruido y al abrir los ojos me veo acostado en una canoa como de mohicanos, o de indios de algún lado, y todo alrededor es selva salvo esa claridad donde está el mar, huele a pescado, a sal, dos indios empujan la canoa, yo voy atado y cubierto por mantas de pieles, la playa es de piedras redondas, me empujan, ya entro en el agua, voy a hacia las olas, me mojo con espumas, los indios metidos en el agua empujan hasta pasar al rompiente y por fin la canoa se aleja hacia un horizonte tan luminoso que me da la sensación de volver a un lugar que hace milenios he habitado, liviano y libre, tan lejos y cerca, mucho más inmenso que lo que he dejado.
− ¡Lo sabia! –exclamó el conductor –el maldito atasco y la maldita lluvia nos hicieron llegar tarde.
El compañero no respondió.
El compañero no dijo nada. Permaneció a oscuras junto a la camilla donde iba Julen con un ataque cardiaco, ahora tranquilo, mirando la carrocería del techo de la ambulancia, que era como un cielo de invierno. A un lado la silueta del enfermero quieto como un ángel esperando.
− ¡Cómo llueve! –volvió a decir el conductor sin obtener respuesta.
Julen sabía que no iba a durar más de dos días en el hospital, y que los médicos le dirían no piense esas cosas, usted tiene para rato y él iba quedar agradecido pero lo sabía como quien sabe que existe, como quien sabe que hay noches, que hay días.
Lo peor, pensó Julen, es morir en una cama atravesado por una red de tubos, y eso es lo que no acepto, no quiero, eso no va a ocurrir, eso también lo sé.
Recordó un cuento de Borges en el que el personaje esta delante del mismo espanto, la muerte aséptica acompañada de sueros y sedantes, entonces salta a otra muerte más noble y termina combatiendo a facón con un gaucho a la madrugada.
Recordó una frase que leyó en una tienda, “El pensamiento crea realidades” tal vez para lanzar un producto, pero se hizo firme de esas palabras, cerró los puños, cerró los ojos tan fuerte como los puños, y dijo no quiero morir combatiendo, sino después del combate, y va a ocurrir y va a ocurrir, va a ocurrir
Con los ojos cerrados escuchó un rumor de piedras como de derrumbe, o es algo que se desliza sobre un camino de piedras, como una rasta de madera y me siento sacudido por ese ruido y al abrir los ojos me veo acostado en una canoa como de mohicanos, o de indios de algún lado, y todo alrededor es selva salvo esa claridad donde está el mar, huele a pescado, a sal, dos indios empujan la canoa, yo voy atado y cubierto por mantas de pieles, la playa es de piedras redondas, me empujan, ya entro en el agua, voy a hacia las olas, me mojo con espumas, los indios metidos en el agua empujan hasta pasar al rompiente y por fin la canoa se aleja hacia un horizonte tan luminoso que me da la sensación de volver a un lugar que hace milenios he habitado, liviano y libre, tan lejos y cerca, mucho más inmenso que lo que he dejado.
− ¡Lo sabia! –exclamó el conductor –el maldito atasco y la maldita lluvia nos hicieron llegar tarde.
El compañero no respondió.
domingo, 7 de diciembre de 2008
la Madre, la Muerte, la India
Andrés Di Tella director, entre otras, de la insólita película “Fotografías” me dijo una vez refiriendose a esta última; “hubo escenas que tuve que cortar como si me cortara un dedo”. Esta que transcribo es una las escenas que no salieron, (lo que no sé es si se trata de un dedo de mi amigo) pero aquí transcribo este monologo sobre la Madre, la India y la Muerte, que pude encajar en el libro que ya acabe y está en reposo esperando una voz que le de salida.
Fragmento "Madame Mamita"
Al llegar a aquel cruce que se iba a la Porteña, Andrés me apuntaba con la cámara preguntándome porque hacía yo este libro y qué sentido tenía para mí la vida de Adelina del Carril y de Güiraldes, porque generalmente son los críticos de ese tipo de literatura los que se pasan la vida rondando estos temas; pero un tipo como vos...
Le expliqué que el asunto venía desde un espacio un tanto insondable, la verdad te digo, apenas lo percibo, pero tiene que ver mucho con la madre. Desde el primer día que Rama me empezó hablar de su Mamita, y la personalidad de la Shakti, vi que las historias convergían todas hacia el concepto de la Madre Universal. Y que en la India cuando uno emprende el camino espiritual lo bautizan con un nombre de iniciación, el nombre que ese chico le dio a Adelina tenía mucho de eso, Rama le llama Mamita, y Adelina recibe el nombre de lo que siempre fue, porque fue también Mamita para Ricardo, Mamita para muchos de los amigos poetas de Ricardo, los de Proa, Mamita para Rama, y ahora, desde hace tiempo siento que es Mamita para mí, como si me empujara a hacer este trabajo.
Siguiendo el hilo de la Madre recordé una anécdota que me ocurrió en Varanasi, y me puse a contarla conduciendo el coche con la cámara de Andrés apuntando mi perfil.
Fue hace un tiempo atrás cuando de guía acompañé los del grupo español a ver las cremaciones del Manikarnika gath.
La cuidad de Varanasi acaba la orilla del Ganges y del otro lado del río, no hay más que campo desolado, al anochecer suelen verse largas franjas rojizas en el horizonte. Debajo de nuestra rampa, tres cadáveres se envolvían en las llamas de las piras funerarias. De pronto alguien me agarró del brazo con fuerza. Era un tipo joven, delgado, y abrigado con un chal oscuro, me pidió cincuenta rupias para los que están en la sala de un edificio que se veía sobre el río. Era la sala de los que esperan la muerte. Pensando lo acostumbrado, “este se va a guardar la guita”, le dije que dudaba de su historia.
−Entonces ven tú conmigo –me dijo–, y tú mismo les das las cincuenta rupias, ven conmigo.
Lo seguí un poco avergonzado por mi desconfianza, admirando a la vez a este tipo que solo quería ayudar a los moribundos de Benarés, ¿sabes? Cada mañana los encargados van a esa sala y recogen a los que han muerto en la noche para llevarlos a las piras.
Subí unos escalones y me encontré de pronto con una visión patética; en un lugar oscuro apenas alumbrado por una lámpara de aceite se marcaban las formas como sombras recostadas contra la pared. Estaban quietas, parecían fantasmas, o seres de otro mundo echados como muñecos espantosos, tan parecido también a esos cuadros tétricos del renacimiento donde ves las almas amarillas como muertos desnudos que esperan el juicio: estaban apenas cubiertos con unos trapos sucios, y el olor era inaguantable.
Una de esas formas se levantó; era una anciana que tendría siglos de existencia, muy pequeña y raquítica, como si fuese hecha de palo, y no pude verle la cara porque tenía la cabeza cubierta por una tela a modo de capucha.
−Dale el dinero a ella –me dijo el chico− ella se encarga ahora, si muere esta noche se encargará otro mañana.
Le di las cincuenta rupias y la mujer alzó una mano de verdadero esqueleto para bendecirme. Me arrodillé, y al sentir los huesos de su mano en mi cabeza, las lagrimas me salieron fluyendo en silencio porque supe con todo mi ser que era la Madre India; Baharat Mata, que después de tanta relación e intimidad con ella, que después de todo lo que yo había sufrido, llorado, reído, y vivido con una realidad pasmosa recorriendo su cuerpo de norte a sur, ahora, esa Madre India tomando la forma de la muerte, me bendecía.
Me emocioné al contarlo con la cámara al lado, no debí contar esto, porque siempre al llegar a los huesos de la mano las lágrimas tratan de salir.
Fragmento "Madame Mamita"
Al llegar a aquel cruce que se iba a la Porteña, Andrés me apuntaba con la cámara preguntándome porque hacía yo este libro y qué sentido tenía para mí la vida de Adelina del Carril y de Güiraldes, porque generalmente son los críticos de ese tipo de literatura los que se pasan la vida rondando estos temas; pero un tipo como vos...
Le expliqué que el asunto venía desde un espacio un tanto insondable, la verdad te digo, apenas lo percibo, pero tiene que ver mucho con la madre. Desde el primer día que Rama me empezó hablar de su Mamita, y la personalidad de la Shakti, vi que las historias convergían todas hacia el concepto de la Madre Universal. Y que en la India cuando uno emprende el camino espiritual lo bautizan con un nombre de iniciación, el nombre que ese chico le dio a Adelina tenía mucho de eso, Rama le llama Mamita, y Adelina recibe el nombre de lo que siempre fue, porque fue también Mamita para Ricardo, Mamita para muchos de los amigos poetas de Ricardo, los de Proa, Mamita para Rama, y ahora, desde hace tiempo siento que es Mamita para mí, como si me empujara a hacer este trabajo.
Siguiendo el hilo de la Madre recordé una anécdota que me ocurrió en Varanasi, y me puse a contarla conduciendo el coche con la cámara de Andrés apuntando mi perfil.
Fue hace un tiempo atrás cuando de guía acompañé los del grupo español a ver las cremaciones del Manikarnika gath.
La cuidad de Varanasi acaba la orilla del Ganges y del otro lado del río, no hay más que campo desolado, al anochecer suelen verse largas franjas rojizas en el horizonte. Debajo de nuestra rampa, tres cadáveres se envolvían en las llamas de las piras funerarias. De pronto alguien me agarró del brazo con fuerza. Era un tipo joven, delgado, y abrigado con un chal oscuro, me pidió cincuenta rupias para los que están en la sala de un edificio que se veía sobre el río. Era la sala de los que esperan la muerte. Pensando lo acostumbrado, “este se va a guardar la guita”, le dije que dudaba de su historia.
−Entonces ven tú conmigo –me dijo–, y tú mismo les das las cincuenta rupias, ven conmigo.
Lo seguí un poco avergonzado por mi desconfianza, admirando a la vez a este tipo que solo quería ayudar a los moribundos de Benarés, ¿sabes? Cada mañana los encargados van a esa sala y recogen a los que han muerto en la noche para llevarlos a las piras.
Subí unos escalones y me encontré de pronto con una visión patética; en un lugar oscuro apenas alumbrado por una lámpara de aceite se marcaban las formas como sombras recostadas contra la pared. Estaban quietas, parecían fantasmas, o seres de otro mundo echados como muñecos espantosos, tan parecido también a esos cuadros tétricos del renacimiento donde ves las almas amarillas como muertos desnudos que esperan el juicio: estaban apenas cubiertos con unos trapos sucios, y el olor era inaguantable.
Una de esas formas se levantó; era una anciana que tendría siglos de existencia, muy pequeña y raquítica, como si fuese hecha de palo, y no pude verle la cara porque tenía la cabeza cubierta por una tela a modo de capucha.
−Dale el dinero a ella –me dijo el chico− ella se encarga ahora, si muere esta noche se encargará otro mañana.
Le di las cincuenta rupias y la mujer alzó una mano de verdadero esqueleto para bendecirme. Me arrodillé, y al sentir los huesos de su mano en mi cabeza, las lagrimas me salieron fluyendo en silencio porque supe con todo mi ser que era la Madre India; Baharat Mata, que después de tanta relación e intimidad con ella, que después de todo lo que yo había sufrido, llorado, reído, y vivido con una realidad pasmosa recorriendo su cuerpo de norte a sur, ahora, esa Madre India tomando la forma de la muerte, me bendecía.
Me emocioné al contarlo con la cámara al lado, no debí contar esto, porque siempre al llegar a los huesos de la mano las lágrimas tratan de salir.
jueves, 27 de noviembre de 2008
Leopold Café
Los viajeros de los setenta lo frecuentaban. Allí ibamos los que huiamos de los insípidos y anglicanos platos que nos daban en el Salvation Army Red Shield. Allí estábamos en el Leopold Café comiendo algo picante que despierte el coco y las piernas, que amortigüen los cuarenta grados que ardían afuera, esos platos que nos inyectaban las ganas de salir pronto para el norte o para el sur, a vivir con todo el cuerpo la inexplicable India.
A principios del siglo XX el Leopold Café, fundado por un parsi, tenía de vecino al Salvation Army que albergaba a los colonos alcohólicos y a los que habían perdido en norte, y más allá, digamos enfrente, el gran hotel Taj Mahal creado por otro Parsi, Jamsetji Tata, que, según cuenta la leyenda, le negaron al entrada al Hotel Apollo, solo para blancos, y dijo “voy a hacer el mejor hotel de la India que pueda recibir todos los habitantes del mundo”. Se refería a los habitantes con buena cuenta en el banco.
Pasaron años y el Leopold Café fue cambiando de ropa, de mesas y bajando el nivel convirtiéndose en un restaurante más caro donde iban los turistas que pagaban esos otros hoteles de 500 rupias. El tiempo pasó y tanto los hoteles como los platos subieron de precio, el caso es que yo por simpatía y homenaje nostálgico, cada tanto me regalaba un pollo al curry o un vegetable nudul, en el Leopold. El cajero y los encargados me saludaban como recibiendo a otra época, con la sonrisa del que le gustaría darse un paseíto por el pasado. Cuando empecé a trabajar de guía en el sur de India el viaje terminaba en Bombay, y si el grupo se portaba bien, (no siempre ocurría) yo les organizaba una despedida en el Leopold. Los encargados unían las mesas y al día siguiente me regalaban una T shirt con el nombre del restaurante.
Este año no hubo cena, el grupo no estuvo a esa altura, y cuando se marcharon me tomé un lasie de banana en el Leopold y a la noche un plato de palak pannir, espinaca con queso, y un garlic nan, un pan parecido al chapatti más blando, refregado en ajo. Me despedí de los encargados y del cajero la noche que iba a tomar el avión. Yo también los miro siempre desde los lejanos y soleados setenta
Ayer por la noche mi amiga Marisa me llamó desde Andalucía para decirme que en los atentados de Bombay habían ametrallado dentro del Leopold Café y que estaba viendo por la televisión como sacaban los cuerpos.
Me costó dormir, dando vueltas en la cama y a cada vuelta entendía menos todo, y a cada vuelta se me aparecía como una visión las entradas sin puertas del Leopold Café dando a la caótica avenida Colaba, la visión de la caja antes de los baños, y el ruido de las voces riéndose en distintos idiomas, esas voces que hoy la imbecilidad que vivimos las ha apagado.
Y ahora voy a decir algo que puede estallar en polémica, y pertenece a Krishnamurti, “el mínimo sentimiento de pertenencia a un país o a una religión nos hace responsables de las matanzas”
A principios del siglo XX el Leopold Café, fundado por un parsi, tenía de vecino al Salvation Army que albergaba a los colonos alcohólicos y a los que habían perdido en norte, y más allá, digamos enfrente, el gran hotel Taj Mahal creado por otro Parsi, Jamsetji Tata, que, según cuenta la leyenda, le negaron al entrada al Hotel Apollo, solo para blancos, y dijo “voy a hacer el mejor hotel de la India que pueda recibir todos los habitantes del mundo”. Se refería a los habitantes con buena cuenta en el banco.
Pasaron años y el Leopold Café fue cambiando de ropa, de mesas y bajando el nivel convirtiéndose en un restaurante más caro donde iban los turistas que pagaban esos otros hoteles de 500 rupias. El tiempo pasó y tanto los hoteles como los platos subieron de precio, el caso es que yo por simpatía y homenaje nostálgico, cada tanto me regalaba un pollo al curry o un vegetable nudul, en el Leopold. El cajero y los encargados me saludaban como recibiendo a otra época, con la sonrisa del que le gustaría darse un paseíto por el pasado. Cuando empecé a trabajar de guía en el sur de India el viaje terminaba en Bombay, y si el grupo se portaba bien, (no siempre ocurría) yo les organizaba una despedida en el Leopold. Los encargados unían las mesas y al día siguiente me regalaban una T shirt con el nombre del restaurante.
Este año no hubo cena, el grupo no estuvo a esa altura, y cuando se marcharon me tomé un lasie de banana en el Leopold y a la noche un plato de palak pannir, espinaca con queso, y un garlic nan, un pan parecido al chapatti más blando, refregado en ajo. Me despedí de los encargados y del cajero la noche que iba a tomar el avión. Yo también los miro siempre desde los lejanos y soleados setenta
Ayer por la noche mi amiga Marisa me llamó desde Andalucía para decirme que en los atentados de Bombay habían ametrallado dentro del Leopold Café y que estaba viendo por la televisión como sacaban los cuerpos.
Me costó dormir, dando vueltas en la cama y a cada vuelta entendía menos todo, y a cada vuelta se me aparecía como una visión las entradas sin puertas del Leopold Café dando a la caótica avenida Colaba, la visión de la caja antes de los baños, y el ruido de las voces riéndose en distintos idiomas, esas voces que hoy la imbecilidad que vivimos las ha apagado.
Y ahora voy a decir algo que puede estallar en polémica, y pertenece a Krishnamurti, “el mínimo sentimiento de pertenencia a un país o a una religión nos hace responsables de las matanzas”
lunes, 24 de noviembre de 2008
al niño malo
Quisiera hacer una confesión light, eso, ligera, sublime, con poco peso.
Yo siempre fui el niño malo. Cuando en la escuela repetí segundo grado por mala conducta, el primer día de clase la maestra me sentó en el último banco y le dijo a los alumnos nuevos, “ven ese niño que esta allí, no se acerquen a él porque es malo”. Entre de los niños que me miraban con susto había tres o cuatro que me giñaron el ojo con complicidad. Supe entonces que contaba con verdaderos amigos que eran de mi calaña.
Mi hermana guarda todavía una nota que le enviaron a mi madre de la escuela con la siguiente misiva: “El niño José Rivarola está suspendido por haberle apretado fuertemente el cuello a Jaime Bedel”.
Me acuerdo también de una niña a la que le tiré del pelo en la furgoneta que nos llevaba al cole. No me acuerdo de la cara de la niña, pero sí de su llanto a gritos y de los mechones rubios que me quedaron entre los dedos.
En los veranos mi madre me amenazaba con ponerme un bozal para que no muerda a las señoras en la playa.
A Eduardo, mi hermano menor, le di innumerables cachetazos a lo largo de esa vida confusa que llevé en la casa paterna. Pagué karma, Hoy Eduardo se vengó comiéndome la mitad de la herencia.
A mi hermano Horacio con quien perdí todas las peleas porque era un rugbier grandote, un día le tiré un cuchillo que lo esquivó y se calvó en la cortina de una ventna (has visto Horacio, dije cuchillo).
En mi casa rayé muebles y rompí cuadros valiosos, y le robaba trajes a mi padre para empeñarlos en el banco municipal. También robé de mi casa platos de cerámica española y desparecieron algunas cosas que terminaron en tiendas de antigüedades. A mi madre le metía la mano en la cartera, y también a mi hermana María, pero esta se daba cuenta.
A los doce años me escapé de mi casa con intención de llegar a Chile y embarcarme hacia el oriente, pero no pasé de la ciudad de Córdoba y regresé interpretando el papel del hijo prodigo con un arrepentimiento que duró dos días. Fui a doce colegios. Me echaban, me iba, me echaban, rebeldía, insultos a los profes, poesía clandestina, huidas, golpes de conejo a los pelotas, esas cosas. Durante mi periodo de bachillerato hice un buena carrea de boxeo con peleas de semifondo en las esquinas, peso gallo.
El último colegio fue nocturno, había gente mayor, uno era italiano y recordaba los horrores de la segunda guerra mundial. Lo peor de cada casa estaba en ese colegio. La policía solía ir cuando denunciaban a un alumno que entraba con pistola o cuando ponían un petardo de pólvora en los baños. La vez que atamos al profe de física al balcón no hubo denuncia, solo gritos parecidos a los de Julieta llamando a su Romeo.
A los 17 años caí en coma etílico por ingerir una maravilloso whisky argentino que se llamaba “Cubana Sello Verde” mi padre tuvo que darme inyecciones de B 12 para que siga viviendo. Más tarde me emborraché con un whisky mejor, el que bebía mi padre, para escribir como Edgard Allan Poe, el resultado fue una resaca que me partía el cerebelo y una página llena de letras vomitivas. Las borracheras y las peleas, las huidas de casa, se sucedieron como algo cotidiano hasta que un día me subí al ferry “los 33 orientales” que cruzaba a Colonia de Uruguay y me fui a viajar por el mundo que antes veía en los mapas. Entonces me di cuenta que el niño malo había construido un personaje que atraería un tipo de amigos que me guiñarían el ojo con complicidad como aquellos del 2 grado de la escuela.
Y esta confesión no es más que un agradecimiento a la vida y al niño malo, por haberme dado esos amigos que son el mejor oro que hay en el mundo.
Yo siempre fui el niño malo. Cuando en la escuela repetí segundo grado por mala conducta, el primer día de clase la maestra me sentó en el último banco y le dijo a los alumnos nuevos, “ven ese niño que esta allí, no se acerquen a él porque es malo”. Entre de los niños que me miraban con susto había tres o cuatro que me giñaron el ojo con complicidad. Supe entonces que contaba con verdaderos amigos que eran de mi calaña.
Mi hermana guarda todavía una nota que le enviaron a mi madre de la escuela con la siguiente misiva: “El niño José Rivarola está suspendido por haberle apretado fuertemente el cuello a Jaime Bedel”.
Me acuerdo también de una niña a la que le tiré del pelo en la furgoneta que nos llevaba al cole. No me acuerdo de la cara de la niña, pero sí de su llanto a gritos y de los mechones rubios que me quedaron entre los dedos.
En los veranos mi madre me amenazaba con ponerme un bozal para que no muerda a las señoras en la playa.
A Eduardo, mi hermano menor, le di innumerables cachetazos a lo largo de esa vida confusa que llevé en la casa paterna. Pagué karma, Hoy Eduardo se vengó comiéndome la mitad de la herencia.
A mi hermano Horacio con quien perdí todas las peleas porque era un rugbier grandote, un día le tiré un cuchillo que lo esquivó y se calvó en la cortina de una ventna (has visto Horacio, dije cuchillo).
En mi casa rayé muebles y rompí cuadros valiosos, y le robaba trajes a mi padre para empeñarlos en el banco municipal. También robé de mi casa platos de cerámica española y desparecieron algunas cosas que terminaron en tiendas de antigüedades. A mi madre le metía la mano en la cartera, y también a mi hermana María, pero esta se daba cuenta.
A los doce años me escapé de mi casa con intención de llegar a Chile y embarcarme hacia el oriente, pero no pasé de la ciudad de Córdoba y regresé interpretando el papel del hijo prodigo con un arrepentimiento que duró dos días. Fui a doce colegios. Me echaban, me iba, me echaban, rebeldía, insultos a los profes, poesía clandestina, huidas, golpes de conejo a los pelotas, esas cosas. Durante mi periodo de bachillerato hice un buena carrea de boxeo con peleas de semifondo en las esquinas, peso gallo.
El último colegio fue nocturno, había gente mayor, uno era italiano y recordaba los horrores de la segunda guerra mundial. Lo peor de cada casa estaba en ese colegio. La policía solía ir cuando denunciaban a un alumno que entraba con pistola o cuando ponían un petardo de pólvora en los baños. La vez que atamos al profe de física al balcón no hubo denuncia, solo gritos parecidos a los de Julieta llamando a su Romeo.
A los 17 años caí en coma etílico por ingerir una maravilloso whisky argentino que se llamaba “Cubana Sello Verde” mi padre tuvo que darme inyecciones de B 12 para que siga viviendo. Más tarde me emborraché con un whisky mejor, el que bebía mi padre, para escribir como Edgard Allan Poe, el resultado fue una resaca que me partía el cerebelo y una página llena de letras vomitivas. Las borracheras y las peleas, las huidas de casa, se sucedieron como algo cotidiano hasta que un día me subí al ferry “los 33 orientales” que cruzaba a Colonia de Uruguay y me fui a viajar por el mundo que antes veía en los mapas. Entonces me di cuenta que el niño malo había construido un personaje que atraería un tipo de amigos que me guiñarían el ojo con complicidad como aquellos del 2 grado de la escuela.
Y esta confesión no es más que un agradecimiento a la vida y al niño malo, por haberme dado esos amigos que son el mejor oro que hay en el mundo.
domingo, 9 de noviembre de 2008
ZA ZEN
Sentarme en el cojín colocando el pie derecho sobre la muslo izquierdo, medio loto.
Gooonnnggggggggggggggg
Respirar hacia abajo donde está la cavidad del estomago y la pelvis. Algo hay ahí. Algo hay de mí mucho más que aquí arriba donde pienso. Algo que está ahí, vivo, y que solamente en zazen se nota. Bueno a veces se siente en un coche, o cuando camino sin pensar nada que me inquiete. En un autobús se suele dar más que en un coche. Pero donde más se percibe es en zazen. Debería percibirlo en cada dia con la misma frecuencia de cuando me siento en zen, y tener más conciencia de ese yo solido instalado allí en la cavidad del Hara sobre todo ahora que vuelvo a Europa. Europa en crisis.. Cuando me fui se hablaba de una crisis, y la nombraban como el hombre del tiempo cuando anuncia tormenta. Pero hoy las noticas son gordas. La tormenta debe haber estallado. Gente despedida de los trabajos, gente en la calle, gente sin casa. Gente arrebujada en una manifestación, levantando pancartas con los ojos mirando hacia el suelo, y en la manifestación piensan si estamso unidos vamos a vencer. La utopía de siempre.
Respirar, expirar hacia el fondo de uno mismo, y al estar meramente ahí los pájaros de afuera se escuchan con esa claridad de tonos que combinan con el viento en las ramas. Hay un pájaro que canta desde lejos la misma canción, como si cumpliera su propia monotonía de pájaro cada mañana. ¿Estará todo medido en el universo? El movimiento del pájaro, los tigres, los elefantes, las tormentas, los tsunamis, el movimiento de los humanos como lo asegura el concepto de “Lila” el juego de Dios. ¿O será el juego de unos pocos millonarios?, que quieren hacerse con el timón de la tierra como lo están revelando esas películas que corren por vía subterránea en Internet. La crisis orquestada para lograr un estado policial, patadas en las puertas, trenes cargados de gente rumbo a cualquier muerte. Cuatro Big Brothers toman el mando del mundo entero y nos vigilan con ojos pegados en cada pared de las ciudades, de los pueblos, hasta ojos en los árboles, en la tierra, en las piedras.
Respirar, sentir el cuerpo en la respiración, sentir como se desliza la expiración que toma conciencia de las piernas, de todo esto que esta aquí respirando. No hay ahora sin aquí, el aquí es primordial para que surja el ahora. (Cómo se me fue la bola) ¡Esta bien, esta bien!, la bola es parte del zazen. Mirar los pensamientos como van y vuelven. Como son de estúpidos a veces porque a mí la crisis mucho no me, no me… es que nací en bancarrota y de ese modo me voy a ir. Pero el personal, madre mía que pesadilla ver esas caras que se desesperan y deliran y el humor se arruga hasta podrirse, y van todos apelmazados en una caja de frutas donde se pudren juntos para protegerse, ¡y el olor! ¡el olor del miedo! Que apesta a miedo.
¡Bueno José ya!, ¡joder!, ¡no te pases!
Expirar, respirar tranquilo, dejar que la respiración respire, que el cuerpo respire mientras lo observamos como se observa a un niño jugando, y dejar que la bola pase, se vaya y vuelva, y hablando de volver, tengo ya ganas de volver, de subirme al gran avión que va a volar por todos los mares y montañas, pasará a diez mil metros de una aldea de iraníes que comen arroz con salsa picante mientras a mi me sirven pollo con patas en el avión. Volver, sentir que cambian los colores de la India por el gris limpio de Barcelona. Comer un croissant mojándolo en el café con leche mientras leo el periódico, ver los ciudadanos abrigados que corren urgentes al trabajo. Caminar libre oteando los balcones modernistas, el reflejo de los arboles en los cristales de las tiendas, y sentir ese silencio comparado con el ruido de la India. Aunque… la verdad… esta vez no sentí tanto ruido como en otros años. Será porque una vez que despedí el grupo me vine aquí, a este lugar rodeado de bosques y de valles, y me me quedé dos meses haciendo esto, solo esto, respirar hacia abajo, y sentirme en el centro donde se unen todos los centros, algo parecido a la luna cuando marca su línea en el lago y se la puede ver desde cualquier orilla. Ah, también estuve escribiendo, que es otra forma de respirar, de soltar la bola para que ruede hacia donde le dé la gana.
El cuerpo se acostumbró a despertarse a las cinco cada madrugada, a ver el cambio de la noche al amanecer en esas estrellas que huyen hacia las sombras de los pinos, en esa claridad que alumbra al otro lado de las hojas de los eucaliptos. Y escuchar el Gonggggg, viendo como entran los otros en silencio. Viéndome entrar, verme saludar a la imagen del Buda, y sentarme en el cojín colocando el pie derecho sobre el muslo izquierdo, medio loto.
¿Qué carajo voy a hacer cuando llegue a Europa?
Goppngggggggggggggg
respirar, respirar.
**** **** ****
Gooonnnggggggggggggggg
Respirar hacia abajo donde está la cavidad del estomago y la pelvis. Algo hay ahí. Algo hay de mí mucho más que aquí arriba donde pienso. Algo que está ahí, vivo, y que solamente en zazen se nota. Bueno a veces se siente en un coche, o cuando camino sin pensar nada que me inquiete. En un autobús se suele dar más que en un coche. Pero donde más se percibe es en zazen. Debería percibirlo en cada dia con la misma frecuencia de cuando me siento en zen, y tener más conciencia de ese yo solido instalado allí en la cavidad del Hara sobre todo ahora que vuelvo a Europa. Europa en crisis.. Cuando me fui se hablaba de una crisis, y la nombraban como el hombre del tiempo cuando anuncia tormenta. Pero hoy las noticas son gordas. La tormenta debe haber estallado. Gente despedida de los trabajos, gente en la calle, gente sin casa. Gente arrebujada en una manifestación, levantando pancartas con los ojos mirando hacia el suelo, y en la manifestación piensan si estamso unidos vamos a vencer. La utopía de siempre.
Respirar, expirar hacia el fondo de uno mismo, y al estar meramente ahí los pájaros de afuera se escuchan con esa claridad de tonos que combinan con el viento en las ramas. Hay un pájaro que canta desde lejos la misma canción, como si cumpliera su propia monotonía de pájaro cada mañana. ¿Estará todo medido en el universo? El movimiento del pájaro, los tigres, los elefantes, las tormentas, los tsunamis, el movimiento de los humanos como lo asegura el concepto de “Lila” el juego de Dios. ¿O será el juego de unos pocos millonarios?, que quieren hacerse con el timón de la tierra como lo están revelando esas películas que corren por vía subterránea en Internet. La crisis orquestada para lograr un estado policial, patadas en las puertas, trenes cargados de gente rumbo a cualquier muerte. Cuatro Big Brothers toman el mando del mundo entero y nos vigilan con ojos pegados en cada pared de las ciudades, de los pueblos, hasta ojos en los árboles, en la tierra, en las piedras.
Respirar, sentir el cuerpo en la respiración, sentir como se desliza la expiración que toma conciencia de las piernas, de todo esto que esta aquí respirando. No hay ahora sin aquí, el aquí es primordial para que surja el ahora. (Cómo se me fue la bola) ¡Esta bien, esta bien!, la bola es parte del zazen. Mirar los pensamientos como van y vuelven. Como son de estúpidos a veces porque a mí la crisis mucho no me, no me… es que nací en bancarrota y de ese modo me voy a ir. Pero el personal, madre mía que pesadilla ver esas caras que se desesperan y deliran y el humor se arruga hasta podrirse, y van todos apelmazados en una caja de frutas donde se pudren juntos para protegerse, ¡y el olor! ¡el olor del miedo! Que apesta a miedo.
¡Bueno José ya!, ¡joder!, ¡no te pases!
Expirar, respirar tranquilo, dejar que la respiración respire, que el cuerpo respire mientras lo observamos como se observa a un niño jugando, y dejar que la bola pase, se vaya y vuelva, y hablando de volver, tengo ya ganas de volver, de subirme al gran avión que va a volar por todos los mares y montañas, pasará a diez mil metros de una aldea de iraníes que comen arroz con salsa picante mientras a mi me sirven pollo con patas en el avión. Volver, sentir que cambian los colores de la India por el gris limpio de Barcelona. Comer un croissant mojándolo en el café con leche mientras leo el periódico, ver los ciudadanos abrigados que corren urgentes al trabajo. Caminar libre oteando los balcones modernistas, el reflejo de los arboles en los cristales de las tiendas, y sentir ese silencio comparado con el ruido de la India. Aunque… la verdad… esta vez no sentí tanto ruido como en otros años. Será porque una vez que despedí el grupo me vine aquí, a este lugar rodeado de bosques y de valles, y me me quedé dos meses haciendo esto, solo esto, respirar hacia abajo, y sentirme en el centro donde se unen todos los centros, algo parecido a la luna cuando marca su línea en el lago y se la puede ver desde cualquier orilla. Ah, también estuve escribiendo, que es otra forma de respirar, de soltar la bola para que ruede hacia donde le dé la gana.
El cuerpo se acostumbró a despertarse a las cinco cada madrugada, a ver el cambio de la noche al amanecer en esas estrellas que huyen hacia las sombras de los pinos, en esa claridad que alumbra al otro lado de las hojas de los eucaliptos. Y escuchar el Gonggggg, viendo como entran los otros en silencio. Viéndome entrar, verme saludar a la imagen del Buda, y sentarme en el cojín colocando el pie derecho sobre el muslo izquierdo, medio loto.
¿Qué carajo voy a hacer cuando llegue a Europa?
Goppngggggggggggggg
respirar, respirar.
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lunes, 1 de septiembre de 2008
El Grande
Son las seis y media de la tarde, y suena el llamado de la mezquita. La voz del muecín es gigante, ALLAAAAAHHH - H- AKBAR. la Voz ocupa los edificios, las ventanas donde hay gente colgando ropa, los techos de Madrás plagados de cuervos. LAHILA HAAAAAAAA- MOHAMED -UR-RASULILAAAAAAAHH. Suena aquí en mi habitación antigua, suena desde la profundidad infinita del espejo. Suena como si el muecín estuviese llamando desde el mosquitero. Suena en las sillas de mimbre, en las rejas de mi ventana. Suena en mi pasado de viajero sin regreso. En aquel que escuchó por primera vez el llamado en Estambul, cuando Estambul era una ciudad romántica y difícil; reencarnación pasada de la actual. Y entonces me movía por calles, por campos, por playas, en trenes, en autobuses destartalados, en camiones que iban a velocidad de nubes. Y avanzaba sin tiempo hacia cualquier horizonte. Eso he creído, que era yo el que iba, hasta que caí en la cuenta que era Ala el Grande quien me llevaba y me enseñaba los países, las montañas, lo ríos, las islas, los rostros, las risas, las camas, los amores. Y me enseñaba el misterio del mar, que es el mismo de las estrellas, que es el mismo misterio que hay entre el pecho y el estomago. Aquí, donde el muecín sigue sonando
ALLAAAAAAAAAAAAAHHH-HU-AKBAR
ALLAAAAAAAAAAAAAHHH-HU-AKBAR
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