domingo, 1 de febrero de 2009

puerta por puerta





Jorge Rodriguez, el hombre de Crisol de Músicas, que me metió en este blog, me dijo que los relatos, articulos, lo que sea, cuanto más corto mejor. Y más o menos le hice caso, pero relacionado con el último “al otro lado de la vigilia,” pensé en presentar ahora este episodio al comienzo de esa novela que mencione anteriormente cuyo título no se sabe pero le vamos a llamar “Andrés”.
En el primer capítulo Andrés deambula sin un céntimo por Caracas, debe a la pensiónde asturiano, y un día un chileno llamado Vizcaya, que será su primer maestro, le ofrece un trabajo de venta puerta por puerta.
Lo que sigue son las peripecias de Andrés en ese trabajo “pega” en chileno, la gran Lección y su primer despertar.






A N D R E S (cap 1º)


Vizcaya fue directo al grano explicándome los detalles de la “pega” enfatizando cada palabra en el mejor estilo chileno. “Esta huevada es de lo más sencilla po” movía las manos huesudas orquestando la instrucción “Nosotros vamos a los edificios y subimos a cada piso llamando puerta por puerta para mostrarles el cuadro de una niña hermosa que pintó este guatón”
Era una técnica tramposa de venta, a la primera persona que abriese la puerta había que explicarle que ese cuadro que logramos transformándolo de una foto, puede ser la de su niña o niño y cuesta trescientos bolívares pero se ha hecho un concurso en el barrio y usted salió premiada para obtener un cuadro de sus niños por el reducido precio de 150 bolívares. “Si la mujer está de acuerdo (Vizcaya dio un corte de sable con la mano) ahí al tiro le haces el formulario y te adelanta diez bolívares prometiendo la entrega del cuadro en una semana, y a la tarde pasamos con la Rolly flex y sacamos las fotos, lo importante soltar mucho la palabra “empresa”, por ejemplo dices, por la tarde, señora, vendrá el técnico fotógrafo de la empresa. La empresa pues, somos tú, yo y el guatón Mario” Mario sonrió achinado “¿Y el fotógrafo?” Pregunté “¡No entendís! El fotógrafo de mis ventas serás tú yo el de las tuyas”.
De 150 bolívares que ganábamos con el cuadro a mí me corresponderían cuarenta bolívares, y el adelanto del formulario era mío “Lo normal es que hagas tres ventas diarias, puedes hacer más por supuesto”
O sea que me puedo ganar 120 bolívares al día.
−Como mínimo pues.
Se me enderezó la columna. Los cálculos me vinieron desordenados en una avalancha de euforia. El grito por dentro ¡Me voy, en un mes me voy! ¡Un mes y me voy! Luego; Pero hay que pagarle al asturiano. No importa, me sobra.
−Que te parece la pega
Vizcaya fijó su mirada de águila.
−Puedo probar mañana.
−Bien pues, te espero mañana aquí mismo, tomamos el desayuno y salimos a unos bloques que tengo que cubrir.







Ya po – exclamó Vizcaya – a ti te toca ese edificio.
Era un edificio de bloque horrible rodeado por una triste plaza con bancos de piedra donde habían pintado penes en todas las formas. Los bloques vecinos tenían el mismo color áspero y por todas partes olía a basura con algo que se estaba cocinando. Yo llevaba el enorme cuadro metido en una funda de plástico - ¡Animo! – Vizcaya hundió los huesos de sus dedos en mi brazo – no tengas ningún temor que nadie te va a morder.
En la puerta de entrada unos adolescentes jugaban al béisbol. Me miraron feo apretando el bate. Subí una escalera de baldosas verdes tratando de no hacer ruido por miedo a la portera. La primera puerta A-2, una virgencita de Coromoto estampada en la mirilla.
“¿Quién es?
Disculpe, yo soy un...no... mire, le quiero mostrar un cuadro.
¡No, no quiero nada!
Pero se trata de un concurso.
Nada, nada – la voz se iba alejando.
No me animé a tocar las puertas vecinas y subí al segundo piso, puerta B-4. Tardé un buen rato en decidirme a tocar ese timbre de campanitas; ding-dong - ding dong. Se abrió la mirilla. Un ojo bailoteaba en el lente y me observaba.
“Buenos días señor, señora, verá, mire hemos hecho un concurso para que usted recoja un cuadro como éste... me permite enseñárselo” El ojo que seguía fijo sin decir nada cerró la mirilla.
La próxima era una puerta derruida donde habían grabado con cuchillo “María es más puta que las conejas” Luego un rayón profundo que decía “Aquí vive un coñoemadre”.
Subí al tercer piso.
En una puerta verdosa sin timbre golpee tres veces. Unos pasos se acercaron hasta detenerse trás de la puerta en total silencio. Persistí dando dos golpes más, y sonó una voz ronca “Que quiere”
“Buenos días, mire, yo hice un sorteo de la empresa en este barrio y resultó que usted ganó el premio”.
“Usted a mí no me conoce” roncó la voz “porqué me da un premio”.
“Es que lo hemos hecho en todas las casas del barrio”.
“Usted es un mentiroso, ¡O te vas de aquí o llamo a la policía ahorita mismo hijo de puta, musiú coñoemadre!.
Cambié de edificio.
Descubrí que era mejor subir en el ascensor hasta el último piso y empezar a bajar con el maldito cuadro en la funda de plástico que me empapaba las manos por el sudor de los nervios que estaba acumulando. Cada timbre que tocaba me temblaban las piernas y a la vez odiaba a todos los habitantes de todos los bloques del mundo. La voz me salía cortada con gallos “Usted ha salido premiada en el concurso” y al primer alarido “¡qué concurso!” Me hundía, y ya no podía seguir hablando.
En un piso oscuro una mujerona se asomó con la puerta entreabierta trabada por la cadena “¡qué quiere!” “Mire, es un concurso que se hizo esta semana “¡No quiero nada!” ¡Slaammm! Portazo.
En el cuarto piso decidí que era el último edificio que iba a hacer en el resto de mi vida. Le daría oportunidad a cinco puertas más. La puerta C-3 se abrió de par en par mostrando un tipo que me miraba con toda la tristeza del planeta. Fruncía la nariz con asco y me pareció que le temblaba el mentón.
Disculpe, le dije, me equivoqué de casa.
En las puertas siguientes no había nadie. Una mujer del tercer piso gritó un ¡noooooo! Lleno de alarma criminal y en la última puerta una anciana se lamentaba con frases ininteligibles.
Serian las doce cuando esperé en la plaza a Vizcaya con el sano alivio de que no volvería a tocar una puerta en toda mi vida. Le iba a entregar el cuadro de porra y decirle que muchas gracias pero yo no sirvo para esto y menos en estos bloques donde todo el mundo te detesta con solo oírte el acento extranjero y la gente vive mal con esa violencia apretada porque perdió el trabajo o no tiene que comer y la señora te aborrece porque el marido le pegó en la mañana o le puso los cuernos con la vecina y el hijo está preso entonces apareces tú con el cuento del concurso y te salvas de que no te peguen un tiro por puro milagro.


- No voy a seguir – le dije en el carrito por puesto.
Te echas atrás muy rápido – respondió Vizcaya mirando distraído por la ventanilla.
Íbamos apretados en el asiento. A mi derecha un sacerdote me empujaba para ganar espacio y mis piernas se aplastaban contra el cuadro.
Tú has cometido el típico error del principiante, has querido vender el cuadro, y ahí está la falla huevón, el propio interés por el objetivo termino quemando el objetivo.
Pasábamos por calles melancólicas con cercos de rosas rojas y blancas. El sacerdote se bajó quejoso levantando la sotana. Subió un infeliz raquítico de ojos pintados con carterita en mano y se arrinconó contra la puerta frunciendo los labios.
−Si pones atención en la obra, el fruto vienen por sí solo.
Me mostró cinco formularios con las firmas de los clientes.
−Esto lo hice en el tiempo que tú sufrías todo aquello


Al bajar en la avenida Urdaneta Vizcaya me invitó a un restaurante donde él comía a cuenta, una trattoría típica de manteles a cuadros con aire mediterráneo en las persianas. Lo llevaba un italiano llamado Salvatore, clavo de bigotes blancos que miraba con inocencia de niño. Un hombre, decía Vizcaya, que su bondad mal entendida lo traiciona y muchos clientes desaparecen sin pagarle. Pedimos consomé y de segundo plato espaguetis con huevo frito de sombrero.
−Mira Andrés, a esto cuadros que en la jerga de los vendedores les llamamos “monos” se venden de acuerdo a como este uno, si tú eres una coraza de nervios templados no te intimida ni la policía.
Enfatizaba con fuerte acento chileno clavando cada palabra.
Para vender un mono (hacía una pausa mirándome fijo) es preciso que arregles tu vida primero. Una persona con el cerebro vuelto polvo no puede vender ni un autito de plástico
Al llegar a la esquina donde nos íbamos a separar me preguntó “¿Que es lo primero que se necesita para matar una vaca?” Un garrote. “No”, Un cuchillo. “No”. Ah, ya sé, la energía y el propósito, “No huevón”, no. ¡Entonces qué!.
−Muy simple, lo primero que se necesita es la vaca... Sí, tú ríete, pero esta adivinanza tiene un sentido muy profundo que te lo voy a explicar mañana porque yo quiero que lo intentes una vez más y luego si no vendes me das el cuadro y a otra cosa mariposa. Lo que tú vas a hacer mañana con todas tus fuerzas es querer hablar con esa gente que hay detrás de las puertas, entendís, tocas el timbre, respiras profundo, no te olvides de la importancia vital que tiene la respiración, si no fuese por la respiración no estarías existiendo, pero lo primero y principal es no intentar vender nada, tú solo quieres conocer a ese humano que acaba de abrir la puerta de su casa, quieres saber quien es, que problemas tiene, que es lo que espera de la vida y también él quiere conocerte y oírte y te aseguro que con esta actitud vas a trasmitir una naturalidad tan cautivante que mañana estarás sentado en el sofá de una casa llenando un formulario y esperando a que te traigan el cafecito. Y si te abre la puerta un huevón violento tú lo res-pi-ras (Vizcaya exageró la respiración) el tipo va a encontrar una clama en ti, tu calma lo va a cal-mar, y si te insulta o te mira con cara de culo a ti no te importa un coño porque la acción nace y muere en esa persona, a ti no te llega, están insultando a una persona que imagina pero que no eres tú, y te repito; ¡No vender! Querer conocer a esa persona que tiene mucho que contarte.





A las nueve de la mañana caminaba yo cargado de bríos hacia el edificio vecino del que había fracasado el día anterior. Era el bloque “C” igual de horrible con el mismo olor a basura y frituras. Pasé la entrada como una bala ansioso por experimentar el método Vizcaya; “No vender”.
La rabieta de ayer se había transformado en una fuerza de entusiasmo tal, que me quería comer el edificio y subí las escaleras con el ánimo de un guerrero. No había otro objetivo que saber quién está detrás de la puerta y para eso no podía acobardarme, estaba decidido a divertirme, y me importaba un comino si alguno me sonaba un portazo en la cara.
El resultado fue difícil de creer; en solo tres horas tomé siete cafecitos en las siete casas que me hicieron pasar. A los que me dijeron que no podían comprar el cuadro porque andaban mal de dinero les respondí que lo más importante para mí era conocerlos. Inmediatamente me hacían pasar, me ofrecían café y se sentaban conmigo acribillándome a preguntas, y tú que haces aquí con el país tan bueno que tienen, ¿cómo ves Caracas? Fea pero divertida, ¿sabes? Nosotros los caraqueños tenemos corazón y nos da esa cosa paternal nohodas, aquí la política es muy sucia, nunca miran para los pobres, y hay gente que se muere de hambre en los ranchitos, no tiene ni para una arepa y las ratas salen a comerse los bebes y los políticos mamahuevos van solo a busca votos
Me contaban sus broncas con los patrones, y que los europeos son los peores que se quieren adueñar de todos los países. Me contaban que sus hijos están fumando esa droga que no saben si eso va a terminar en una desgracia, y nosotros los sudamericanos debemos protegernos de los españoles que nos vienen a comer la arepa, hace falta otro Simón Bolívar para que les corte el cuello.
Una mujer de cara azulada me dijo que yo era un aventurero, que tenía que ir al Canaima en vez de andar haciendo este trabajo ingrato y humillante. Otro señor de largos bigotes me dio su dirección en Mérida para que conozca otra cara de Venezuela tan diferente a este infierno de escombros como definió a Caracas. Allá en Mérida a usté no le tocan ni el bolsillo vale, mientras que acá, nojodas, te dejan limpio de bola a cualquier hora del día. En otras casas me preguntaron por Buenos Aires, por Carlos Gardel, me pusieron discos 33 con “Percanta que me amuraste” y “Por una cabeza” Me hicieron escuchar joropos, salsas, canciones del llano y el arpa de Vicente Torre Alba.
Los momentos duros también hay que contarlos, pero ya no fueron duros, sino cómicos. En una puerta me salió un tipo mirándome con un odio que raspaba. Lo res-pi-ré. No le trasmití la calma porque el tipo temblaba de furia y dio tal portazo que casi parte la puerta. Entonces... res-pi-ré la puerta.
Las ventas las hice en el primero y el segundo piso. Llené un formulario para una niña de diez años y les dije que la pongan bonita para las cuatro de la tarde cuando vuelva con el técnico de la empresa. Luego hice un doble para mellizos de ocho meses prometiéndole a la madre que las carítas estarían juntas como saliendo de una nube celeste en el pastel de Mario. Las siete hermanas que vivían en la casa se enloquecían de ilusión como si todas fuesen madres de los mellizos.



Esperé a Vizcaya en la plaza pero no podía sentarme en el banco. Dejaba el cuadro apoyado en la piedra y miraba la funda, y la funda se iba transformando en el casco del Donizzetí, en los ojos de buey y en un inmenso océano que me iba a rodear por todas partes, el cinco de enero, cuando al fin, por fin, de una vez, me embarque para dar el gran salto del charco.
No vender, que sabia y que sencilla formula, y que gran maestro este chileno que al principio le desconfiaba. Es curioso cómo cambia el mundo cuando uno trepa en la alegría. Ya no eran tan feos los edificios; se les podía encontrar alguna cosa interesante, las rayas de las puertas tenían algo de Picasso, y la fachadas un cierto recuerdo de un palomar de mensajeras, y uno de los mulatos que no paran de jugar al beisball me saludó guiñándome un ojo, porque mi cara había cambiado, y también cambiaba la cara del mundo. Y allí venía Vizcaya caminando firme con ese enigma en la mirada sabiendo, por mi cara, estaba claro, que había dado el vuelco a la venta.
– Así que vendiste y nada menos que dos monos y uno de mellizos, has visto que yo no hablo paja huevón.
En el carrito por puesto íbamos en silencio mirando la calle por la ventanilla, y yo con la intriga a cuestas por este raro chileno de pómulos salientes. Un tipo que podía manejarse por cualquier parte del mundo con esa sonrisa apretando los labios y la mirada fija que se calva como sabiendo lo que ocurre dentro de uno. Trasmitía un constante sarcasmo por la vida que se presentaba en esa ciudad impersonal. Me acordé de la vaca, de la promesa de explicarme algo más después de la venta. Pero se lo pregunté al bajar en una esquina de la Urdaneta.
Bien pues – respondió – Tú quieres conocer el mundo ¿verdad?, por eso has salido de tu casa, y aquí viene la otra adivinanza, ¿qué es lo primero que hay que conocer para conocer el mundo?
−La gente.
−No huevon, no, piensa que es lo que tienes más cerca, lo que primero que esta a tu alcance.
− ¡La respiración!
Vizcaya soltó una carcajada agarrándose el pelo – No por dios, mira, no te rompas el coco pero me da gusto por un lado porque me hace ver lo ciego que esta el hombre con respecto a su propia escénica. Y es la misma cuestión que la vaca.
Quedo silencio atravesándome con la mirada, y soltó de golpe – ¡Tú eres lo que tienes más cerca!, Puedes recorrer el mundo investigando como copulan los gallos de Malasia pero nunca vas a conocer quien es ese
¡Tú mismo huevon!

2 comentarios:

Jorge Rodríguez dijo...

la vaina me pareció corta, muy corta...

queremos más... remamahuevos!

Lucia Olazabal dijo...

muy bueno jose, muy bueno!
sigue? quiero mas!!!