lunes, 24 de noviembre de 2008

al niño malo

Quisiera hacer una confesión light, eso, ligera, sublime, con poco peso.
Yo siempre fui el niño malo. Cuando en la escuela repetí segundo grado por mala conducta, el primer día de clase la maestra me sentó en el último banco y le dijo a los alumnos nuevos, “ven ese niño que esta allí, no se acerquen a él porque es malo”. Entre de los niños que me miraban con susto había tres o cuatro que me giñaron el ojo con complicidad. Supe entonces que contaba con verdaderos amigos que eran de mi calaña.
Mi hermana guarda todavía una nota que le enviaron a mi madre de la escuela con la siguiente misiva: “El niño José Rivarola está suspendido por haberle apretado fuertemente el cuello a Jaime Bedel”.
Me acuerdo también de una niña a la que le tiré del pelo en la furgoneta que nos llevaba al cole. No me acuerdo de la cara de la niña, pero sí de su llanto a gritos y de los mechones rubios que me quedaron entre los dedos.
En los veranos mi madre me amenazaba con ponerme un bozal para que no muerda a las señoras en la playa.
A Eduardo, mi hermano menor, le di innumerables cachetazos a lo largo de esa vida confusa que llevé en la casa paterna. Pagué karma, Hoy Eduardo se vengó comiéndome la mitad de la herencia.
A mi hermano Horacio con quien perdí todas las peleas porque era un rugbier grandote, un día le tiré un cuchillo que lo esquivó y se calvó en la cortina de una ventna (has visto Horacio, dije cuchillo).
En mi casa rayé muebles y rompí cuadros valiosos, y le robaba trajes a mi padre para empeñarlos en el banco municipal. También robé de mi casa platos de cerámica española y desparecieron algunas cosas que terminaron en tiendas de antigüedades. A mi madre le metía la mano en la cartera, y también a mi hermana María, pero esta se daba cuenta.
A los doce años me escapé de mi casa con intención de llegar a Chile y embarcarme hacia el oriente, pero no pasé de la ciudad de Córdoba y regresé interpretando el papel del hijo prodigo con un arrepentimiento que duró dos días. Fui a doce colegios. Me echaban, me iba, me echaban, rebeldía, insultos a los profes, poesía clandestina, huidas, golpes de conejo a los pelotas, esas cosas. Durante mi periodo de bachillerato hice un buena carrea de boxeo con peleas de semifondo en las esquinas, peso gallo.
El último colegio fue nocturno, había gente mayor, uno era italiano y recordaba los horrores de la segunda guerra mundial. Lo peor de cada casa estaba en ese colegio. La policía solía ir cuando denunciaban a un alumno que entraba con pistola o cuando ponían un petardo de pólvora en los baños. La vez que atamos al profe de física al balcón no hubo denuncia, solo gritos parecidos a los de Julieta llamando a su Romeo.
A los 17 años caí en coma etílico por ingerir una maravilloso whisky argentino que se llamaba “Cubana Sello Verde” mi padre tuvo que darme inyecciones de B 12 para que siga viviendo. Más tarde me emborraché con un whisky mejor, el que bebía mi padre, para escribir como Edgard Allan Poe, el resultado fue una resaca que me partía el cerebelo y una página llena de letras vomitivas. Las borracheras y las peleas, las huidas de casa, se sucedieron como algo cotidiano hasta que un día me subí al ferry “los 33 orientales” que cruzaba a Colonia de Uruguay y me fui a viajar por el mundo que antes veía en los mapas. Entonces me di cuenta que el niño malo había construido un personaje que atraería un tipo de amigos que me guiñarían el ojo con complicidad como aquellos del 2 grado de la escuela.
Y esta confesión no es más que un agradecimiento a la vida y al niño malo, por haberme dado esos amigos que son el mejor oro que hay en el mundo.

6 comentarios:

eralamaga dijo...

querido Jose, me encanta leerte.
pasame tu mail asi te escribo y nos comunicamos, y te cuento y me contas.
besotes desde cordoba!
Lucia

Juan Pérez Escribano dijo...

Yo me incluyo, quieras o nó, entre ellos.

Mercedes dijo...

No he sido una niña mala auque algunos lo crean así cuando intenté liberarme del "deber ser".
Intenté... por un tiempo.
De todas formas tengo también grandes amigos que valen oro.

Jorge Rodríguez dijo...

gamberro! así te ha ido en la vida... serás siempre un indocumentao y nunca tendrás ni un triste deportivo, ni casas con piscinas ni na de na...

en fin me voy que tengo que comprar y vender algunas acciones...

sois todos unos gamberroooss!!!

Lucia Olazabal dijo...

veo q a todos de alguna manera u otra nos conmueve lo q escribis.que bueno que lo compartas.
¿que paso con la "sirena" del libro de mi abuelo? espero novedades, besos, Lucia

José Rivarola dijo...

Hola Lucia
te quise escribir pero no tengo tu dirección de mail.
te envío la mía para que me escribas.
besos
José