jueves, 19 de junio de 2008

El animal escritor

A principios de la década de los ochenta después de vender bisutería con un tapete en la universidad de Nanterre pasé la frontera de Port Bou con un contrabando de chales horteras comprados en la Rue de Temple que, según parece, se vendían como agua.
Conseguí un puesto en el mercadillo de Girona, hasta el seis de enero, día de reyes.
Hoy para vender el mercadillo de Girona hay que presentar hasta el análisis de orina y colocarse en una lista de espera de 634 desesperados.
En ese entonces, ¡que tiempos!, pagué 300 pesetas a un francés que se encargaba de los puestos y expuse los chales que sí, salían uno detrás del otro.
Contento con el éxito de mi venta, lo festejé en un recorrido de vinos por los bares de la judería hasta terminar en una taberna romántica, de muro medieval, fogón, vinos, humos, voces y una diana para tirar los dardos, pero mis dardos apenas rozaban el perímetro y otros daban en la pared “¡por la rechuchca no pego una sola de esta huevada!” exclamé con fuerte acento chileno.
Se me acercó un tipo despeinado con cara de dormido simpático.
¿Tú eres chileno?, preguntó con el mismo acento.
No, yo soy argentino pero por culpa de mis amigos chilenos y de una polola que una vez me cayó del cielo, cuando me coloco hablo chileno pueh.
Le dio mucha risa ese hibrido, y me invitó a unos vinos. Se llamaba Roberto, dijo ser poeta, había huido de Pinochet y había vivido un tiempo en Méjico, y pensaba afincarse en Cataluña. Dijo que con la poesía no comía y tenía pensado pasarse a prosista, que por el momento practicaba recortando las noticias más diabólicas e inverosímiles de los periódicos para sacar una prosa mas real y viva, (entre las noticias estaba el caso de aquel desgraciado que murió aplastado por una roca cuando estaba enculando una gallina) (la gallina murió antes)
Durante esa semana con Roberto tomamos distintos cafés por todas partes hablando de libros y autores, Malcolm Lowry, Kafka, Cortázar, Borges, Nicanor Parra, Allen Ginsberg Jack Keruac, Corso, Burroughs, Faulkner, Jack London, Joseph Conrad, Jonathan Swift., Macedonio Fernandez. Él fue sacando del bolso de la memoria autores que ni bien nombrarlos se desvanecían en el sonido de las cafeteras, en el resplandor de la barra, y en la estúpida música de los tragamonedas.
Una mañana me dijo estoy perdidamente enamorado de una uruguaya que vende frente a tu puesto, pero el gallo de su marido con pañuelo de Krishna al cuello se queda ahí dando vueltas como guardia de presidio, entonces hago media hora de árbol. ¿Qué es eso? La miro desde el árbol durante media hora y después me voy con el corazón compungido.
Roberto tenía fuertes dolores de estomago, y un artesano peruano, con forma de indio gigante que dijo ser digitopuntirista, le aplicó un apretón entre el dedo índice y el pulgar. Cuando soltó Roberto le dijo, creo que me has curado pero ya no voy a poder acariciar a nadie.
Lo que hemos hablado en esos días encaja en un mes del tiempo corriente, y las imágenes y situaciones de las novelas que se presentaron en esas mesas encajan en años de literatura

No lo volví a ver, y en los años que pasaron no tuve ningún encuentro con un tipo como ese que sienta el escribir desde ese abismo en el que sondea. Me faltaba alguien que pueda ver lo que hago y la nostalgia me recluía en una soledad con algo de protesta y esa falsa impresión que estoy escribiendo en secreto.
Y un día, hojeando una librería vi un titulo "Llamadas telefonicas" lo recogí y al abrir la primera pagina lo encontré al amigo Roberto en la foto de la solapa.
¡Bien! ¡Publicó el huevón! Pasó el tiempo, otro libro “La Pista de Hielo" y otro; “Estrella Distante”
Muchas veces imaginé encontrarlo en una feria del libro y recordarle los dardos, la diana, la uruguaya, las conversaciones en el café, la inyección de vitamina que le daba al hablar de aobras tan dispares como “El Castillo” de “La Sinagoga de los Iconoclastas” d "Bomarzo" "El Almuerzo Desnudo" y una serie que mejor obviarla para no llenar la pagina.
Y siguieron rodando los días hasta ese 2 de noviembre de 1998 cuando vi en la Babélia del País que Roberto había ganado el premio Herralde con “Los Detectives Salvajes”
La foto era simpática, el finalista era un tipo elegante de chaqueta y corbata. El ganador se sentaba encorvado con un cigarrillo en los dedos, grandes gafas y el mismo pelo revuelto de cuando me preguntó si yo era chileno.

Sin embargo no lo compré, leí algunos párrafos en una librería y me parecieron tan auténticos que podían influir en lo que yo estaba escribiendo. Cuando termine lo mío, me dije.
Un mañana del 2003 en esa misma Babélia leí la noticia de su muerte por un cáncer al hígado
Entonces compré “Los Detectives Salvajes” y me lo llevé a la India y lo leí en el ashrram de Ramana Maharshi al pie de la montaña sagrada de Arunachala.
Cuando el resto de los huéspedes leían las iluminaciones y los ejemplos de los santos y los yoguis, yo leía hasta las cuatro de la mañana las benditas bestialidades de Arturo Belano y Ulises Lima, y no sé si fue por la vibración de la montaña o vaya uno a saber, el temblor que me dio al verme frente a una obra maestra. Entonces encontré el amigo que buscaba.
Volviendo a 1981 en uno de esos cafés, yo le digo que me impresiona la prodigiosa memoria de Keruac porque escribió On the Road mucho tiempo después sin tomar apuntes de nada y sin embargo los detalles están como si lo hubiese vivido unos minutos antes.
¿Sabes por qué?, dijo Roberto, porque Keruac tenía incorporado el animal escritor. Mientras tú viajas el animal escritor registra tomado nota de todo lo que ve y lo que siente, luego está en ti la capacidad de despertarlo y algo muy importante, hay que dejarlo que escriba, no se te ocurra interrumpirlo o darle un consejo porque te mata de un mordisco.
Años después lo entendí mejor:
El animal escritor es un animal salvaje que trota en la inmensidad plagada de espejismos, devora los papeles y escupe personajes, furias, vinos, trenes, carreteras, lagrimas, el desequilibrio de un cerebro como ropa de lavadora, amores en la penumbra, gritos, fuegos en las ventanas, sabanas retorcidas, caballos con locura en los ojos, maremotos que arrasan las palmeras, puntitos lejanos en una playa solitaria, y escupe todo un universo de colores y de blanco y negro y de sepia y salta por encima del lenguaje, trota solitario rumiante de palabras y preposiciones que puede repetirlas hasta el cansancio por orden de su propia naturaleza.
Huye de las poblaciones intelectuales. Se larga a toda carrera sorteando abismos, lejos siempre de los escritores ovejas de los escritores camello de los escritores cabra de los escritores bueyes, o los escritores gatitos o gatas o perros falderos.
El animal escritor suelta la baba delante del océano y tiene un olor fuerte a vida curda y salvaje. Olor que algunos lectores rechazan y otros enloquecen y deciden romper sus casillas y salir a la llanura y ponerse a escribir.
Y ese olor que se siente en algunas librerías viene de aquellos estantes donde están “Los detectives Salvajes” y “2666” de Roberto Bolaño.



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3 comentarios:

Jorge Rodríguez dijo...

me has hecho pasar de la risa del comienzo a la emoción del final.

lo mejor es que la historia no corresponde a la sección ficción sino a la de biografía.

un abrazo.

ani dijo...

Quiero dejar salir a mi animal escritor...a esa conclusión he llegado..., te imaginas que el año pasado escribi mucho...y luego lo rompi en un especie de exorsismo, de cambio de piel, habia sido duro y con la última escama deje ir hojas de historias y sensaciones, pero me quedo la sensación plena del papel en blanco, de la memoria pura despertando pedazos del alma, como una parte mas de este viaje
Y sabes que, leerte me invitan a hacerlo, a animarme, gracias un abrazo!

José Rivarola dijo...

Ani por lo que leo siento al animal rugiendo dentro tuyo, ánimo, que lo que se siente al dejarlo libre es superior a lo que él escrirbe.
me gustaría leerte.
gracias, un beso