domingo, 27 de septiembre de 2009

Ahmed 2


Ahmed era un aventurero, vaya si lo era, salió de su casa en Bamako y en una serie de camiones se fue acercando a la frontera. Lo sorprendieron los gendarmenes argelinos cuando en un vistazo a los camellos que llevaba el camión vieron los ojos asombrados de Ahmed entre las sombras de las patas.
¿A dónde querías ir? Le preguntó el gendarme agarrándolo del cuello de la camisa.
−A París –dijo Ahmed.
Esto lo contó cuando el jeep forzaba la marcha por la llanura de arena siguiendo las huellas de otros vehículos para no perder la pista.
Ahmed me recordó aquel José a los 18 años también en un país lejano y también soñando con un París que al igual que el Paris de Ahmed, era un Paris mas romántico, mas misterioso y legendario que el Paris que luego conocería para terminar confirmando que los lugares soñados tienen más luz de novela que los llamados “verdaderos” o “reales” que son de un gris frío y sucio.
Pero Ahmed no llegó a conocer el Paris real. El gendarme lo envió a la frontera de Mali, y allí se quedó solo, sentado, soñando con el Paris suyo y esperando, porque el gendarme maliense le prometió que lo iba a colar (como guia) en el primer coche que venga. O sea el nuestro. El jeep comando.
Sin embargo el desierto de arena que se extendía hacia aquella línea incierta era mucho más resplandeciente e inmenso de lo que uno podría imaginar en el sueño, daba la sensación que, mas allá, el mundo continauria igual de seco y arenoso. Ahmed miró serio mis piernas y con toda educación me dijo “me gusta tu pantalón, dámelo” No, Ahmed, tengo dos solo” Entonces miró al frente, pensativo, con aire curioso.
Al mediodía detuvimos el jeep y salimos a estirar las piernas caminando pesadamente por esas arenas que refractaban el sol. Ese sol que en todo desierto parece haberse acercado a la tierra. Vimos el zorro de Saint Exupery con sus largas orejas blancas a toda carrera por la arena. Ahmed le pidió el pantalón a Xavier, que le dijo que no, Ricardo le dijo que no, y a cada no, miraba a otro lado con la misma expresión tranquila, como si escuchase una música lejana.
Dentro del jeep nos pido las camisas a cada uno. Pero que pasa no tienes nada de ropa. Solo esto que llevo puesto. Una camisa larga sucia de tierra, del mismo color que el pantalón, y sandalias de cuero. Creo que calzaba 46 y era un poco más bajo que yo. Al estar sentado a su lado se sentía como un halo de inocencia y de risa, y a los tres pensamos lo mismo, que fue una suerte haberlo subido al jeep.

De lejos vimos el peugeot 404 como si flotase en la arena, y las dos personas que nos hacían señas. Joder, dijo Ricardo que conducía, esos dos se quedaron, ¡no se enteran que con esos coches no pueden andar por aquí!
De cerca vimos el peugeot encajado en la arena y su conductor era francés, Jean Baptiste, y su chica Elga, danesa, de pelo rubio y lluvioso hasta las nalgas de su pantalón beige. Elga era como una modelo de las que se fotografían en el desierto.
Nos bajamos con la cadena pero Ahmed se quedó dentro del jeep. Por eso Jean Baptiste no lo vio. Luego Jean Baptiste se recostó con una pala para sacar la arena del chasis, y bruscamente se levantó y vino hacia mí muy preocupado. –Debo tener fiebre–me dijo− estaba paleando la arena y de pronto vi por debajo del coche una cara de ojos grandes y nariz como picaporte que me pedía el pantalón.
Ahmed se presentó, le dio la mano para aliviarlo, y le volvió a pedir el pantalón con el mismo tono de voz que dijo su nombre. Ya nadie le decía no, la respuesta era una risa y entonces Ahmed miraba hacia a otro lado. Pensé que era una expresión que había mimetizado de los camellos
Cuando empezamos a atar la cadena al paragolpes del peugeot con el gancho del jeep. Ahmed se acercó a Elga y le dijo, que bonitas zapatillas tienes.
−Gracias, dijo Helga
−Creo que combinarían muy bien con mi camisa −Dijo Ahmed

Y Ahmed era un buen guía. Hablaba perfectamente francés, peul, bambara, tamassec, y soninké. De modo que una vez que atravesamos el desierto de arena y empezamos a ver las primeras aldeas, Ahmed se entendió con tuareg, y bambaras, que nos orientaron hacia la pista para llegar a Anéfis. Siguió pidiendo pantalones durante el viaje, pero lo hacía a modo de oración, y nuestra risas era como respuestas, también de oración.
En Anéfis aparcamos el peugeot y el comando contra un muro y fuimos a comer a una de esas mesas que ponen en la calle en muchos países de África. Mesas largas que en la punta tiene latas de café, paquetes de arroz, frascos con picantes, leche en polvo, y a un lado asan pollos, y carne del animal que tengan a mano. Arroz con pollo y pan lactar, y cerveza para los cuatro, no, perdón, Ahmed no toma cerveza, es musulmán.
Los africanos que compartían la mesa también eran musulmanes, pero pecaban con esas botellas.
Jean Baptiste y Elga nos contaron sus aventuras en Ghardaia, y se pelearon por protagonizar el cuento de tal o cual episodio. En Ghardaia pasaron unos dias en la familia de un compañero de trabajo de Jean Baptiste que era mozabita. Por el recuerdo de nuestro paso por Ghardaia, pudimos imaginar las mujeres, hermanas del amigo, sentadas a la mesa, cubiertas de pies a cabeza por la tela blanca del aholi, dejando solo un ojo, para mirar a los amigos franceses del hermano. Pero los ojos cíclopes de las cinco hermanas me miraban a mí, dijo Elga riéndose, me miraban y se movían y murmuraban, el padre les hizo a callar de un grito, entonces siguieron mirándome en silencio hasta que volvieron a murmurar, y así toda la comida.
A la hora de dormir, dijo Jean Baptiste, nos separaron, yo tuve que ir al dormitorio de hombres con mi amigo su padre y otro hermano, y Elga al de mujeres.
Ni bien cerrar la puerta, dijo Elga, las mujeres se quitaron las telas, me mostraron las caras y me abrieron la camisa a ver como tenía las tetas, querían comparar sus cuerpos con el mío, parecían niñas en un juego, muertas de risa.

Cuando terminamos de comer había que buscar un sitio para dormir. En esos trámites me quedé hablando con Ahmed porque me intrigaba que a su edad, 18 años, sepa tantos idiomas, Los aprendí de niño, dijo cruzándose de brazos. Teníamos a medio metro un tuareg en cuclillas bajo la penumbra del farol, ocultaba su cara tras los tules azules de los que salía el humo del cigarrillo. En eso Xavier, con lastima en sus ojos gafosos, se acercó llevando en las manos un pantalón, como devoto con su ofrenda.
−Ahmed este pantalón que tanto quiero –el discurso caritativo tenía mucho de empalagoso – te lo voy a dar para que lo guardes siempre como un recuerdo de quien te llevo en el viaje.
Ahmed tomó el pantalón, balanceo la cabeza en muchas reverencias, merci beaucoup, merci beaucoup, ohh, merci, merci,
En cuanto Xavier volvió hacia el jeep, Ahmed puso el pantalón frente a los ojos del tuareg. ¿Cuánto?, pregunto. Cinco francos, dijo el tuareg. Tuyo, dijo Ahmed.
El tuareg le dio un par de monedas y envolvió el pantalón bajo sus ropas azules.
Ahmed me miró y sonrió complacido sin importarle la cara de ironía que yo le puse bajo ese farol que daba destellos intermitentes por la cantidad de insectos que lo habitaban.
(próximo: Gao, despedidas)

4 comentarios:

Jorge Kelson dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Jorge Kelson dijo...

genial!!!

te cambio tu historia por una mía sobre otro gran guía llamado Adamó

Adamó

y si tienes ganas otra sobre Larbi en una población que seguramente pasaste a toda velocidad en tu viaje.

Larbi y el zorro

y esta de remate del mismo viaje.

Amanecer en Assekrem

eralamaga dijo...

Que genial!! A mi ya me estaba enterneciendo el pobre Ahmed sin pantalones!! jajajajaja!!!
me encanto!
Vamos por mas!!
beso, lu

ani dijo...

Ahmed habra llegado a su Paris?, te mando un abrazo graande, se admiten ahora comentarios...jajaja, y me gusto eso de escribir juntos. Te quiero mucho.