jueves, 10 de julio de 2008

el hermano lejano

Camilo Pancheri había nacido el mismo año que yo. No sé si fue eso lo que le hizo identificarse o qué, pero cada vez que yo colocaba la escalera en la horqueta del manzano, Camilo ponía su escalera en el mismo árbol y subía con el cubo. Los dos sacábamos las manzanas golden y Camilo me contaba su vida y sus traumas. La Val de Non era desde lo alto del árbol una variedad de pueblos allá debajo, con sus casas iguales rodeando la iglesia. Daba la impresión de la gallina con sus pollitos.
−Mi hermano es ingeniero –decía Camilo− mi madre dijo que uno de los hermanos tenía que estudiar y tener un título y el otro atender los prados de la familia, y lo eligió a Enrico, el menor, para que tenga el titulo.
Yo seguía llenando el cubo de manzanas, pensando que las mejores para darles un mordisco son las que están en lo alto de la copa, las que picotean los pájaros.
−Ahora es ingeniero y tiene ochenta empleados bajo su mando.
Las manzanas hay que sacarlas con el palito, lo que en Italia llaman el picholo, si sale sin palito va a descarto, para perfumes, mermeladas y tantas otras cosas.
−Cuando va al extranjero se hospeda en un hotel de cinco estrellas.
Me decía esto mirándome como si yo pudiese hacer algo, y después miraba hacia donde están las mujeres y fruncía la cara como si fuera a vomitar.
Marina, su mujer, estaba abajo en las mesa clasificando las manzanas con Mercedes y una chica polaca.
Cuando acababa la jornada Camilo me pedía que lo siga, como su fuese su escudero, y entraba en los establos de los cerdos, apoyaba la barriga en las maderas y meaba a los cerdos. Después pasábamos a la bodega y llenaba vasos de vino nuevo de unas enromes barricas, y entre uno o dos comentarios nos bebíamos tres vasos cada uno. Luego pasábamos a la cocina en la primera planta donde Mercedes ya estaba sentada y la madre de Camilo, una anciana fuerte y flaca como una rama, siempre de negro, nos daba vino tinto y quesos mientras hacia la cuenta para pagarnos. Mercedes comía más quesos y yo tomaba más vino.
Al atardecer regresamos a nuestro cuarto y Mercedes me dijo, Marina trabaja como una bestia, después de pasarse todo el día clasificando manzanas llega a la casa y se pone a lavar la ropa de sus cuatro hijos, y después tiene que hacer la comida.
Yo le entendí, porque a la noche apenas cerraba los ojos y quedaba sopa, lo primero que veía en los sueños eran manzanas amarillas sobre hojas verdes brillantes y me pasaba trabajando toda la noche horas que nadie me pagaba.

Pero un día Camilo Pancheri nos invitó a cenar a su casa. Mercedes y yo fuimos normalmente, no con la ropa del trabajo pero con esas camisas, con esos pantalones, y al llegar a su casa nos encontramos a Camilo con traje y corbata y Marina con un vestido azul claro.
Y en medio de la mesa, una bandeja de horno con una pizza rustica, verdadera, poderosa, con su queso y tomate crepitando por toda la masa y al escribir esto quisiera estar allí. Quisiera apretar el botón que me devuelva al pasado con la pizza deshaciéndose en la boca, con Camilo enseñándome las fotos de su primera fiesta a los diez y siete y ver a Marina y a Mercedes llorando a las carcajadas, y sentir los pelos que se me ponen de punta como se están poniendo ahora cuando escribo que Camilo fue a su habitación y trajo un tocadiscos 33, y Marina dijo, Mama mía, hace mas de 15 años que no saca ese aparato. Primero fue un disco de Polanka, luego puso “Si me voi lasciare, dime al meni perqué” el mismo que yo bailaba a los diez y siete en las fiestas de Buenos Aires, tal vez el mismo día y a la misma hora que lo bailaba Camilo. Por último puso un disco que titulaba “la tragedia de Dallas” Un locutor italiano trasmitía los tiros que le metieron a Kennedy con voz alarmante de comentarista de futbol.

¡Ahh! Sí, sí. Volver a servirme la cuarta porción de pizza y ver a María y a Mercedes como si se conocieran de siempre, y a ver otra vez los ojos nostálgicos de Camilo levantando el vaso de vino cuando yo lo levanto el mío y los dos nos reconocemos sabiendo que en un día cualquiera del planeta nos íbamos a encontrar.

2 comentarios:

Jorge Rodríguez dijo...

¡qué hambre me está entrando!

Mercedes dijo...

Ah... el aroma a manzana madura y tibia por el sol. El jugo de esa manzana que chorrea por el labio...
Qué maravillosos recuerdos. Gracias.