domingo, 7 de diciembre de 2008

la Madre, la Muerte, la India

Andrés Di Tella director, entre otras, de la insólita película “Fotografías” me dijo una vez refiriendose a esta última; “hubo escenas que tuve que cortar como si me cortara un dedo”. Esta que transcribo es una las escenas que no salieron, (lo que no sé es si se trata de un dedo de mi amigo) pero aquí transcribo este monologo sobre la Madre, la India y la Muerte, que pude encajar en el libro que ya acabe y está en reposo esperando una voz que le de salida.


Fragmento "Madame Mamita"

Al llegar a aquel cruce que se iba a la Porteña, Andrés me apuntaba con la cámara preguntándome porque hacía yo este libro y qué sentido tenía para mí la vida de Adelina del Carril y de Güiraldes, porque generalmente son los críticos de ese tipo de literatura los que se pasan la vida rondando estos temas; pero un tipo como vos...
Le expliqué que el asunto venía desde un espacio un tanto insondable, la verdad te digo, apenas lo percibo, pero tiene que ver mucho con la madre. Desde el primer día que Rama me empezó hablar de su Mamita, y la personalidad de la Shakti, vi que las historias convergían todas hacia el concepto de la Madre Universal. Y que en la India cuando uno emprende el camino espiritual lo bautizan con un nombre de iniciación, el nombre que ese chico le dio a Adelina tenía mucho de eso, Rama le llama Mamita, y Adelina recibe el nombre de lo que siempre fue, porque fue también Mamita para Ricardo, Mamita para muchos de los amigos poetas de Ricardo, los de Proa, Mamita para Rama, y ahora, desde hace tiempo siento que es Mamita para mí, como si me empujara a hacer este trabajo.
Siguiendo el hilo de la Madre recordé una anécdota que me ocurrió en Varanasi, y me puse a contarla conduciendo el coche con la cámara de Andrés apuntando mi perfil.
Fue hace un tiempo atrás cuando de guía acompañé los del grupo español a ver las cremaciones del Manikarnika gath.
La cuidad de Varanasi acaba la orilla del Ganges y del otro lado del río, no hay más que campo desolado, al anochecer suelen verse largas franjas rojizas en el horizonte. Debajo de nuestra rampa, tres cadáveres se envolvían en las llamas de las piras funerarias. De pronto alguien me agarró del brazo con fuerza. Era un tipo joven, delgado, y abrigado con un chal oscuro, me pidió cincuenta rupias para los que están en la sala de un edificio que se veía sobre el río. Era la sala de los que esperan la muerte. Pensando lo acostumbrado, “este se va a guardar la guita”, le dije que dudaba de su historia.
−Entonces ven tú conmigo –me dijo–, y tú mismo les das las cincuenta rupias, ven conmigo.
Lo seguí un poco avergonzado por mi desconfianza, admirando a la vez a este tipo que solo quería ayudar a los moribundos de Benarés, ¿sabes? Cada mañana los encargados van a esa sala y recogen a los que han muerto en la noche para llevarlos a las piras.
Subí unos escalones y me encontré de pronto con una visión patética; en un lugar oscuro apenas alumbrado por una lámpara de aceite se marcaban las formas como sombras recostadas contra la pared. Estaban quietas, parecían fantasmas, o seres de otro mundo echados como muñecos espantosos, tan parecido también a esos cuadros tétricos del renacimiento donde ves las almas amarillas como muertos desnudos que esperan el juicio: estaban apenas cubiertos con unos trapos sucios, y el olor era inaguantable.
Una de esas formas se levantó; era una anciana que tendría siglos de existencia, muy pequeña y raquítica, como si fuese hecha de palo, y no pude verle la cara porque tenía la cabeza cubierta por una tela a modo de capucha.
−Dale el dinero a ella –me dijo el chico− ella se encarga ahora, si muere esta noche se encargará otro mañana.
Le di las cincuenta rupias y la mujer alzó una mano de verdadero esqueleto para bendecirme. Me arrodillé, y al sentir los huesos de su mano en mi cabeza, las lagrimas me salieron fluyendo en silencio porque supe con todo mi ser que era la Madre India; Baharat Mata, que después de tanta relación e intimidad con ella, que después de todo lo que yo había sufrido, llorado, reído, y vivido con una realidad pasmosa recorriendo su cuerpo de norte a sur, ahora, esa Madre India tomando la forma de la muerte, me bendecía.
Me emocioné al contarlo con la cámara al lado, no debí contar esto, porque siempre al llegar a los huesos de la mano las lágrimas tratan de salir.

2 comentarios:

Juan Pérez Escribano dijo...

Jóse llámame cuando llegues a Ibiza.

ANDRA dijo...

He encontrado, buscando los principios de los maestros hindu, en argentina, la historia de madame mamita, fotografias, Kamala, Guiraldes, Rama, Morgado, Rivarola,he quedado atrapada en este cruce de historias, tan ricas, para ser contadas y cuidadas. Tambien te descubri como escritor , y te leere, para seguir conociendo, saludos. ANDRA